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Dovrefjell: Vuelta Grytholtjønnin

El sábado, con la tienda ya colocada y sin tener que cargar muchas de las cosas que llevábamos, nos dedicamos a dar una vuelta por los alrededores de la cabaña. Con la intención de subir a los picos que estaban justo al norte del lago donde estábamos emplazados, tomamos el camino en dirección a Grøvudalshytta que discurre por la orilla del mencionado lago.

Disfrutando del paseo mañanero

Una vez llegados al comienzo del lago tení­amos que atravesar el rí­o que lo alimentaba y así­ lo hicimos sin excesivo problema. Pero llegados a ese punto ya no habí­a camino a seguir. Tocaba improvisar y subir hasta la cima sin mucha idea de por dónde hacerlo. Afortunadamente la forma redondeada del pico ayudó a encontrar la ví­a más lógica.

No parece que este pico ni el siguiente tengan nombre conocido, al menos no aparece en los distintos mapas que he consultado, pero deberí­an porque las vistas eran muy bonitas.

Foto de cumbre con Snøhetta al fondo cubierto por una nube

En la parte más alejada del lago se encontraba nuestra tienda de campaña

En la foto anterior puede verse parte del recorrido que hicimos. Vinimos caminando por la otra orilla del lago hasta encontrar un paso por el rí­o que desembocaba en él. Hubo que caminar durante un buen trecho.

La zona interior de Dovrefjell estaba mucho más cargada de nieve

Caminamos por toda la cresta hasta llegar a otro pico más bajito con un viento bastante fuerte. Teníamos ganas de llegar a la otra cara porque pintaba que iba a hacer mucho menos frí­o. Otra vez tuvimos que bajar por una zona de piedras grandes e incómodas que conseguimos evitar en varias ocasiones, cruzando por algunos neveros bastante amplios. A continuación solo hay que llanear hasta encontrar el camino que va desde Loennechenbua hasta Åmotdalshytta y que cruza nuestro lago justo por la parte más baja en la que se convierte en un rí­o fácilmente vadeable. O eso es lo que decí­a la descripción del camino. Al llegar a dicho punto, las marcas rojas de la DNT mostraban el camino perfectamente, pero al estar el rí­o un poco crecido, las piedras sobre las que tení­as que ir saltando para cruzar estaban todas cubiertas por agua.

Este era el aspecto del rí­o que tení­amos que cruzar

No nos quedaba otra opción que cruzar el rí­o porque dar la vuelta por donde habí­amos venido implicaba otras cuatro horas de ruta y después de haberlo intentado en repetidas veces llegamos a la única conclusión posible: habí­a que mojarse.

Hubo dos tramos bastante diferenciados. En el primero tuvimos que quitarnos las botas y el pantalón y cruzar en calzoncillos con todo lo que no querí­amos que se mojase dentro de la mochila. El agua cubrí­a hasta un poco más arriba de la rodilla y las piedras sobre las que caminábamos rascaban como demonios. Tuvimos sesión exfoliante de pies gratuita. Tampoco es que doliese mucho porque el agua congelada del deshielo terminaba por adormecerte los pies, lo que nos forzaba a descansar sobre las pocas piedras que sobresalían por encima del cauce para entrar en calor de nuevo. Esta fue la parte más ridí­cula del vadeo.

En la segunda parte ya pudimos ponernos los pantalones y tener algún que otro descanso sobre musgo mullido.

De la primera parte ridí­cula no hay fotos 🙂

Después de cruzar el rí­o quedaban escasos doscientos metros hasta nuestra tienda de campaña, en la que disfrutamos de una merecida comida y una aún más merecida siesta mientras fuera lloví­a a mares.

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Dovrefjell: Snøheim – Snøhetta – Åmotdalshytta

Aprovechando la visita de Fermín a tierras noruegas por segunda vez, nos pusimos en marcha hacia uno de los parques naturales del país llamado Dovrefjell. La idea era subir a su montaña más alta (Snøhetta, 2286 msnm.) y perdernos un poco por la zona sin rumbo definido. Tomarí­amos como base para plantar la tienda los alrededores de una cabaña de la DNT llamada Åmotdalshytta. Siempre viene bien estar cerca de algún refugio decente por si el tiempo se pone más feo de la cuenta, estamos en Noruega y aunque es verano, siempre puede haber tormentas inesperadas.

