Ascensión al Monte Kenya IV (Refugio MCK – Refugio austríaco – Punta Lenana)

Y a las 2 de la mañana sonó el despertador. Esa noche no dormí apenas nada, únicamente una hora al principio. Luego me despertó un fuerte dolor de cabeza y entré en una especie de letargo en el que con los ojos abiertos cambiaba de posición cada cierto tiempo pero era incapaz de dormir. Hablando con el resto más tarde me dijeron que les pasó lo mismo a casi todos.

Llegaba el momento de la verdad. Los que estaban dispuestos a salir informaban que el cielo estaba despejado, había una luna espléndida y se veían bastantes estrellas. Yo, todavía dentro del saco, le pregunté al chico holandés qué iba a hacer. No veía el plan claro así que ni se lo planteaba, seguiría durmiendo hasta las 8 y bajaría con uno de los porteadores. Es cierto que después de no haber dormido nada y el cansancio acumulado del día anterior, me sentía bastante aliviado con su decisión, pero la cabra tira para el monte, todos sabéis eso. Mientras preparaban sus cosas, los otros tres componentes del grupo me preguntaron qué iba a hacer yo. Y se hizo la luz, me propusieron acortar su expedición un día para volver el lunes a Nairobi. Me decían que ya habían tenido bastante Monte Kenya tras el palizón de la jornada anterior y lo que se preveía para ese día. Agradecidísimo salí del saco, me puse la ropa que todavía no había secado, organicé la mochila, me cargué de barritas de cereales y la última tableta de Kvikk Lunsj, el snack de las rutas noruegas por excelencia, dispuesto a salir pitando hacia la cumbre. No desayunamos debidamente, lo cual fue un grave error, pero estuve comiendo barritas durante un buen trecho.


Empezando a caminar a las 2 de la madrugada

Con todo este ajetreo, nos pusimos en marcha alrededor de las 2:15 con más moral que fuerzas. Encendí el frontal durante un rato pero lo único que hacía era molestar, la luz de la luna era suficiente. No sé si por el hecho de estar recién levantados y haber pasado mala noche me notaba mucho más cansado que el día anterior. Sentía que el corazón iba aceleradísimo. Me habría gustado saber el número de pulsaciones por minuto exactas en ese momento, pero rondarían las 180 aunque íbamos tremendamente despacio. La primera parte de la ascensión transcurre por una pedrera que me recordaba bastante a la del Curavacas pero con una pendiente aun mayor. Veía como las fuerzas se me iban escapando muy poco a poco, sólo me preguntaba si no se me acabarían antes de llegar a la cima.

Unas nubes bastante feas aparecieron por detrás del Batian, la cumbre más alta y empezaron a cubrir todo en un visto y no visto. Yo notaba que algo iba mal, me estaba agotando después de unas dos horas de ascensión y quedaba todavía un buen trecho, quizás pensar en ello hacía que me agotase todavía más y más. El cielo ya estaba totalmente cubierto y muy oscuro. Apenas había claridad de la luna y, entre eso, la neblina que se estaba formando y que era de noche se tienen los motivos por los que no hay fotos de este tramo, apenas se veía nada.

Llegamos a la zona de nieve, en mi caso bastante exhausto, y caminar por allí teniendo que dar patada en la nieve para abrir huella fue la gota que colmó el vaso. La única chica que quedaba del grupo también empezó a tener serios problemas. Se paraba cada 100 metros para tomar aire y a mí me rompía bastante el ritmo.

El guía nos animaba, decía que había un refugio a una media hora andando al ritmo que íbamos y nos daba algo de esperanza saber que había un sitio caliente donde poder descansar un rato porque yo no me sentía con ánimos ni fuerzas de dar la vuelta. Hicimos una parada para descansar, beber y comer algo, recobrar fuerzas y abrigarnos porque cada vez hacía más frío. Fue ponernos en marcha y empezar a soplar el viento, un viento tremendamente frío y fuerte que la ropa no conseguía parar y se colaba hasta los huesos.

La marcha ya era totalmente penosa, la única opción era seguir avanzando porque con semejante tiempo no cabía la posibilidad de dar la vuelta. Los síntomas de mal de altura empezaron a volverse más y más fuertes. Ahora tenía un fuerte dolor de cabeza, ganas de vomitar y sentía, siendo sincero, que en cualquier momento me iba a ir por la pata abajo. Nunca antes había estado tan mal en montaña, tan al límite. De hecho una de las veces que paramos para retomar el aliento, apoyé la cabeza en el bastón y me debí quedar dormido durante unos 30 segundos. Cuando levanté la cabeza, las tres personas que iban delante mío ya estaban a cincuenta metros de mí. Seguí caminando.

Alguien le preguntó al guía cuánto quedaba hasta el refugio y contestó: “Cinco minutos”. Aquello nos ayudó a hacer el último esfuerzo para poder llegar al refugio austríaco.

