Archivo de la etiqueta: casa

Viaje a Kenya: Watamu

El último fin de semana en Kenya fue de relax. De muchísimo relax. Volamos desde Nairobi a Malindi y una vez allí fuimos en matatu hasta Watamu, un pequeño pueblecito algo más al sur y que no está tan masificado como Mombasa. Al llegar al aeropuerto y abrir la puerta del avión se notaba la tremenda humedad y el calor que hacía en comparación a la capital. Se sentía que estábamos al lado del mar.

Vista de la playa de Watamu

Un nativo vestido de Maasai

Habíamos alquilado una casa entre todos donde también venía incluído el staff (cocinero, vigilante, encargado del jardín y limpieza), todos ellos una gente muy simpática. El ambiente invitaba a relajarte y no hacer nada, únicamente comer, tostarte al sol y dormir. Nunca me ha gustado el calor húmedo, pero al cabo de un rato te acostumbrabas y te dejabas llevar. Se estaba tan bien…

Entrada a la casa

Salón interior de la casa

Una de las habitaciones

La casa no tenía ventanas porque nunca hace calor y las mosquiteras evitaban que los mosquitos nos comiesen por la noche. Las sábanas tampoco eran necesarias.

Vista del jardín desde el balcón

Piscina a todo lujo

Vista nocturna de la piscina

La estancia de fin de semana se me hizo cortísima. Podría haber estado todo un mes con ese estilo de vida, pero con un día o dos más, la sensación habría sido otra. Tocaba abandonar Kenya y se podía decir que habíamos hecho todo lo típico del país en un tiempo récord. Tal vez demasiado poco tiempo.

Ascensión al Monte Kenya III (Estación Meteorológica – Refugio MCK)

Los comienzos de la ruta transcurren por una pista asfaltada, que se agradece a la subida por lo cómodo pero se maldice durante la bajada al ser el último tramo justo antes de llegar al coche. De todos modos no tarda mucho en desaparecer y convertirse en un camino estrecho que discurre por un bosque. El bosque es un tanto peculiar como puede verse en las fotos siguiente ya que los árboles son brezos pero de un tamaño descomunal y tienen una especie de líquenes colgando de sus ramas. Si le añadimos la neblina que había en ese momento, parecía que fuese a salir un gorila gigante o un orco de El Señor de los Anillos de entre las ramas para darnos un susto de muerte.

Primeros momentos de la ascensión por el bosque

Como estaba amenazando lluvia, usé una bolsa de basura para cubrir la mochila a falta de una funda en condiciones. La dichosa bolsa aguantó muy bien toda la excursión y tuvo un final bastante triste, sirvió para tirar la basura acumulada. Durante todo el recorrido por el bosque fui bastante precavido, con paso corto y respiración muy calmada. Mejor dicho, fui precavido durante toda la ruta. No sabía cómo me iba a afectar la falta de oxígeno a esta altitud y no quería dar problemas al resto.

El invento de funda que llevaba para la mochila

Poco a poco seguimos subiendo. Empezaba a notar una sensación extraña que no sabría describir muy bien. Era algo así como estar soñando, uno de esos sueños en los que te sientes pesado y avanzas muy lentamente. Poco a poco apareció un ligero dolor de cabeza. Ligero, pero constante y molesto. Todas las sensaciones empezaron a desaparecer cuando la lluvia llegó. Una lluvia fina que nos acompañó prácticamente hasta el final del día y que mojaba más nuestra moral que la ropa. Los guías y porteadores, gente lista y preparada, sacaron sus paraguas y siguieron como si nada.

Y empezó a llover a mares…

El grupo continuaba lentamente pero siempre hacia delante y los síntomas de mal de altura empezaban a ser bastante fuertes en alguna gente del grupo. Yo de momento iba bien, con paso corto y bebiendo agua cada poco tiempo parecía que el dolor de cabeza desaparecía a ratos. Entonces ya vimos que alguien del grupo no iba a poder seguir subiendo, los síntomas no mejoraban e incluso iban a peor. Al típico dolor de cabeza se sumaban las nauseas y los mareos, así que su única opción era bajar. Otras tres personas quisieron bajar con él para acompañarle. El problema es que estas cuatro personas eran las de mi grupo, el que iba a estar tres días y con los que iba a volver a Nairobi. Me convencieron para que me quedase y siguiese hacia la cumbre, eso sí, tendría que bajar al día siguiente con el chico holandés que iba a hacer cumbre y volver a la estación meteorológica en el mismo día si quería volver a la ciudad con ellos.

Por lo tanto nos separamos. Solo quedamos cinco, con uno de los guías y tres porteadores. Supongo que ver que ni siquiera habíamos llegado a los 4000 metros de altura y ya empezábamos a perder gente no vino demasiado bien para la moral. Pero seguimos.

Lo que quedaba del grupo después de separarse

La lluvia no paraba. Era como si alguien se hubiese olvidado de cerrar el grifo y aquello no tenía fin.

