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El origen del avatar

Hace no mucho aumenté la calidad del avatar que suelo utilizar como imagen por defecto para redes sociales y otros sitios en los que piden imagen de perfil. Para ello tuve que rebuscar en el baúl de las fotos viejas y conseguir el original de alta calidad que estaba perdido en un disco duro. El resultado fue el siguiente:

Mi nuevo y flamante avatar de alta calidad

El proceso de generar la imagen de nuevo me hizo recordar el momento exacto en el que tomé la foto en la Collada del Agua, muy cerca del refugio de Cabrones. Lo hice colocando la cámara en automático encima de una piedra bastante entornada y por eso la imagen está ligeramente torcida. Los colores y sombras son los que allí había, era una puesta de sol digna de ver aunque llegásemos un poco tarde.

 

La foto original sin recortar

El mar de nubes, el pequeño pico de la montaña que sobresale por entre ellas, el afilado perfil de la cordillera más cercana y el sol ya tapado pero iluminando la zona es una de las imágenes más impresionantes de Picos que tengo guardadas en mi memoria.

Vista que se mostraba desde la collada

Viaje a China: Pingyao y Datong

La primera noche que pasamos en China, lo hicimos en el vagón de un tren nocturno, compartiendo literas con un montón de chinos en dirección a una remota provincia al sur de Mongolia llamada Shanxi. Mi última y única experiencia en un tren-cama había sido durante el viaje de Moscú a San Petersburgo y no fue nada placentera. Esta vez me sorprendió lo civilizados que son los chinos a la hora de dormir. No haber dormido apenas en el vuelo de ida y algún que otro síntoma de jet lag ayudaron a que esa noche durmiese del tirón y me levantase fresco como una lechuga.

El bautismo de fuego turístico en este país sería en Pingyao, una ciudad en la que el casco histórico está muy bien conservado y por ello tiene el título de Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Al salir de la estación nos pusimos a buscar las consignas para dejar las mochilas. Esfuerzo inútil ya que no había. En su lugar había una serie de pequeños locales que lo mismo te vendían comida, recuerdos o te guardaban el equipaje. Escogimos uno al azar y el dueño nos indicó para entrar dentro de la casa y dejar las maletas guardadas. En su habitación, encima de su cama. Con toda esta seguridad no pudimos evitar irnos un poco preocupados, pero no pasó nada 🙂

 

Calles de Pingyao desde la Torre del Mercado

Pasamos el día de paseo por la ciudad, recorriendo su muralla y disfrutando de sus viandas locales. Los chinos nos acosaban a todas partes para vendernos cosas y ahí fue donde empezamos a descubrir que los lugares turísticos en China suelen estar hasta arriba de chinos turistas.

Templo reconvertido a museo

La ciudad tiene muchísimos museos, casi todos ellos dentro de antiguos templos budistas reconvertidos, pero hay que estar mucho más empapado de la cultura china de lo que nosotros estábamos porque sino al final te acabas aburriendo de ver siempre cosas que te parecen exactamente iguales.

Una de las puertas de entrada de la muralla

Nos tomamos la jornada con calma y paseamos hasta que anocheció, momento en el que volvimos a la estación de tren para recoger nuestras maletas y volver a compartir la noche con los chinos. Siguiente destino: Datong.

Esta ciudad en cambio no tiene nada que merezca la pena en sí, pero sí sus alrededores. Como llegamos muy pronto (las 4 de la mañana es pronto) nos fuimos a la recepción de un hotel cerca de la estación para descansar un rato hasta que fuese una hora más decente y pudiésemos encontrar un guía que nos llevase a las grutas de Yungang y al templo colgante de Hengshan.

