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Lezamako Mugetatik

Otra de las carreras en las que participé durante mis pequeñas vacaciones en Santander es la Lezamako Mugetatik en Lezama, un pequeño pueblo de las cercanías de Bilbao en el que se disputa una carrera de montaña que asciende dos de los montes de sus proximidades, el Gaztelumendi (311 msnm) y el Ganguren (474 msnm). No son montes excesivamente altos ni técnicos, pero la crestería cercana a las cumbres y el fuerte desnivel en ambas ascensiones hace que la carrera en su conjunto tenga unos 1200 metros de desnivel positivo en los 28 kilómetros de recorrido. Hasta la fecha era la carrera con más desnivel acumulado en la que iba a participar.

La salida era a las 10 de la mañana, así que el madrugón para llegar allí a tiempo iba a ser considerable. Antes de los corredores, un nutrido grupo de gente salió a las 8:30 para hacer el mismo recorrido pero en la modalidad de marcha. Justo antes de la salida dudaba si llevar gafas de sol, estaba haciendo un tiempo estupendo pero sabía que gran parte del circuito sería por bosque y por lo tanto más sombrío. Solo tuve que echar un vistazo alrededor para ver que muy pocos corredores las llevaban, así que como dice el refrán: “allá donde fueres, haz lo que vieres”. Fue todo un acierto.

No voy a describir toda la carrera porque ya lo hizo perfectamente la organización de la misma en su web, sino que voy a contar los tramos que más me gustaron.

Hasta la primera cima hay muy pocas bajadas o llanos, pero se disfruta del camino y de las vistas, que permiten ver todo el valle y los aviones que desciencen hasta el cercano aeropuerto de Bilbao en Sondika. Tan solo se deja de correr en la última parte de ascensión a la primera cresta del cordal del Gaztelumendi, donde hay que caminar lo más ligero posible por un camino muy estrecho. Tras encumbrar, se mantiene más o menos la altura hasta que de nuevo se vuelve a descender hacia Lezama por un camino arbolado cruzado en algunos tramos por un pequeño riachuelo que te obliga en repetidas ocasiones a saltarlo para no mojarte. Si a eso le sumas las ramas bajas, hay que mantenerse concentrado al máximo para no caer o llevarte un golpe en la cabeza.

Otra de las partes que me gustó fue la subida al segundo monte, el Ganguren, mucho más exigente que la primera y en la que empezamos a adelantar a los participantes de la modalidad de marcha como buenamente pudimos. Me notaba sobrado de energías y no sabía lo que habría en la última parte de descenso. Precisamente gracias a haberme reservado, durante la bajada más fuerte no tuve problemas en apretar cuando el resto ya tenían los músculos cansados. El tramo descendente que más me gustó fue el que prácticamente se hacía en línea recta por un terreno bastante blando donde los árboles habían sido cortados recientemente. La velocidad que se toma e ir esquivando restos de árboles aumentaba los niveles de adrenalina al máximo, y aunque yo no me diese cuenta, también las pulsaciones. Eso hizo que ya la última parte de sube-baja, me machacase del todo y me resignase a no poder aumentar el ritmo. Ya había dado todo lo que podía dar y ahora se trataba de mantener una velocidad cómoda sin forzar. Hice piña con otro corredor, recorrimos la parte final y llegamos a meta juntos, íbamos animándonos mutuamente.

Llegando a meta con otro corredor

Sin duda no estaba recuperado del todo de la anterior carrera en Santoña una semana atrás, pero desde un principio ya me tomé la prueba como algo con lo que pasar una mañana de domingo imaginándome que iba a ser todo más duro de lo que me esperaba. Y no decepcionó. De hecho, si tengo la ocasión de repetir, tal vez lo haga.

Disfrutando el premio para los participantes

A los que terminaban la prueba, se les daba una camiseta técnica y una bolsa con tomates de la zona que me hicieron muchísima ilusión porque estaban buenísimos. Después de la carrera había una parrillada para los participantes, pero nosotros ya teníamos reserva en una sidrería del pueblo.

