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Velebit Ultra Trail 2013

Durante mis pequeñas vacaciones en Croacia, participé en una carrera de montaña dentro de los límites del Parque Natural Paklenica que forma parte del macizo Velebit. Se trata de una zona montañosa muy cercana a la ciudad de Zadar desde la que se tiene unas vistas increíbles del mar y las cercanas islas. La salida de todas las modalidades se hacía desde Starigrad, un pequeño pueblo de los muchos que hay cercanos a la costa y que viven del turismo mediante diversos campings, hoteles y resorts.

Mi idea inicial era participar en la carrera de 50 kilómetros, pero por una lesión de periostitis que me ha tenido parado durante toda la primavera, decidí que era más recomendable participar en la de 12, puesto que a pesar de estar recuperado, no había entrenado lo suficiente.

Tengo que decir que la organización de la carrera era bastante mala. Casi toda la información que había en su pobre sitio web estaba mezclada con la de ediciones anteriores y apenas había nada para las distancias inferiores, únicamente para la de 100 y 50 kilómetros. A pesar de no saber muy bien dónde íbamos, una carrera de 12 kilómetros, aunque fuese por el monte, no debería tener una gran preparación, pero se agradecería tener un perfil o una ruta marcada que fuese aproximadamente exacta.

Llegamos a Starigrad la víspera de la carrera dispuestos a escuchar lo que nos decían en el informe de carrera, que fue más bien poco, o mucho según se mire. Allí descubrimos que la carrera iba a ser sin marcas durante la ruta y en autosuficiencia, sin ningún tipo de avituallamiento. Vamos, una carrera de orientación de las de toda la vida. Solo nos dieron los nombres de los puntos donde iba a haber un perforador para marcar las tarjetas que nos proporcionaron. Además, era obligatorio llevar un kit de primeros auxilios con vendas, gasas y demás cosas de ese tipo. Y yo no tenía ni una triste mochila. La opción sería llevar esas cosas en una bolsa de plástico y cargarlo en el bolsillo del pantalón.

La salida era a las 7 de la mañana, con lo que hay que imaginarse el madrugón que tuvimos que darnos para desayunar con tiempo suficiente. El reparto del kit fue muy extraño, yo llevaba vendas en una bolsa como para momificar a Tutankamón, pero no creo que eso hubiese ayudado mucho en caso de problemas. Solo una persona comprobó que llevase una bolsa con algo para entrar a la zona de salida, dentro podía haber llevado piedras porque nadie miró su contenido. Otro fallo de la organización.

Participantes Velebit Trail

Corredores listos para la salida

Ya que tenía que cargar con las vendas, me animé a llevar el móvil para sacar alguna foto por el camino. Me iba a tomar la carrera con mucha tranquilidad. La salida era conjunta para las distancias de 12 y 27 kilómetros, por lo que nos juntamos un buen grupo de gente con unas ganas terribles de que diesen la salida. Hice un ovillo con la bolsa y la metí en el bolsillo trasero procurando que no se moviese demasiado por el trote. Con el pistoletazo de salida empezamos la marcha dándome cuenta que los únicos locos que no llevaban mochila éramos Ángel (que corría la de 27 y tenía mucho más mérito) y yo mismo.

Los primeros kilómetros discurren por una carretera con una ligera pendiente que permite ir tomando una posición cómoda antes de llegar a la zona divertida ya en pleno monte. A la derecha se encuentra el río que separa las dos laderas, nosotros subiremos por la que está más al este, con lo que la mayoría del recorrido se hará a la sombra, fue muy de agradecer teniendo en cuenta que siendo la hora que era, ya superábamos los 25ºC.

Río en Velebit

 La estampa del río en algunos puntos era muy bonita

Al cabo de unos cuatro kilómetros, se acababa la parte cómoda, había que cruzar el río, abandonar el camino principal y empezar el ascenso hacia Jurline, donde estaba el primer punto de control. Era en esa zona donde se empezaba a vislumbrar el mar y el paisaje tan bonito del Parque Natural. También es donde varios corredores a los que adelanté, me preguntaban de dónde era y si no llevaba mochila ni agua.

Paklenica desde Velebit

Las vistas del Mar Adriático

Yo seguía a mi ritmo bastante cómodamente, sacando alguna que otra foto. Iba confiado porque había metido el track de la carrera aproximada en el GPS, pero no puse los puntos de control porque los desconocía. Así que me salté el primero sin darme cuenta. Saqué una última foto porque a partir de ese momento ya me olvidé de que llevaba cámara.