No hizo falta salir a buscar al guía, a eso de las 5 de la mañana apareció Mister Wang que con un más que decente inglés nos ofreció sus servicios, convenció a la recepcionista del hotel para que nos guardase las mochilas y nos llevó a su barrio a desayunar. Con la tripa llena nos pusimos en marcha hacia el sur durante unas dos horas. Yo no pude evitar quedarme frito en el asiento del copiloto confiando en la pericia al volante de nuestro nuevo amigo. Un par de veces que abrí los ojos vi medio en sueños cómo adelantaba camiones mientras tocaba el cláxon por carreteras de montaña estrechísimas. Llegamos sanos y salvos al lugar y fuimos los primeros.

Templo con salida de agua de una presa

Vista completa del templo en la pared

El templo estaba completamente vacío

Vista lejana de la construcción

La mayor ventaja de haber madrugado tanto y llegar a primera hora fue que pudimos disfrutar del templo sin absolutamente nadie molestando. Paseamos por todo él sin un solo alma que molestase para las fotos o simplemente asomarse a las distintas estancias con estatuas de budas y otras deidades.

Visto todo, pusimos rumbo a las grutas de Yungang. Nos esperaba otro rato largo en coche, deshacer lo ya hecho y luego un poco más, por lo que fue inevitable echarse otro sueñecito más. Creo que era una especie de defensa mental para evitar ver cómo conducía Mr. Wang. Al pasar cerca de Datong, lo hicimos cerca de una estación de generación eléctrica a base de carbón y aquello parecía un mundo futurista postapocalíptico. Según nos contaba el guía, esa estación proporcionaba energía a prácticamente toda la región de Shanxi y además a Beijing, con lo que os podéis hacer una idea de su tamaño. Se había elegido ese lugar porque así Beijing no tenía que preocuparse por la contaminación que producía, ya lo hace la gente de Datong.

En esta ocasión no pudimos evitar la marabunta de chinos turistas que poblaba el lugar, pero el recinto era lo suficientemente grande como para no sentirse agobiado. De todos modos en la zona de las cuevas se apelotonaba la gente para poder entrar a ver los gigantescos budas tallados en la piedra.

Entrada al recinto

Pagoda en templo rodeado de agua

Parte inicial de las grutas

Había grutas de todos los tamaños y formas

Este era el Buda tallado más grande del complejo

Estuvimos alrededor de 2 horas caminando por el lugar tranquilamente y evitando que el sol nos achicharrase bajo la sombra de los pocos árboles que allí había. Si algo destaca en toda la zona de Shanxi es que podría ser parte oficial de la estepa mongola. Prácticamente todo es desértico y no hay apenas vegetación ni agua. Es un paisaje un poco deprimente pero tiene su encanto.

Por la tarde estuvimos en Datong, conociendo la ciudad y disfrutando de sus manjares. Lo de los manjares es un decir porque como llegamos bastante tarde, casi todos los sitios para comer estaban cerrados y tuvimos que meternos en el lugar más cutre del mundo para comer unos míseros noodles, pero nos trataron muy bien.

La ciudad de Datong me queda en el recuerdo como un esfuerzo rabioso de intentar igualar a Pingyao en cuanto a arquitectura tradicional china. Como no tenían ni casco antiguo ni muralla porque fueron destruidos durante la Revolución Cultural, han decidido reconstruirlo todo de nuevo.

Esta plaza es totalmente nueva, pero impresiona

Pagoda del templo que ocupa la parte central del caso antiguo

La muralla de Datong, todavía a medio construir

A pesar de ser todo un poco artificial, es una buena manera de saber cómo podía estar todo en su época dorada, pero la vista de los andamios en muchos de los edificios, afeaba la visión de todo. Después de todo el día caminando sin parar, estábamos deseando ir a nuestro querido tren, para descansar como es debido.

Oslo Maraton 2011 (Carrera)

¡Yepa! Esto va una semanita tarde pero estaba esperando a la inspiración y a tener todo el material disponible porque no quería estar goteando datos constantemente. Lo primero de todo: ¡terminé! Hice un tiempo de 3:44:46, lo cual son 23 minutos menos que el año pasado, pero 24 más de los que tenía pensado hacer éste. Hay que recordar que mi objetivo eran 3 horas y 20 minutos. Y eso deja con un sabor agridulce bastante extraño.