Llegaríamos en torno a las 5:30, ateridos de frío y todavía de noche. Un grupo de tres amigos nos hizo un hueco en su habitación mientras desayunaban y nos prestaron sus sacos para taparnos y entrar en calor. Nos ofrecieron té y algo de comer pero yo lo rechacé porque notaba que si metía algo al estómago, automáticamente iba a devolver. La chica y uno de los chicos dijeron que para ellos se acabó el Monte Kenya por el momento, viven en Nairobi y pueden volver en cualquier otro momento. Jorge, el otro chico, se recuperó rapidísimo y ya con la idea de subir a la cumbre junto a nuestro guía, John. Éste nos dijo que la subida a la cumbre serí­an unos cincuenta minutos y luego veinte o treinta de bajada. Algo factible pero que me parecí­a una bestialidad en ese momento.

Tiritando de frí­o aun, fui capaz de beber  y comer algo. Me sentó muy bien pero seguí­a con el frí­o metido en el cuerpo. De nuevo me preguntaban qué iba a hacer, si me quedaba o subí­a con ellos. Hecho una bola dentro del saco que me prestaron les pedí­ diez minutos para descansar y ver cómo me encontraba. Pasado ese tiempo les dije con mucho pesar que no iba a poder ser, que lo habí­a pasado muy mal e iba a tardar en recuperarme.

Empezaron a reorganizar sus mochilas y ponerse más capas de ropa mientras yo les miraba con muchí­sima envidia. Jamás olvidaré ese momento en el que salí­ del saco y dije en voz alta: “Estoy zumbao”. Me puse toda la ropa que tení­a, me até las botas, bebí­ agua y me comí­ el Kvikk Lunsj que me quedaba.

Nos pusimos a caminar los tres entre la niebla y afortunadamente el viento habí­a desaparecido. Ahora me encontraba mucho mejor después de haber descansado debidamente. No sé qué habrí­a pasado si no hubiese estado ese refugio durante el camino. Lo que quedaba hasta la cima estaba bien pisado y salvo un par de pasos en los que habí­a que trepar, no era muy difí­cil.

Poco antes de llegar a la arista del pico vimos un claro en el cielo, parecí­a que estaba despejando. A lo mejor llegábamos a la cumbre y podí­amos ver algo. Así­ fue. La fortuna sonrió a los valientes.

Momento en que llegamos a la arista y vimos que al otro lado estaba despejando

Cuanto más cerca estábamos de la cumbre, más rápido avanzábamos y en mi caso empecé a sentir una sensación de euforia muy grande. ¡Lo í­bamos a conseguir después de todo lo que habí­amos sufrido!

Disfrutando de las vistas y del amanecer

Se nota que todo esto eran antiguos glaciares

Más vistas desde la cumbre

Gente disfrutando de las vistas después del esfuerzo

No éramos los primeros que llegaban a Punta Lenana ese dí­a ni los últimos, pero todos tuvimos la pequeña recompensa de que despejase bastante y pudiésemos maravillarnos de las vistas. La prueba de la cima va a continuación, nótese la cara de frí­o que llevaba.

Y aquí­ está, la prueba de la victoria

Las cumbres más altas del Monte Kenya, Batian y Nelion

Los últimos supervivientes de la expedición con nuestro guí­a John

Llegaba el momento de empezar a bajar aunque no quisiésemos. Y lo hicimos bien rápido. Llegamos al refugio donde nos esperaban nuestros amigos en aproximadamente veinte minutos, como predijo John.

Punta Lenana desde el refugio austrí­aco

El refugio austrí­aco, el que fuera nuestra salvación

Ahora sí­ que pudimos tener alguna que otra vista de por dónde subimos, aunque poco tiempo tuvimos porque bajamos muy rápido. Habí­a ganas de volver al refugio y descansar el resto del dí­a.

Primera zona de nieve en la que casi nos quedamos durante la subida

La bajada es mucho más fácil ¿eh?

La zona de pedrera que ahora bajé saltando

Una vista atrás donde se distinguen bien las dos zonas

El pequeño valle donde estaba nuestro refugio

Lo que queda de jornada lo pasamos metidos en el refugio descansando, aunque dimos algún que otro paseo por los alrededores. Lo que más nos ayudó a recuperarnos, fueron los noodles calentitos de siempre. Vaya cosa más sencilla y menudo manjar si se comen en el momento adecuado.

Hora de comer avena y noodles de los ricos para recuperar fuerzas

Nota: Las horas en el track están mal, se me olvidó cambiar el huso horario y marca dos horas menos de la realidad. El fallo se repite en todos los tracks de esta serie.

Descargar

5 pensamientos sobre “Ascensión al Monte Kenya IV (Refugio MCK – Refugio austríaco – Punta Lenana)”

  1. Jajaja que buenaaaaa felicidades… lo único es que ahora tenog que subir algo más alto para ganarte 😉 jejeje que chulo, sobre todo la foto que pone lo de los glaciares, es muy muy guapa!!! cuidate.

Los comentarios están cerrados.