Hubo un momento entorno a los 3800 msnm que me paré y respiré hondo. Los pulmones se llenaban muy fácilmente pero ahí no había chicha, algo faltaba porque quería más y más. La falta de oxígeno en el aire se notaba en cada respiración y a cada paso que dabas. El corazón bombeaba a toda potencia a pesar de que la velocidad que llevábamos era muy lenta. El cansancio era extremo, pero simplemente seguías andando y andando, intentando abstraerte de todos esos inconvenientes y sobre todo, de la maldita lluvia.

El tiempo no iba precisamente a mejor

Harto de cargar con la mochila y de la lluvia constante

Lo malo de todo esto es que tampoco se veía un cambio en la subida, que era todo el rato exactamente igual. No había ningún tipo de llanura o espacio para el descanso. Todo era subir y subir sin saber dónde ibas a llegar. Algunos de los componentes del grupo ya empezaban a preguntar cuánto quedaba, como los niños pequeños a sus padres desde la parte trasera del coche. Y entonces las nubes del fondo se despejaron un poquito y pudimos ver la silueta de una de las cumbres del Monte Kenya. El refugio estaba justo en la base de esa montaña.

Momento en el que empezamos a ver la silueta del monte

Aunque pudiésemos ver nuestro destino, todavía quedaba una hora larga de caminata por el valle. Un valle bastante curioso por la vegetación y los pequeños damanes que estaban por todas partes. Hasta hace muy poco estos animalejos eran considerados como los parientes vivos más cercanos a los elefantes aunque no es del todo correcto. Amenizaron bastante el último tramo hasta llegar al refugio porque correteaban por todo el lugar y se paraban a observarnos atentamente.

El lugar estaba repleto de damanes

Derrengados. Esa es la palabra que mejor define cómo llegamos al refugio. Y calados hasta los huesos. Ni nos planteábamos lo que hacer al día siguiente. Si el primer día ya habíamos acabado así y estábamos a escasos 4300 msnm, ¿qué pasaría al siguiente? Preparamos una cena de campeones que sentó tremendamente bien. Los noodles calentitos después de la mojadura sabían mejor que un solomillo con patatas fritas.

El refugio del Mountain Club of Kenya donde íbamos a dormir

Durante toda la tarde estuvimos de relax, comentando el día y sufriendo bastante dolor de cabeza. Los afortunados que no tienen alergia al ibuprofeno  o las aspirinas empezaron a doparse para paliar el pinchazo constante en la sien. Mi única manera de que parase era bebiendo agua cada poco tiempo. Y cuando menos lo esperaba, volvía.

Justo antes de dormir, discutimos el plan del día siguiente. Nos despertaríamos a las 2 de la mañana para poder llegar a la cima en el momento del amanecer. De todos modos, si a las 2 llovía, abortaríamos la misión, continuaríamos durmiendo y a las 8 ó 9, de vuelta para abajo. Mi única alternativa era hacer lo mismo que el holandés si quería volver con el resto de gente que me esperaba en la base. Si él decidía no intentar encumbrar, tendría que conformarme con haber llegado hasta donde estaba y emprender el camino de regreso. Cuando apagamos la luz para dormir, el compañero estaba bastante seguro que al día siguiente iría directo a casa después de todas las penurias de esa jornada.

Nota: Las horas en el track están mal, se me olvidó cambiar el huso horario y marca dos horas menos de la realidad. El fallo se repite en todos los tracks de esta serie.

Descargar

Viaje a las Islas Lofoten

Uno de los últimos rincones de Noruega que me quedaba por ver era éste. Un pequeño paraíso en forma de archipiélago muy cercano a la costa en la parte norte del país. Sus principales características son la tranquilidad, las pequeñas islas, las grandes elevaciones de roca, el sol de medianoche, los bacalaos secados al sol, los pueblecitos pesqueros, las playas de arena blanca y fina. Vamos, un pequeño paraíso.

Estuvimos en el archipiélago unos cuatro días, donde alquilamos un coche y nos movimos como quisimos. El punto de partida fue el aeropuerto de Evenes, compartido por las ciudades de Harstad y Narvik.

Puerto de Svolvær, la capital de las Lofoten

Restaurante en el centro de Svolvær

Aunque el nombre pueda parecer familiar, no se refiere al pescado en sí­, sino que ese nombre se le da a una manera de cocinar el bacalao. Sí­, es raro.

Una de las escalas del crucero Hurtigruten

Este crucero es uno de los muchos que recorren la costa noruega haciendo escala en varios puertos por el camino. Se trata del Hurtigruten y es muy famoso en verano. Aunque hicimos una noche en Kabelvåg, el primer dí­a solo visitamos la capital y poco más, hací­a bastante mal tiempo y no habí­a muchas ganas de pasar frí­o.