Veamos si alguien me encuentra entre toda esta gente…

Empecé en la segunda oleada y no pude acercarme a las liebres de 3:30 o 3:45 antes del pistoletazo de salida por la cantidad de gente que había. Los primeros  6-7 kilómetros estuve yendo a un ritmo un poco inferior del de carrera y adelantando a muchísima gente por haber salido tan atrás. En el primero puesto de avituallamiento hubo un poco de caos por el cuello de botella que se formaba, pero seguí adelantando gente. Me encontraba muy bien e iba dentro de los tiempos planeados.

Llegué a la distancia de media maratón muy bien, fresco como una lechuga y con ganas de seguir. Sabía que esta vez el “muro” iba a llegar en todo su esplendor y estaba algo pendiente de ello. Aproximadamente en el kilómetro 28 bajé un poco el ritmo para que no fuese demasiado fuerte, pero creo que eso daba igual. Aun así me encontraba posicionado entre las liebres de 3:15 y 3:30 (más cerca de la segunda que de la primera) con lo que todo iba segun lo previsto.

Esta foto es del km 31, en el que todavía me encontraba muy bien

Fue en el kilómetro 33 donde noté una falta de fuerzas total y un montón de pensamientos negativos que me inundaban. Estaba sintiendo el famoso “muro” y aunque es mi segunda maratón, la sensación era nueva. Sabía que en este momento tienes que tirar de motivación y ser positivo porque el cuerpo hace todo lo contrario para que pares y dejes de torturarlo. Sabía lo que hacer, pero no podía ser positivo. De todos modos seguí corriendo aunque el ritmo iba siendo cada vez más lento como puede verse en la siguiente tabla y en la gráfica.

PuntoTiempomin/kmkm/hTiempo vueltamin/kmkm/h
5 km0:24:494:5812.090:24:494:5812.09
14 km1:09:114:5712.140:44:234:5612.17
18 km1:29:224:5812.090:20:115:0311.89
19,5 km1:36:394:5812.110:07:174:5212.37
26,1 km2:11:115:0211.940:34:335:1411.47
35,1 km3:01:275:1111.610:50:165:3610.74
39,1 km3:25:065:1511.440:23:405:5510.15
40,6 km3:34:125:1711.360:09:076:159.62
42,195 km3:44:465:2011.260:10:346:289.29

 

Hacer click para ver la gráfica más grande

La distancia hasta el último punto de avituallamiento en el kilómetro 39 se me hizo eterna y esos dos últimos kilómetros hasta la meta fueron un sufrimiento continuo. Sé que era más bien psicológico porque aunque a ratos me daban calambres en una de las piernas, otras veces conseguía sobreponerme y recuperar mi ritmo de carrera normal. Los dos últimos kilómetros sí que fueron horribles. Daban ganas de parar y terminar la carrera andando, pero con el apoyo de algún otro corredor y un último esfuerzo llegué a la meta.

En la llegada a la meta intenté llegar lo más digno posible

Terminé feliz, pero no tanto como el año anterior porque mi objetivo había quedado bastante lejos a pesar de bajar tanto la marca. Estaba seguro que lo podía haber hecho aun mejor. Es curioso porque lo primero que dije a mis amigos al acabar fue “no dejéis que me apunte el año que viene” y al día siguiente ya tenía ganas de volver a correr.

Comprobando si la medalla era de metal

Es curioso porque siempre sale alguien arrastrándose en las fotos de meta

El sufrimiento personificado

Tardé mi buena media hora en ser capaz de calmar las pulsaciones que llevaba aceleradísimas, me costó muchísimo sentarme en el césped para estirar y más aún volver a levantarme. Pero después de ese espacio de tiempo en el que estaba completamente vulnerable me encontré mucho mejor e incluso hasta tuve hambre. Me comí dos plátanos y bebí un montón de líquidos. ¡Hasta me animé a ir andando a casa! Y eso que es una media hora aproximadamente.