Sidrería de Lezama

Estadísticas de la carrera

Dovrefjell: Åmotdalshytta – Snøheim

Como punto final de esta excursión, decidimos volver por una ruta distinta a la de la ida, sin tener que encumbrar de nuevo el Snøhetta. Tampoco hubiese servido de mucho subir hasta allí porque no habrí­amos visto absolutamente nada. El dí­a se levantó con una niebla espesa y bastante cerrada que te impedí­a ver más allá de cien metros. Mientras pudiésemos ver las marcas rojas de la DNT, era más que suficiente.

Esta es la vista que se nos ofrecí­a

Tuvimos que dedicarnos a tomar fotos de planos cortos

El camino no discurrí­a por puntos por los que ya hubiésemos estado antes y de haber tenido visibilidad, seguro que habrí­amos tenido unas vistas bastante buenas, pero menos daba una piedra. Así­ con todo pudimos ver algunas zonas con pequeños lagos, rí­os de deshielo y grandes neveros.

La visibilidad era malí­sima en algunos puntos

Gran parte de la ruta es un continuo sube y baja que se hací­a algo pesado por no saber cuándo terminaba, pero al llegar a una zona donde parecí­a que todo comenzaba a ser cuesta abajo, ya nos hicimos a la idea que iba a ser coser y cantar.

Por ahí­ arriba debe estar la subida al Snøhetta

Un pequeño lago en el que el nevero tení­a una forma peculiar

El agua de los lagos era calmada y cristalina

Las zonas de nieve hací­an que todo fuese de color blanco

Pequeño puente por encima del rí­o

Algunos pasos por encima del rí­o como el anterior tení­an un cierto grado de peligrosidad, porque parecí­a que la nieve podí­a venirse abajo, pero eran grandes bloques muy difí­ciles de deshacer.

A ésto me refiero con lo de que era arriesgado

Un trecho en llano más tarde, llegábamos a la cabaña que todaví­a estaba en construcción (Snøheim) desde donde empezamos un par de dí­as antes. Tuvimos que esperar un buen rato hasta que llegó el autobús bajo una fina lluvia que lo empapaba todo, pero hicimos tiempo comiendo debidamente lo último que nos quedaba, para no llevar peso innecesario.

La estancia en Dovrefjell me resultó distinta a lo que estoy acostumbrado, pues siguen sin llamarme la atención esos grandes espacios abiertos de vegetación amarronada y valles repletos de agua hasta el punto de convertirse en marismas. La sensación de humedad era un poco desagradable. Algo que me gustó fue la libertad que te da una tienda de campaña para pasar la noche a pesar de tener que cargar con ella. En esta ocasión llevamos una para cuatro personas, así­ que siendo dos estábamos sobrados de espacio.

Me quedo con ganas de conocer más parques de Noruega, dicen que Rondane está también muy bien, pero no sé… la alta montaña escandinava no me convence 🙂

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Dovrefjell: Snøheim – Snøhetta – Åmotdalshytta

Aprovechando la visita de Fermín a tierras noruegas por segunda vez, nos pusimos en marcha hacia uno de los parques naturales del país llamado Dovrefjell. La idea era subir a su montaña más alta (Snøhetta, 2286 msnm.) y perdernos un poco por la zona sin rumbo definido. Tomarí­amos como base para plantar la tienda los alrededores de una cabaña de la DNT llamada Åmotdalshytta. Siempre viene bien estar cerca de algún refugio decente por si el tiempo se pone más feo de la cuenta, estamos en Noruega y aunque es verano, siempre puede haber tormentas inesperadas.

Salimos desde Oslo en dirección a Hjerkinn un jueves por la tarde, llevándonos el viaje en total unas cinco horas. Lo bueno del verano es que siempre hay luz así­ que no tení­amos problemas en encontrar un sitio para plantar la tienda por muy tarde que fuese. Lo malo es que los mosquitos tampoco tienen horario y nos acribillaron mientras montábamos la tienda. Fue toda una aventura entrar en ella procurando que los mosquitos no se colasen dentro.