Velebit

Foto tomada desde algo más adelante de Jurline

Alcancé a otro corredor del que más tarde me enteré que era el primero y bastante mosqueado le pregunté dónde estaba el primer punto de control. Cuando me señaló la dirección desde la que yo venía, casi me caigo de culo. Di media vuelta y me crucé con todos los corredores que había pasado anteriormente hasta llegar a Jurline. Corrí como alma que lleva el diablo para encontrar el perforador y volver sobre mis pasos. Adelanté de nuevo a toda la gente con la que me crucé y llegué al siguiente punto de control (Mala Mocila) con el corazón saliéndome por la boca, todo esto cuesta arriba.

A partir de ese momento todo era bajar por camino muy estrecho una canal arbolada que te reventaba los cuádriceps, empecé a echar de menos tener que subir todo el tiempo. Con la velocidad de la bajada, no vi un pequeño desvío y de nuevo me perdí bajando más de lo necesario. Mucho más de lo necesario. Todo ese trecho que descendí lo tuve que subir otra vez y estando desfondado como estaba, deseaba llegar a la meta cuanto antes. Bebí agua del río que discurría al lado del camino para tomar un gel y seguí hacia arriba como pude. Al llegar a meta tomaron nota de mi dorsal y del tiempo que había hecho, muy próximo a las 2 horas y me dispuse a descansar durante un rato mientras charlaba con algunos croatas que iban llegando. Allí me enteré que había llegado el tercero de entre los hombres a pesar de haberme perdido en repetidas ocasiones. Me dio la impresión que los croatas habían ido a dar un paseo por el monte en lugar de a una carrera, pero cada uno tiene su manera de participar.

Como el recorrido finalizaba en mitad del Parque, había que recorrer a pie el camino hasta la entrada por un sendero durante unos cuantos kilómetros extra.

Fue una carrera muy divertida en la que la mala organización fue compensada por el buen ambiente entre los participantes y el increíble entorno que nos rodeaba. Otro lugar que anoto en mi lista de sitios a los que volver.

Clasificaciones de la carrera

Estadísticas de la carrera

Viaje a China: Huangshan (Montaña Amarilla)

Como ya adelantaba en la entrada sobre Shanghai, justo en medio de los días que pasamos allí aprovechamos para ir a una zona montañosa situada al sur de la provincia de Anhui. Huangshan es una cordillera declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO que destaca por sus bosques, grandes bloques de granito, amaneceres y atardeceres, y las místicas nubes que aparecen frecuentemente.

El método de transporte que utilizamos para llegar fue el tren nocturno, al que ya empezábamos a coger cariño después de tantos kilómetros recorridos. Desde Shanghai llevó unas ocho horas aproximarnos en tren a la ciudad más cercana, pero luego hubo que ir en taxi-furgoneta hasta la entrada al parque durante otra hora más.

Tren nocturno chino

Nuestro compartimento con chinos madrugadores

La idea era llegar al hotel que habíamos reservado, el Paiyunlou, desde una de las entradas al macizo más cercanas a él en la zona Este y que estaban a mayor altura, por lo que no tendríamos que ascender demasiado con todo lo que llevábamos en la mochila. Por desconocimiento, equivocaciones varias y dejarnos llevar por la marabunta de chinos, hicimos justo lo contrario a lo que queríamos: subir por la ruta con más pendiente y más alejada del hotel. Pero de ésto no nos dimos cuenta hasta unas horas después al ver que no parábamos de subir y subir sin llegar a ninguna parte reconocible en nuestro modesto mapa.

Hay que dejar claro sobre esta montaña antes de que veáis más fotos, que de salvaje y lugar sin explotar, tiene más bien poco. Podría considerarse un gran parque de atracciones en medio de un entorno natural. Para acceder a las zonas más altas existen escalones de piedra, teleféricos y porteadores. Una vez arriba hay hoteles con bastante confort y servicios. También se puede comprar cualquier cosa aunque a precios más altos porque todo lo que se sube, se hace mediante porteadores. A pesar de lo turístico que es el lugar, no tiene desperdicio y merece la pena la visita.

Escaleras de subida

Escaleras de subida al comienzo

Montañas

Vistas desde el camino

Fusión en Huangshan

¡Fuuuuuusión!