La recuperación fue genial. El segundo día ya fuí a dar un pequeño paseo corriendo para quitar las pocas agujetas que me quedaban y al día siguiente desaparecieron. Sin duda lo mejor de haber entrenado tanto es que la recuperación ha sido muy rápida.

Ahora que ya está hecho, pretendo no volver a competir en maratones, pero es difícil de decir. A veces me levanto con serias dudas sobre por qué no hacerlo. El único motivo que tengo es que consume muchísmo tiempo y esfuerzo. La recompensa merece la pena, pero… ¿tanto? Ya se verá.

Ruta: Sørvågen – Djupfjordheia – Merraflestinden

Durante el viaje por las islas Lofoten, planeamos hacer alguna ruta si el día se levantaba despejado. Aunque eso de establecer diferencia entre el día y la noche en un lugar así es un poco extraño. Encontré una ruta que prometía bastante casi al final de las islas y siempre nos quedaba la opción de ir hasta el refugio Munkebu, un lugar desde el que hacer noche para descubrir aún más toda la zona interior de la isla de Moskenesøya. Así­ que armados con mi GPS y un track que encontré por ahí­, pusimos rumbo a nuestro primer objetivo, una elevación llamada Djupfjordheia.

Salimos del pueblo de Sørvågen por un camino no muy complicado que poco a poco iba ascendiendo y dejándonos apreciar unas vistas cada vez más increí­bles. La ruta asciende por el lateral de tres lagos a distintas alturas. Son el Stuvdalsvannet, Tridalsvannet y Fjerddalsvannet.

Vista del segundo lago, el Tridalsvannet

Una vez en nuestro primer objetivo, el Djupfjordheia, ya empezamos a admirar las vistas y lamentar que estuviese un poco nublado. Aprovechamos para comer y sacar unas cuantas fotos. No fuimos los únicos que pasaron por allí­.

Nuestro siguiente objetivo, el Merraflestinden, a la derecha

Gente desfilando hacia el refugio Munkebu

Quedaba nieve a escasos 500 msnm a principios de julio

Casi todo el mundo iba en dirección a Munkebu, pero nosotros decidimos ir en otra dirección, hasta el Merraflestinden, desde donde supusimos que habrí­a mejores vistas. Y así­ fue.

El pueblo de Sørvågen y las pequeñas islas al final de las Lofoten

En la cima del Merraflestinden con Djupfjorden y su puente

Esta es prácticamente igual a una foto anterior, pero conmigo, así­ que el paisaje gana 😀

Vista de tierra firme al fondo. Vaya montañitas que hay al lado del mar…

Sørvågen de nuevo, con el ferry que va a Bodø saliendo de puerto

Esta es para demostrar el pedazo de zoom de la cámara

Con las mismas nos fuimos por donde vinimos, no quisimos arriesgarnos a investigar nuevos caminos porque tení­amos un lisiado con nosotros y no era cuestión de forzar la máquina.

Descargar track

Viaje a las Islas Lofoten

Uno de los últimos rincones de Noruega que me quedaba por ver era éste. Un pequeño paraíso en forma de archipiélago muy cercano a la costa en la parte norte del país. Sus principales características son la tranquilidad, las pequeñas islas, las grandes elevaciones de roca, el sol de medianoche, los bacalaos secados al sol, los pueblecitos pesqueros, las playas de arena blanca y fina. Vamos, un pequeño paraíso.

Estuvimos en el archipiélago unos cuatro días, donde alquilamos un coche y nos movimos como quisimos. El punto de partida fue el aeropuerto de Evenes, compartido por las ciudades de Harstad y Narvik.

Puerto de Svolvær, la capital de las Lofoten

Restaurante en el centro de Svolvær

Aunque el nombre pueda parecer familiar, no se refiere al pescado en sí­, sino que ese nombre se le da a una manera de cocinar el bacalao. Sí­, es raro.