Después de una noche de sueño plácido nos levantamos para coger el autobús que llega hasta el refugio, todaví­a sin inaugurar, de Snøheim. No es posible transitar la zona porque es un antiguo lugar de pruebas del ejército noruego y lo están limpiando de restos de metralla y material explosivo. Divertido cuanto menos…

Vista de Snøhetta desde Snøheim

Hay diversas rutas que van hasta la cima principal de la montaña y nosotros optamos por la menos directa. Implicaba dar un pequeño rodeo, pero el desnivel no iba a ser tan pronunciado como por las otras y, ¡qué demonios!, no teníamos ninguna prisa. En la foto anterior se puede ver que subimos por todo el perfil de la loma de la derecha, poquito a poco.

Tuvimos que bordear un lago y atravesarlo por encima de un gran nevero que todaví­a lo cubrí­a por la desembocadura de uno de los muchos afluentes, pero no hubo más obstáculos hasta la cumbre. Solo un tramo bastante largo de rocas muy grandes que tení­as que ir saltando y se hací­a muy pesado.

La parte final antes de llegar a cima está cubierta de nieve, pero la temperatura era lo suficientemente buena como para que estuviese blanda y fuese fácil pisar sin resbalar.

Ultimos metros de la ascensión a Snøhetta

Durante los últimos momentos de ascensión ya se veí­a el monolito que suele estar en las cimas de muchas montañas (en España sirven como vértices geodésicos) pero no era nada más que una ilusión óptica.

Por más que andábamos no llegábamos nunca al dichoso monolito

Se hací­a extraño avanzar constantemente y no llegar nunca al destino, hasta que ya estando muy cerca, nos dimos cuenta del motivo.

Los dos monolitos de Snøheim

El de tamaño normal ahí­ estaba, empequeñecido al lado de su hermano mayor. Después de las fotos de rigor, resguardarnos del viento que hací­a y comer un poco, empezamos a bajar por la ladera norte de la montaáa, que estaba mucho más llena de nieve.

Foto de cima en Snøhetta

La cara Norte estaba mucho mas cargada de nieve y empinada que la Este

Unas polainas hubiesen venido muy bien para hacer esa bajada, porque la nieve se metí­a por todas partes y las botas se terminaron mojando, aunque mientras los pies estuviesen calientes no habí­a problema.

Después de la parte de nieve, tocaba otra vez roca

Y justo después pradera y arroyos

El valle donde se encuentra el refugio de Åmotdalshytta es bastante amplio, con un par de lagos que se nutren de los innumerables torrentes del deshielo de las cumbres cercanas y que en ocasiones más parece un pantano o un arrozal que alta montaña. Con un tiempo más que aceptable y unos caminos bien definidos, llegar a la cabaña fue coser y cantar.

Nuestra fuente particular con un cartel bien aclaratorio de lo que es agua

Distintos edificios que forman parte de Åmotdalshytta

Montamos la tienda a una distancia prudencial del refugio porque así­ lo indicaban distintos carteles aunque hubiese estado muy bien poder plantarla cerca de una de las casas y por lo tanto más protegida del viento. Pero en esta ocasión hubo tiempo para dejarla perfecta y ni el mayor huracán la habrí­a arrastrado. Bueno, exagero, pero es la impresión que daba.

La tienda con Snøhetta al fondo, y su cumbre nublada

Después de todo el dí­a caminando deberí­amos haber descansado, pero al siguiente tení­amos intención de hacer otra ruta y quisimos explorar un poco más. Un poco más abajo del track hay más información.

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Para explorar un poco el tramo final de la ruta del dí­a siguiente, nos aventuramos a intentar cruzar el rí­o en repetidas ocasiones. Habí­a señales indicando que el camino iba por allí­, pero al estar tan crecido era imposible hacerlo porque todas las piedras estaban cubiertas de agua. Quizás desde el otro lado fuese más fácil encontrar la ruta así­ que decidimos dejarlo todo en la mano del destino.

El tema al dí­a siguiente iba a estar movidito

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Ascensión al Monte Kenya VI (Conclusiones)

Si hay algo que por encima de todo formaba parte de los objetivos y conseguí con creces, fue notar el mal de altura y las sensaciones que provoca la falta de oxígeno a partir de cierta altitud. Me ha alegrado un montón haber sido capaz de notar paso a paso los cambios que se iban produciendo en mi cuerpo, desde el aire ligero entrando en mis pulmones, pasando por los pinchazos en la sien y el cansancio generalizado, hasta conocer mis límites justo antes de llegar al refugio austríaco.