Como escogimos un viernes para empezar la ascensión, no encontramos demasiada gente y pudimos disfrutar al máximo de todos y cada uno de los miradores que había. Varios de los picos estaban cerrados y no se podía ascender a su cumbre así que nos perdimos alguna que otra cosa. Había escaleras en todas partes, para ir a cualquier sitio y no me imagino cómo podría ser la ascensión sin ellas, pero prácticamente imposible.

Grieta en la montaña

Incluso en esta grieta había una escalera

Escaleras

Si ponéis atención puede verse una escalera que sube hasta la cumbre

Poco a poco y escalón a escalón, llegamos a la zona central del macizo donde ya había mucha más gente, también había bares, restaurantes y vendedores. Durante la subida no nos parecía que fuese a haber tanto movimiento por lo pendiente de la ascensión, pero los chinos en teleférico no tienen miedo a eso.

Árbol en Huangshan

El conocido Pino de la Bienvenida que se dice tiene unos 1.500 años

Haber llegado hasta aquí no significa que ya estaba todo hecho pues había que cruzar toda la parte alta de la montaña con subidas y bajadas constantes. Durante el recorrido vimos cosas curiosas como barras para separar el camino en dos carriles o porteadores derrengados tras cargar gente.

Porteadores descansando

Dos porteadores descansando

También nos detuvieron muchos chinos que querían sacarse fotos con nosotros. Tenía su gracia al principio, pero luego se volvió un poco cansino, sobre todo con cierta gente que veías cómo nos sacaban fotos disimuladamente a escondidas.

El sol se iba poniendo poco a poco y el paisaje mejoraba por momentos, pero yo estaba preocupado por que no se nos hiciera de noche antes de llegar al hotel, que supuestamente estaba cerca.

Pagoda puesta sol

Pagoda durante el atardecer

Puesta de sol

Puesta de sol entre las montañas

Puesta de sol

Ese del sombrero soy yo

Tras deleitarnos nerviosamente con las vistas que nos ofrecía Huangshan durante el atardecer, llegamos al hotel prácticamente de noche y respiramos aliviados mientras comíamos una de las últimas cenas que servían. Había que madrugar muchísimo para ver la salida del sol que todas las guías decían que era maravillosa, así que fuimos pronto a dormir.

El despertador sonó a las 4 y media de la mañana, no habíamos descansado debidamente después de todo el palizón del día anterior, pero había que descubrir lo que Huangshan tenía que ofrecernos. Aunque todavía era de noche, se notaba cierta neblina que igual no dejaba ver la salida del sol, pero ya que estábamos despiertos, no podíamos dejar escapar la ocasión. Con los frontales en la frente, seguimos a un grupo de chinos que parecía que sabía dónde iba y no nos defraudaron. En la ladera de una pequeña colina y con el primer clareo del día, nos sentamos para ver el sol levantarse por encima del horizonte montañoso. Desafortunadamente había ciertas nubes bajas que impedían que el sol despuntase por la línea que formaban los picos y no era tan espectacular.

Amanecer

La salida del sol no fue tan maravillosa como la pintaban por culpa de las nubes bajas

Turistas chinos

No fuimos los únicos que madrugaron esa mañana

A pesar de ser tan temprano, los turistas chinos parecían salir de entre las piedras y de la manera más ruidosa posible. No seguimos durmiendo y fuimos a dar un paseo por los alrededores del hotel así que fuimos viendo la evolución de tanto chino circulando según el teleférico descargaba más y más gente en las montañas. Llegaban en familia, grupos pequeños y viajes organizados, a gusto del consumidor. Muchos llevaban sus guías que explicaban a saber qué a golpe de megáfono, resonando por todas las montañas con un murmullo cansino.

Chinos madrugadores

Grupo de turistas atendiendo las explicaciones del guía

Dimos el paseo de rigor por la zona para que no quedase nada sin descubrir y disfrutamos de las vistas que había desde una zona tan privilegiada. Desde luego las autoridades chinas han acondicionado el lugar perfectamente y sin que desentone demasiado con el entorno como puede verse en la mayoría de las fotos, donde a pesar de que todo esté reformado, guarda un estilo muy peculiar e integrado con el resto.

Pasarela

Una de las múltiples pasarelas construidas

Tras unas horas de caminata, volvimos al hotel para recoger las cosas, desayunar y emprender la ruta de retorno por el mismo camino que usamos al venir. Iríamos con calma puesto que teníamos todo el día para ello. Nuestro tren nocturno de vuelta a Shanghai no salía hasta esa noche y podíamos perder el tiempo cuanto quisiésemos.