Una de las escalas del crucero Hurtigruten

Este crucero es uno de los muchos que recorren la costa noruega haciendo escala en varios puertos por el camino. Se trata del Hurtigruten y es muy famoso en verano. Aunque hicimos una noche en Kabelvåg, el primer dí­a solo visitamos la capital y poco más, hací­a bastante mal tiempo y no habí­a muchas ganas de pasar frí­o.

Puerto de Henningsvær, un pequeño pueblecito de pescadores

Si no pudimos dar muchos paseos al aire libre por el tiempo tan malo, aprovechamos para visitar pueblos de los alrededores y deambular con el coche por carreteras desconocidas. Así­ fue más o menos como acabamos en Henningsvær. A la vuelta vimos una playa de arena blanca en una cala muy bonita, lástima que hiciese tanto frí­o…

Esta es la playa en cuestión

Pero claro, como no podí­a ser de otra manera, y a pesar del mal tiempo… el bañito cayó.

Saliendo del agua deprisa y corriendo

Fuí­ incapaz de estar en el agua quieto y sumergido completamente más de un segundo. No pude parar de correr ni al entrar ni al salir. Al llegar a la arena me dolí­an las piernas un horror del frí­o y se me quitaron las ganas de más baños. Eso sí­, me arrepentí­ de no haberme bañado el año pasado cuando estuve en Svalbard. Hubiese estado bien poder contar que me bañé en el Ártico. Si por casualidad vuelvo allá­ como es mi intención, lo haré.

Otro de los sitios que visitamos en esos dí­as fue el museo vikingo de las Lofoten. No tiene ni punto de comparación con el que hay en Oslo. De acuerdo que el de Oslo tiene los restos de barcos vikingos mejor conservados del mundo, pero en Lofotr hay reconstrucciones de viviendas y barcos vikingos con los que puedes hacerte una idea mejor de cómo vivían.

Una reconstrucción de barco vikingo en el fiordo

Tirando unas flechitas, vaya estilazo

Remando en el barco vikingo, lástima que estuviese amarrado

Mientras nos í­bamos moviendo hacia la isla más alejada de tierra firme, el tiempo fue mejorando poco a poco y todo parecí­a tener más color.

Uno de los múltiples lugares en los que se cuelga el bacalao al sol

Estos bacalaos son muy tí­picos de esta zona de Noruega. Se venden como snack ya que están secos, pero a mí­ no me hicieron nada de gracia. Aparte de que ver cómo se secaban al sol mientras montones de moscas revoloteaban a su alrededor no contribuyó a que me gustasen.

Por fin llegamos al lugar más bonito de todas las islas, un pequeño archipiélago rodeado de montañas. Allá­ pasamos dos noches en la isla de Hamnøya.

Haciendo posturitas como siempre

Esta es la isla de Hamnøya y la casa blanca grande de la derecha es en la que dormimos

Aquí­ estuvimos de relax aunque pudimos hacer de todo: ver un partido del Mundial de la selección española, ir de ruta y tratar de ver el sol de medianoche.

Cuando digo que era el paraí­so, es que realmente lo era

En cuanto al sol de medianoche, intentamos verlo en dos ocasiones. Siempre que í­bamos hacia el norte, donde podí­a verse más fácilmente, habí­a niebla que no dejaba ver absolutamente nada. Al segundo intento también nos encontramos niebla por el camino.

Yendo hacia el norte para ver el sol de medianoche

Y como siempre, se consiguió el objetivo. Después de pasar mucho frí­o y desvariar en cantidades industriales como viene siendo habitual, pudimos ver cómo el sol no llegaba a ponerse en el horizonte.

La foto de la victoria

Puede que éste sea el tercer mejor sitio de Noruega que he visitado, pero cada lugar es tan distinto dependiendo de la gente con la que viajas… que es difí­cil decidirse. Sobre todo cuando hay tantas historias, anécdotas, buena gente, cervezas, rayas y ovejas.