Si haber hecho cumbre también fue uno de los objetivos conseguidos, más importante fue hacerlo sin aclimatar, pasando de estar al nivel del mar a 4985 msnm en unas 50 horas de diferencia, cuando se recomienda ascender aproximadamente mil metros al día si se pretende no tener problemas durante la ascensión.

La gente con la que estuve también fue todo un descubrimiento y el compañerismo que había fue una de las razones por las que casi todos conseguimos llegar más allá de nuestras posibilidades.

Espero repetir una aventura similar en el futuro, aunque con más calma y tranquilidad que en esta ocasión.

Ascensión al Monte Kenya IV (Refugio MCK – Refugio austríaco – Punta Lenana)

Y a las 2 de la mañana sonó el despertador. Esa noche no dormí apenas nada, únicamente una hora al principio. Luego me despertó un fuerte dolor de cabeza y entré en una especie de letargo en el que con los ojos abiertos cambiaba de posición cada cierto tiempo pero era incapaz de dormir. Hablando con el resto más tarde me dijeron que les pasó lo mismo a casi todos.

Llegaba el momento de la verdad. Los que estaban dispuestos a salir informaban que el cielo estaba despejado, había una luna espléndida y se veían bastantes estrellas. Yo, todavía dentro del saco, le pregunté al chico holandés qué iba a hacer. No veía el plan claro así que ni se lo planteaba, seguiría durmiendo hasta las 8 y bajaría con uno de los porteadores. Es cierto que después de no haber dormido nada y el cansancio acumulado del día anterior, me sentía bastante aliviado con su decisión, pero la cabra tira para el monte, todos sabéis eso. Mientras preparaban sus cosas, los otros tres componentes del grupo me preguntaron qué iba a hacer yo. Y se hizo la luz, me propusieron acortar su expedición un día para volver el lunes a Nairobi. Me decían que ya habían tenido bastante Monte Kenya tras el palizón de la jornada anterior y lo que se preveía para ese día. Agradecidísimo salí del saco, me puse la ropa que todavía no había secado, organicé la mochila, me cargué de barritas de cereales y la última tableta de Kvikk Lunsj, el snack de las rutas noruegas por excelencia, dispuesto a salir pitando hacia la cumbre. No desayunamos debidamente, lo cual fue un grave error, pero estuve comiendo barritas durante un buen trecho.


Empezando a caminar a las 2 de la madrugada

Con todo este ajetreo, nos pusimos en marcha alrededor de las 2:15 con más moral que fuerzas. Encendí el frontal durante un rato pero lo único que hacía era molestar, la luz de la luna era suficiente. No sé si por el hecho de estar recién levantados y haber pasado mala noche me notaba mucho más cansado que el día anterior. Sentía que el corazón iba aceleradísimo. Me habría gustado saber el número de pulsaciones por minuto exactas en ese momento, pero rondarían las 180 aunque íbamos tremendamente despacio. La primera parte de la ascensión transcurre por una pedrera que me recordaba bastante a la del Curavacas pero con una pendiente aun mayor. Veía como las fuerzas se me iban escapando muy poco a poco, sólo me preguntaba si no se me acabarían antes de llegar a la cima.

Unas nubes bastante feas aparecieron por detrás del Batian, la cumbre más alta y empezaron a cubrir todo en un visto y no visto. Yo notaba que algo iba mal, me estaba agotando después de unas dos horas de ascensión y quedaba todavía un buen trecho, quizás pensar en ello hacía que me agotase todavía más y más. El cielo ya estaba totalmente cubierto y muy oscuro. Apenas había claridad de la luna y, entre eso, la neblina que se estaba formando y que era de noche se tienen los motivos por los que no hay fotos de este tramo, apenas se veía nada.

Llegamos a la zona de nieve, en mi caso bastante exhausto, y caminar por allí teniendo que dar patada en la nieve para abrir huella fue la gota que colmó el vaso. La única chica que quedaba del grupo también empezó a tener serios problemas. Se paraba cada 100 metros para tomar aire y a mí me rompía bastante el ritmo.