Puerto de Henningsvær, un pequeño pueblecito de pescadores

Si no pudimos dar muchos paseos al aire libre por el tiempo tan malo, aprovechamos para visitar pueblos de los alrededores y deambular con el coche por carreteras desconocidas. Así­ fue más o menos como acabamos en Henningsvær. A la vuelta vimos una playa de arena blanca en una cala muy bonita, lástima que hiciese tanto frí­o…

Esta es la playa en cuestión

Pero claro, como no podí­a ser de otra manera, y a pesar del mal tiempo… el bañito cayó.

Saliendo del agua deprisa y corriendo

Fuí­ incapaz de estar en el agua quieto y sumergido completamente más de un segundo. No pude parar de correr ni al entrar ni al salir. Al llegar a la arena me dolí­an las piernas un horror del frí­o y se me quitaron las ganas de más baños. Eso sí­, me arrepentí­ de no haberme bañado el año pasado cuando estuve en Svalbard. Hubiese estado bien poder contar que me bañé en el Ártico. Si por casualidad vuelvo allá­ como es mi intención, lo haré.

Otro de los sitios que visitamos en esos dí­as fue el museo vikingo de las Lofoten. No tiene ni punto de comparación con el que hay en Oslo. De acuerdo que el de Oslo tiene los restos de barcos vikingos mejor conservados del mundo, pero en Lofotr hay reconstrucciones de viviendas y barcos vikingos con los que puedes hacerte una idea mejor de cómo vivían.

Una reconstrucción de barco vikingo en el fiordo

Tirando unas flechitas, vaya estilazo

Remando en el barco vikingo, lástima que estuviese amarrado

Mientras nos í­bamos moviendo hacia la isla más alejada de tierra firme, el tiempo fue mejorando poco a poco y todo parecí­a tener más color.

Uno de los múltiples lugares en los que se cuelga el bacalao al sol

Estos bacalaos son muy tí­picos de esta zona de Noruega. Se venden como snack ya que están secos, pero a mí­ no me hicieron nada de gracia. Aparte de que ver cómo se secaban al sol mientras montones de moscas revoloteaban a su alrededor no contribuyó a que me gustasen.

Por fin llegamos al lugar más bonito de todas las islas, un pequeño archipiélago rodeado de montañas. Allá­ pasamos dos noches en la isla de Hamnøya.

Haciendo posturitas como siempre

Esta es la isla de Hamnøya y la casa blanca grande de la derecha es en la que dormimos

Aquí­ estuvimos de relax aunque pudimos hacer de todo: ver un partido del Mundial de la selección española, ir de ruta y tratar de ver el sol de medianoche.

Cuando digo que era el paraí­so, es que realmente lo era

En cuanto al sol de medianoche, intentamos verlo en dos ocasiones. Siempre que í­bamos hacia el norte, donde podí­a verse más fácilmente, habí­a niebla que no dejaba ver absolutamente nada. Al segundo intento también nos encontramos niebla por el camino.

Yendo hacia el norte para ver el sol de medianoche

Y como siempre, se consiguió el objetivo. Después de pasar mucho frí­o y desvariar en cantidades industriales como viene siendo habitual, pudimos ver cómo el sol no llegaba a ponerse en el horizonte.

La foto de la victoria

Puede que éste sea el tercer mejor sitio de Noruega que he visitado, pero cada lugar es tan distinto dependiendo de la gente con la que viajas… que es difí­cil decidirse. Sobre todo cuando hay tantas historias, anécdotas, buena gente, cervezas, rayas y ovejas.

Cosas con las que tengo que cambiar el chip después de estar un año fuera de España

  • Cuando vaya a pasar un paso de cebra, los coches no se van a parar 2 metros antes de que haga el amago de cruzar.
  • En los bares se fuma, desgraciadamente.
  • No hace falta quitarse los zapatos al entrar a casa de alguien.
  • Cuando te presentan a una chica se le da dos besos.
  • El agua del grifo ni es gratis, ni sobra en España.
  • Por mucho que sorprenda, entender lo que dice la gente que pasa por la calle, es normal.
  • Las santanderinas… son así.

Vuelta a casa

Vuelvo a poner un post automático, porque ahora mismo estaré en el viaje de vuelta a casa, el viaje definitivo de esta beca (Oslo-Amsterdam-Madrid-Santander), aunque seguramente no sea el último. Creo que como a todos, esta beca nos ha marcado para siempre y el resto de nuestra vida no será más que una continuación de ella.

De nuevo vuelvo a Santander, no sé por cuánto tiempo. Ha sido un año muy largo, o muy corto, según quiera mirarse. Han pasado tantas cosas. Tan distintas. Unas buenas y otras malas. Puede que exactamente igual que cuando estás en tu sitio, pero estando fuera de casa es distinto, todo se percibe y te afecta de manera diferente.

Al final el recuerdo de todo, bueno y malo, es positivo sin dudarlo por un momento. Marea un poco pensar en todo ello al mismo tiempo. Tantos viajes, aventuras, descubrimientos, visitas, gente, sentimientos. Tanta vida.

Así que a todos aquellos con los que tuve la suerte de cruzarme en el camino: ha sido un verdadero placer conoceros. Un fuerte abrazo y gracias.