Lo que nos encontramos durante el camino es indescriptible. Era como si todos los chinos de la provincia hubiesen decidido visitar Huangshan en ese mismo día. Ahora entendíamos las barreras que dividían el camino en carriles en ciertos puntos y las señales para mostrar la dirección en algunos cruces. Todo estaba repleto de chinos hasta rebosar. ¡Si hasta había guardias dirigiendo a las masas por los caminos! Teníamos que avanzar en una interminable línea de gente que iba extremadamente lenta.

Gentío por las paredes

Aquí puede verse la cantidad de gente

Cola en camino

La maravillosa línea de chinos que no avanzaba

En algunos puntos de parada, como miradores y similares, había tal colapso de gente que lo único que querías era salir corriendo para escapar cuanto antes.

Como tanta gente nos estresaba, aceleramos cuanto pudimos la marcha para llegar al teleférico y emprender la huida. No podía considerarse deshonroso bajar en él después de haber subido el día anterior cargando con las mochilas.

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Momento relajante durante la huida

Ya abajo, pasamos la tarde haciendo tiempo, sin tanta gente a nuestro alrededor, que aún así la había, pero no tan masificada.

Y esta fue nuestra pequeña aventura de fin de semana en Huangshan, lugar místico que siempre será recordado por los megáfonos de sus guías.

Descargar track

Laponia: entrada navideña

No puedo perder la ocasión de mostraros un remake de todo un clásico que muchos recordaréis de esta antigua entrada.

Laponia es una región geográfica que comprende partes de Noruega, Finlandia, Rusia y Suecia, por eso me extraña que en el vídeo se diga lo que se diga de Noruega si forma parte de ella, tal vez por mantener cosas del vídeo antiguo. Y sí, lo voy a volver a poner.

Viaje a China: Shanghai

Después de los primeros días en una de las zonas rurales de China, se imponía un cambio radical para visitar algo totalmente opuesto, Shanghai. Tanto el viaje de ida como de vuelta lo hicimos en tren de alta velocidad en aproximadamente unas 5 horas, con lo que perdimos poco tiempo en el trayecto.

Nuestra estancia en Shanghai fue un poco relámpago ya que lo utilizamos como punto de partida para ir tres días a Huangshan, una zona montañosa de la que ya hablaré más adelante. De todos modos no nos perdimos demasiadas cosas de la ciudad y vimos lo fundamental.

Salida de los jardines de Yuyuan

 Caminando por Naijing Road, la típica calle comercial

Vimos jardines de estilo moderno y antiguo, degustamos comida típica de la zona, paseamos por algún que otro Hutong lleno de contrastes… Digo de contrastes porque pegado a una zona miserablemente pobre y destartalada, podías encontrarte unos rascacielos increíbles. Cada vez quedan menos Hutong, que son las antiguas casas donde vive la gente de a pie, y en Shanghai están en peligro de extinción ya que todo se ha derruido para construir edificios nuevos y modernos.

Otro de los paseos interesantes que hicimos fue cruzar Naijing Road, la calle comercial, abarrotada, ruidosa y casi epiléptica por la cantidad de luces y anuncios. Todo en la ciudad parecía bastante artificial y sin carácter, siguiendo los estándares occidentales y perdiendo toda la esencia de lo que pudo ser en su día.

Destaca esta artificialidad en los grandes rascacielos del distrito financiero o Lujiazui, en el distrito de Pudong, que pueden verse desde la otra orilla del río y por entre los que paseamos en un par de ocasiones.

Una de las torres del distrito financiero

Vista diurna del skyline del distrito financiero

Y ésta es la foto nocturna, parece otro mundo

Si alguien me preguntase sobre qué gran ciudad china me gustó más, sin duda contestaría que Beijing. Aunque merece la pena visitar la ciudad, no creo que sea un lugar que te marque especialmente porque no hay nada realmente típico y que no esté orientado a turistas. Si hubiésemos tenido algo más de tiempo, tal vez habríamos visitado algunas ciudades de la periferia como Suzhou, que tenían algún que otro atractivo. Para otra vez será 🙂

Viaje a China: Pingyao y Datong

La primera noche que pasamos en China, lo hicimos en el vagón de un tren nocturno, compartiendo literas con un montón de chinos en dirección a una remota provincia al sur de Mongolia llamada Shanxi. Mi última y única experiencia en un tren-cama había sido durante el viaje de Moscú a San Petersburgo y no fue nada placentera. Esta vez me sorprendió lo civilizados que son los chinos a la hora de dormir. No haber dormido apenas en el vuelo de ida y algún que otro síntoma de jet lag ayudaron a que esa noche durmiese del tirón y me levantase fresco como una lechuga.