El guía nos animaba, decía que había un refugio a una media hora andando al ritmo que íbamos y nos daba algo de esperanza saber que había un sitio caliente donde poder descansar un rato porque yo no me sentía con ánimos ni fuerzas de dar la vuelta. Hicimos una parada para descansar, beber y comer algo, recobrar fuerzas y abrigarnos porque cada vez hacía más frío. Fue ponernos en marcha y empezar a soplar el viento, un viento tremendamente frío y fuerte que la ropa no conseguía parar y se colaba hasta los huesos.

La marcha ya era totalmente penosa, la única opción era seguir avanzando porque con semejante tiempo no cabía la posibilidad de dar la vuelta. Los síntomas de mal de altura empezaron a volverse más y más fuertes. Ahora tenía un fuerte dolor de cabeza, ganas de vomitar y sentía, siendo sincero, que en cualquier momento me iba a ir por la pata abajo. Nunca antes había estado tan mal en montaña, tan al límite. De hecho una de las veces que paramos para retomar el aliento, apoyé la cabeza en el bastón y me debí quedar dormido durante unos 30 segundos. Cuando levanté la cabeza, las tres personas que iban delante mío ya estaban a cincuenta metros de mí. Seguí caminando.

Alguien le preguntó al guía cuánto quedaba hasta el refugio y contestó: “Cinco minutos”. Aquello nos ayudó a hacer el último esfuerzo para poder llegar al refugio austríaco.

Llegaríamos en torno a las 5:30, ateridos de frío y todavía de noche. Un grupo de tres amigos nos hizo un hueco en su habitación mientras desayunaban y nos prestaron sus sacos para taparnos y entrar en calor. Nos ofrecieron té y algo de comer pero yo lo rechacé porque notaba que si metía algo al estómago, automáticamente iba a devolver. La chica y uno de los chicos dijeron que para ellos se acabó el Monte Kenya por el momento, viven en Nairobi y pueden volver en cualquier otro momento. Jorge, el otro chico, se recuperó rapidísimo y ya con la idea de subir a la cumbre junto a nuestro guía, John. Éste nos dijo que la subida a la cumbre serí­an unos cincuenta minutos y luego veinte o treinta de bajada. Algo factible pero que me parecí­a una bestialidad en ese momento.

Tiritando de frí­o aun, fui capaz de beber  y comer algo. Me sentó muy bien pero seguí­a con el frí­o metido en el cuerpo. De nuevo me preguntaban qué iba a hacer, si me quedaba o subí­a con ellos. Hecho una bola dentro del saco que me prestaron les pedí­ diez minutos para descansar y ver cómo me encontraba. Pasado ese tiempo les dije con mucho pesar que no iba a poder ser, que lo habí­a pasado muy mal e iba a tardar en recuperarme.

Empezaron a reorganizar sus mochilas y ponerse más capas de ropa mientras yo les miraba con muchí­sima envidia. Jamás olvidaré ese momento en el que salí­ del saco y dije en voz alta: “Estoy zumbao”. Me puse toda la ropa que tení­a, me até las botas, bebí­ agua y me comí­ el Kvikk Lunsj que me quedaba.

Nos pusimos a caminar los tres entre la niebla y afortunadamente el viento habí­a desaparecido. Ahora me encontraba mucho mejor después de haber descansado debidamente. No sé qué habrí­a pasado si no hubiese estado ese refugio durante el camino. Lo que quedaba hasta la cima estaba bien pisado y salvo un par de pasos en los que habí­a que trepar, no era muy difí­cil.

Poco antes de llegar a la arista del pico vimos un claro en el cielo, parecí­a que estaba despejando. A lo mejor llegábamos a la cumbre y podí­amos ver algo. Así­ fue. La fortuna sonrió a los valientes.

Momento en que llegamos a la arista y vimos que al otro lado estaba despejando

Cuanto más cerca estábamos de la cumbre, más rápido avanzábamos y en mi caso empecé a sentir una sensación de euforia muy grande. ¡Lo í­bamos a conseguir después de todo lo que habí­amos sufrido!

Disfrutando de las vistas y del amanecer

Se nota que todo esto eran antiguos glaciares

Más vistas desde la cumbre

Gente disfrutando de las vistas después del esfuerzo

No éramos los primeros que llegaban a Punta Lenana ese dí­a ni los últimos, pero todos tuvimos la pequeña recompensa de que despejase bastante y pudiésemos maravillarnos de las vistas. La prueba de la cima va a continuación, nótese la cara de frí­o que llevaba.

