El último samurai

No sé si habéis visto la película “El último samurai” protagonizada por Tom Cruise, en la que un ex-capitán del ejército de EE.UU., acaba entrenando a soldados japoneses, una de las maneras de modernizar el país en esa época de cambio. En ella, Cruise, siendo un soldado moderno, termina aprendiendo técnicas, estilo de vida y código de honor de los samurais que se resisten a que el país cambie radicalmente, olvidando a sus antepasados. Le llaman “el guerrero en el cual se han unido lo viejo y lo nuevo“.

Yo tengo muchas veces esa impresión, aunque desafortunadamente cada vez olvido más cosas de “lo viejo”. Haber crecido como chico de ciudad, pero también como chico de pueblo, me ayudó a adquirir cualidades que no tenían nada que ver unas con otras, habilidades modernas y antiguas. Soy capaz de programar un sitio web, de utilizar herramientas que mucha gente no sabe ni que existen, pero también puedo explicar los pasos a seguir para plantar cebollas o hacer un injerto en un árbol. Mucha gente dirá que para qué me sirve todo eso, hoy en día todo lo que se obtiene de la tierra puedes comprarlo en el supermercado. Pues para no olvidar. Cada una de esas cosas son mis recuerdos, mi camino hasta llegar a ser lo que soy ahora, mi forma de saber en qué momento mi vida tomó un rumbo que me llevó hasta aquí.

Aunque no creo que olvidemos las cosas tan fácilmente, simplemente las relegamos a un rincón de nuestro cerebro, pero si se estimula, pueden volver a salir.

Hace un par de años, me tocó ir en coche hasta Asturias para visitar a un cliente de la empresa donde trabajaba por aquél entonces. A la vuelta, quise tomar un camino distinto, el camino que tantas veces había recorrido en el asiento trasero del coche cuando era pequeño: la carretera nacional desde Unquera hasta Santander. Era curioso cómo después de unos quince años de pasar por última vez, a cada kilómetro, volvían a mi mente recuerdos e historias en las que ya no pensaba, pero que seguían ahí, dormitando.

Muchas veces queremos olvidar cosas, por dolorosas o por desagradables, pero nunca se consigue, sólo las admitimos. De vez en cuando no viene mal volver la vista atrás y acordarse de todas ellas, buenas y malas.

Como el primer recuerdo que tengo. Tendría muy pocos años, puedeCerezo que tres o cuatro, había empezado a andar hace no hace mucho, era época de recoger cerezas y mi abuelo estaba subido a una escalera apoyada en un árbol. Yo aguantaba la escalera pensando que realmente hacía algo, ingenuo de mí. De vez en cuando correteaba por el prado, volvía donde estaban los demás recogiendo cerezas y comía un puñado del cesto. Volvía a correr incansable, riendo y comiendo cerezas. No puedo evitar sonreir de la que escribo ésto, aunque también recuerde la cagalera del día siguiente.