El bautismo de fuego turístico en este país sería en Pingyao, una ciudad en la que el casco histórico está muy bien conservado y por ello tiene el título de Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Al salir de la estación nos pusimos a buscar las consignas para dejar las mochilas. Esfuerzo inútil ya que no había. En su lugar había una serie de pequeños locales que lo mismo te vendían comida, recuerdos o te guardaban el equipaje. Escogimos uno al azar y el dueño nos indicó para entrar dentro de la casa y dejar las maletas guardadas. En su habitación, encima de su cama. Con toda esta seguridad no pudimos evitar irnos un poco preocupados, pero no pasó nada 🙂

 

Calles de Pingyao desde la Torre del Mercado

Pasamos el día de paseo por la ciudad, recorriendo su muralla y disfrutando de sus viandas locales. Los chinos nos acosaban a todas partes para vendernos cosas y ahí fue donde empezamos a descubrir que los lugares turísticos en China suelen estar hasta arriba de chinos turistas.

Templo reconvertido a museo

La ciudad tiene muchísimos museos, casi todos ellos dentro de antiguos templos budistas reconvertidos, pero hay que estar mucho más empapado de la cultura china de lo que nosotros estábamos porque sino al final te acabas aburriendo de ver siempre cosas que te parecen exactamente iguales.

Una de las puertas de entrada de la muralla

Nos tomamos la jornada con calma y paseamos hasta que anocheció, momento en el que volvimos a la estación de tren para recoger nuestras maletas y volver a compartir la noche con los chinos. Siguiente destino: Datong.

Esta ciudad en cambio no tiene nada que merezca la pena en sí, pero sí sus alrededores. Como llegamos muy pronto (las 4 de la mañana es pronto) nos fuimos a la recepción de un hotel cerca de la estación para descansar un rato hasta que fuese una hora más decente y pudiésemos encontrar un guía que nos llevase a las grutas de Yungang y al templo colgante de Hengshan.

No hizo falta salir a buscar al guía, a eso de las 5 de la mañana apareció Mister Wang que con un más que decente inglés nos ofreció sus servicios, convenció a la recepcionista del hotel para que nos guardase las mochilas y nos llevó a su barrio a desayunar. Con la tripa llena nos pusimos en marcha hacia el sur durante unas dos horas. Yo no pude evitar quedarme frito en el asiento del copiloto confiando en la pericia al volante de nuestro nuevo amigo. Un par de veces que abrí los ojos vi medio en sueños cómo adelantaba camiones mientras tocaba el cláxon por carreteras de montaña estrechísimas. Llegamos sanos y salvos al lugar y fuimos los primeros.

Templo con salida de agua de una presa

Vista completa del templo en la pared

El templo estaba completamente vacío

Vista lejana de la construcción

La mayor ventaja de haber madrugado tanto y llegar a primera hora fue que pudimos disfrutar del templo sin absolutamente nadie molestando. Paseamos por todo él sin un solo alma que molestase para las fotos o simplemente asomarse a las distintas estancias con estatuas de budas y otras deidades.

Visto todo, pusimos rumbo a las grutas de Yungang. Nos esperaba otro rato largo en coche, deshacer lo ya hecho y luego un poco más, por lo que fue inevitable echarse otro sueñecito más. Creo que era una especie de defensa mental para evitar ver cómo conducía Mr. Wang. Al pasar cerca de Datong, lo hicimos cerca de una estación de generación eléctrica a base de carbón y aquello parecía un mundo futurista postapocalíptico. Según nos contaba el guía, esa estación proporcionaba energía a prácticamente toda la región de Shanxi y además a Beijing, con lo que os podéis hacer una idea de su tamaño. Se había elegido ese lugar porque así Beijing no tenía que preocuparse por la contaminación que producía, ya lo hace la gente de Datong.

En esta ocasión no pudimos evitar la marabunta de chinos turistas que poblaba el lugar, pero el recinto era lo suficientemente grande como para no sentirse agobiado. De todos modos en la zona de las cuevas se apelotonaba la gente para poder entrar a ver los gigantescos budas tallados en la piedra.