Y aquí­ está, la prueba de la victoria

Las cumbres más altas del Monte Kenya, Batian y Nelion

Los últimos supervivientes de la expedición con nuestro guí­a John

Llegaba el momento de empezar a bajar aunque no quisiésemos. Y lo hicimos bien rápido. Llegamos al refugio donde nos esperaban nuestros amigos en aproximadamente veinte minutos, como predijo John.

Punta Lenana desde el refugio austrí­aco

El refugio austrí­aco, el que fuera nuestra salvación

Ahora sí­ que pudimos tener alguna que otra vista de por dónde subimos, aunque poco tiempo tuvimos porque bajamos muy rápido. Habí­a ganas de volver al refugio y descansar el resto del dí­a.

Primera zona de nieve en la que casi nos quedamos durante la subida

La bajada es mucho más fácil ¿eh?

La zona de pedrera que ahora bajé saltando

Una vista atrás donde se distinguen bien las dos zonas

El pequeño valle donde estaba nuestro refugio

Lo que queda de jornada lo pasamos metidos en el refugio descansando, aunque dimos algún que otro paseo por los alrededores. Lo que más nos ayudó a recuperarnos, fueron los noodles calentitos de siempre. Vaya cosa más sencilla y menudo manjar si se comen en el momento adecuado.

Hora de comer avena y noodles de los ricos para recuperar fuerzas

Nota: Las horas en el track están mal, se me olvidó cambiar el huso horario y marca dos horas menos de la realidad. El fallo se repite en todos los tracks de esta serie.

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Ascensión al Monte Kenya III (Estación Meteorológica – Refugio MCK)

Los comienzos de la ruta transcurren por una pista asfaltada, que se agradece a la subida por lo cómodo pero se maldice durante la bajada al ser el último tramo justo antes de llegar al coche. De todos modos no tarda mucho en desaparecer y convertirse en un camino estrecho que discurre por un bosque. El bosque es un tanto peculiar como puede verse en las fotos siguiente ya que los árboles son brezos pero de un tamaño descomunal y tienen una especie de líquenes colgando de sus ramas. Si le añadimos la neblina que había en ese momento, parecía que fuese a salir un gorila gigante o un orco de El Señor de los Anillos de entre las ramas para darnos un susto de muerte.

Primeros momentos de la ascensión por el bosque

Como estaba amenazando lluvia, usé una bolsa de basura para cubrir la mochila a falta de una funda en condiciones. La dichosa bolsa aguantó muy bien toda la excursión y tuvo un final bastante triste, sirvió para tirar la basura acumulada. Durante todo el recorrido por el bosque fui bastante precavido, con paso corto y respiración muy calmada. Mejor dicho, fui precavido durante toda la ruta. No sabía cómo me iba a afectar la falta de oxígeno a esta altitud y no quería dar problemas al resto.

El invento de funda que llevaba para la mochila

Poco a poco seguimos subiendo. Empezaba a notar una sensación extraña que no sabría describir muy bien. Era algo así como estar soñando, uno de esos sueños en los que te sientes pesado y avanzas muy lentamente. Poco a poco apareció un ligero dolor de cabeza. Ligero, pero constante y molesto. Todas las sensaciones empezaron a desaparecer cuando la lluvia llegó. Una lluvia fina que nos acompañó prácticamente hasta el final del día y que mojaba más nuestra moral que la ropa. Los guías y porteadores, gente lista y preparada, sacaron sus paraguas y siguieron como si nada.

Y empezó a llover a mares…

El grupo continuaba lentamente pero siempre hacia delante y los síntomas de mal de altura empezaban a ser bastante fuertes en alguna gente del grupo. Yo de momento iba bien, con paso corto y bebiendo agua cada poco tiempo parecía que el dolor de cabeza desaparecía a ratos. Entonces ya vimos que alguien del grupo no iba a poder seguir subiendo, los síntomas no mejoraban e incluso iban a peor. Al típico dolor de cabeza se sumaban las nauseas y los mareos, así que su única opción era bajar. Otras tres personas quisieron bajar con él para acompañarle. El problema es que estas cuatro personas eran las de mi grupo, el que iba a estar tres días y con los que iba a volver a Nairobi. Me convencieron para que me quedase y siguiese hacia la cumbre, eso sí, tendría que bajar al día siguiente con el chico holandés que iba a hacer cumbre y volver a la estación meteorológica en el mismo día si quería volver a la ciudad con ellos.

Por lo tanto nos separamos. Solo quedamos cinco, con uno de los guías y tres porteadores. Supongo que ver que ni siquiera habíamos llegado a los 4000 metros de altura y ya empezábamos a perder gente no vino demasiado bien para la moral. Pero seguimos.

Lo que quedaba del grupo después de separarse

La lluvia no paraba. Era como si alguien se hubiese olvidado de cerrar el grifo y aquello no tenía fin.

Hubo un momento entorno a los 3800 msnm que me paré y respiré hondo. Los pulmones se llenaban muy fácilmente pero ahí no había chicha, algo faltaba porque quería más y más. La falta de oxígeno en el aire se notaba en cada respiración y a cada paso que dabas. El corazón bombeaba a toda potencia a pesar de que la velocidad que llevábamos era muy lenta. El cansancio era extremo, pero simplemente seguías andando y andando, intentando abstraerte de todos esos inconvenientes y sobre todo, de la maldita lluvia.

El tiempo no iba precisamente a mejor

Harto de cargar con la mochila y de la lluvia constante

Lo malo de todo esto es que tampoco se veía un cambio en la subida, que era todo el rato exactamente igual. No había ningún tipo de llanura o espacio para el descanso. Todo era subir y subir sin saber dónde ibas a llegar. Algunos de los componentes del grupo ya empezaban a preguntar cuánto quedaba, como los niños pequeños a sus padres desde la parte trasera del coche. Y entonces las nubes del fondo se despejaron un poquito y pudimos ver la silueta de una de las cumbres del Monte Kenya. El refugio estaba justo en la base de esa montaña.

Momento en el que empezamos a ver la silueta del monte

Aunque pudiésemos ver nuestro destino, todavía quedaba una hora larga de caminata por el valle. Un valle bastante curioso por la vegetación y los pequeños damanes que estaban por todas partes. Hasta hace muy poco estos animalejos eran considerados como los parientes vivos más cercanos a los elefantes aunque no es del todo correcto. Amenizaron bastante el último tramo hasta llegar al refugio porque correteaban por todo el lugar y se paraban a observarnos atentamente.

El lugar estaba repleto de damanes

Derrengados. Esa es la palabra que mejor define cómo llegamos al refugio. Y calados hasta los huesos. Ni nos planteábamos lo que hacer al día siguiente. Si el primer día ya habíamos acabado así y estábamos a escasos 4300 msnm, ¿qué pasaría al siguiente? Preparamos una cena de campeones que sentó tremendamente bien. Los noodles calentitos después de la mojadura sabían mejor que un solomillo con patatas fritas.

El refugio del Mountain Club of Kenya donde íbamos a dormir

Durante toda la tarde estuvimos de relax, comentando el día y sufriendo bastante dolor de cabeza. Los afortunados que no tienen alergia al ibuprofeno  o las aspirinas empezaron a doparse para paliar el pinchazo constante en la sien. Mi única manera de que parase era bebiendo agua cada poco tiempo. Y cuando menos lo esperaba, volvía.

Justo antes de dormir, discutimos el plan del día siguiente. Nos despertaríamos a las 2 de la mañana para poder llegar a la cima en el momento del amanecer. De todos modos, si a las 2 llovía, abortaríamos la misión, continuaríamos durmiendo y a las 8 ó 9, de vuelta para abajo. Mi única alternativa era hacer lo mismo que el holandés si quería volver con el resto de gente que me esperaba en la base. Si él decidía no intentar encumbrar, tendría que conformarme con haber llegado hasta donde estaba y emprender el camino de regreso. Cuando apagamos la luz para dormir, el compañero estaba bastante seguro que al día siguiente iría directo a casa después de todas las penurias de esa jornada.

Nota: Las horas en el track están mal, se me olvidó cambiar el huso horario y marca dos horas menos de la realidad. El fallo se repite en todos los tracks de esta serie.

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