Entrada al recinto

Pagoda en templo rodeado de agua

Parte inicial de las grutas

Había grutas de todos los tamaños y formas

Este era el Buda tallado más grande del complejo

Estuvimos alrededor de 2 horas caminando por el lugar tranquilamente y evitando que el sol nos achicharrase bajo la sombra de los pocos árboles que allí había. Si algo destaca en toda la zona de Shanxi es que podría ser parte oficial de la estepa mongola. Prácticamente todo es desértico y no hay apenas vegetación ni agua. Es un paisaje un poco deprimente pero tiene su encanto.

Por la tarde estuvimos en Datong, conociendo la ciudad y disfrutando de sus manjares. Lo de los manjares es un decir porque como llegamos bastante tarde, casi todos los sitios para comer estaban cerrados y tuvimos que meternos en el lugar más cutre del mundo para comer unos míseros noodles, pero nos trataron muy bien.

La ciudad de Datong me queda en el recuerdo como un esfuerzo rabioso de intentar igualar a Pingyao en cuanto a arquitectura tradicional china. Como no tenían ni casco antiguo ni muralla porque fueron destruidos durante la Revolución Cultural, han decidido reconstruirlo todo de nuevo.

Esta plaza es totalmente nueva, pero impresiona

Pagoda del templo que ocupa la parte central del caso antiguo

La muralla de Datong, todavía a medio construir

A pesar de ser todo un poco artificial, es una buena manera de saber cómo podía estar todo en su época dorada, pero la vista de los andamios en muchos de los edificios, afeaba la visión de todo. Después de todo el día caminando sin parar, estábamos deseando ir a nuestro querido tren, para descansar como es debido.

Viaje a Kenya: Watamu

El último fin de semana en Kenya fue de relax. De muchísimo relax. Volamos desde Nairobi a Malindi y una vez allí fuimos en matatu hasta Watamu, un pequeño pueblecito algo más al sur y que no está tan masificado como Mombasa. Al llegar al aeropuerto y abrir la puerta del avión se notaba la tremenda humedad y el calor que hacía en comparación a la capital. Se sentía que estábamos al lado del mar.

Vista de la playa de Watamu

Un nativo vestido de Maasai

Habíamos alquilado una casa entre todos donde también venía incluído el staff (cocinero, vigilante, encargado del jardín y limpieza), todos ellos una gente muy simpática. El ambiente invitaba a relajarte y no hacer nada, únicamente comer, tostarte al sol y dormir. Nunca me ha gustado el calor húmedo, pero al cabo de un rato te acostumbrabas y te dejabas llevar. Se estaba tan bien…

Entrada a la casa

Salón interior de la casa

Una de las habitaciones

La casa no tenía ventanas porque nunca hace calor y las mosquiteras evitaban que los mosquitos nos comiesen por la noche. Las sábanas tampoco eran necesarias.

Vista del jardín desde el balcón

Piscina a todo lujo

Vista nocturna de la piscina

La estancia de fin de semana se me hizo cortísima. Podría haber estado todo un mes con ese estilo de vida, pero con un día o dos más, la sensación habría sido otra. Tocaba abandonar Kenya y se podía decir que habíamos hecho todo lo típico del país en un tiempo récord. Tal vez demasiado poco tiempo.

Viaje a Kenya: Maasai Mara

Durante el viaje a Kenya, hicimos bastantes cosas más que subir al monte del mismo nombre y una de ellas fue pasar unos días en la Reserva Natural de Maasai Mara, en la región del Serengueti. Nos alojamos en un pequeño résort dentro del parque que estaba rodeado por una alambrada eléctrica para que no entrasen los animales dentro. Aunque no evitaba que algunos de los más pequeños se colasen y nos sorprendiesen con pequeñas visitas de crías de gacelas y similares.

El complejo de Sarova Mara tenía un montón de servicios y actividades para hacer. La verdad que eran necesarias porque te sientes un poco prisionero. ènicamente salíamos del campamento dentro de un “matatu” durante las dos visitas al parque. Una muy temprano y la otra justo antes del anochecer. Es en esos dos momentos cuando los animales están más activos y es más fácil verlos en acción.

La experiencia fue increíble y recomiendo hacerlo al menos una vez en la vida, a ser posible durante la época de la Gran Migración. A continuación va una galería de imágenes de los escasos tres días que estuvimos en el parque.