Salimos desde Oslo en dirección a Hjerkinn un jueves por la tarde, llevándonos el viaje en total unas cinco horas. Lo bueno del verano es que siempre hay luz así­ que no tení­amos problemas en encontrar un sitio para plantar la tienda por muy tarde que fuese. Lo malo es que los mosquitos tampoco tienen horario y nos acribillaron mientras montábamos la tienda. Fue toda una aventura entrar en ella procurando que los mosquitos no se colasen dentro.

Después de una noche de sueño plácido nos levantamos para coger el autobús que llega hasta el refugio, todaví­a sin inaugurar, de Snøheim. No es posible transitar la zona porque es un antiguo lugar de pruebas del ejército noruego y lo están limpiando de restos de metralla y material explosivo. Divertido cuanto menos…

Vista de Snøhetta desde Snøheim

Hay diversas rutas que van hasta la cima principal de la montaña y nosotros optamos por la menos directa. Implicaba dar un pequeño rodeo, pero el desnivel no iba a ser tan pronunciado como por las otras y, ¡qué demonios!, no teníamos ninguna prisa. En la foto anterior se puede ver que subimos por todo el perfil de la loma de la derecha, poquito a poco.

Tuvimos que bordear un lago y atravesarlo por encima de un gran nevero que todaví­a lo cubrí­a por la desembocadura de uno de los muchos afluentes, pero no hubo más obstáculos hasta la cumbre. Solo un tramo bastante largo de rocas muy grandes que tení­as que ir saltando y se hací­a muy pesado.

La parte final antes de llegar a cima está cubierta de nieve, pero la temperatura era lo suficientemente buena como para que estuviese blanda y fuese fácil pisar sin resbalar.

Ultimos metros de la ascensión a Snøhetta

Durante los últimos momentos de ascensión ya se veí­a el monolito que suele estar en las cimas de muchas montañas (en España sirven como vértices geodésicos) pero no era nada más que una ilusión óptica.

Por más que andábamos no llegábamos nunca al dichoso monolito

Se hací­a extraño avanzar constantemente y no llegar nunca al destino, hasta que ya estando muy cerca, nos dimos cuenta del motivo.

Los dos monolitos de Snøheim

El de tamaño normal ahí­ estaba, empequeñecido al lado de su hermano mayor. Después de las fotos de rigor, resguardarnos del viento que hací­a y comer un poco, empezamos a bajar por la ladera norte de la montaáa, que estaba mucho más llena de nieve.

Foto de cima en Snøhetta

La cara Norte estaba mucho mas cargada de nieve y empinada que la Este

Unas polainas hubiesen venido muy bien para hacer esa bajada, porque la nieve se metí­a por todas partes y las botas se terminaron mojando, aunque mientras los pies estuviesen calientes no habí­a problema.

Después de la parte de nieve, tocaba otra vez roca

Y justo después pradera y arroyos

El valle donde se encuentra el refugio de Åmotdalshytta es bastante amplio, con un par de lagos que se nutren de los innumerables torrentes del deshielo de las cumbres cercanas y que en ocasiones más parece un pantano o un arrozal que alta montaña. Con un tiempo más que aceptable y unos caminos bien definidos, llegar a la cabaña fue coser y cantar.

Nuestra fuente particular con un cartel bien aclaratorio de lo que es agua

Distintos edificios que forman parte de Åmotdalshytta

Montamos la tienda a una distancia prudencial del refugio porque así­ lo indicaban distintos carteles aunque hubiese estado muy bien poder plantarla cerca de una de las casas y por lo tanto más protegida del viento. Pero en esta ocasión hubo tiempo para dejarla perfecta y ni el mayor huracán la habrí­a arrastrado. Bueno, exagero, pero es la impresión que daba.

La tienda con Snøhetta al fondo, y su cumbre nublada

Después de todo el dí­a caminando deberí­amos haber descansado, pero al siguiente tení­amos intención de hacer otra ruta y quisimos explorar un poco más. Un poco más abajo del track hay más información.

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Para explorar un poco el tramo final de la ruta del dí­a siguiente, nos aventuramos a intentar cruzar el rí­o en repetidas ocasiones. Habí­a señales indicando que el camino iba por allí­, pero al estar tan crecido era imposible hacerlo porque todas las piedras estaban cubiertas de agua. Quizás desde el otro lado fuese más fácil encontrar la ruta así­ que decidimos dejarlo todo en la mano del destino.

El tema al dí­a siguiente iba a estar movidito

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Ascensión al Monte Kenya III (Estación Meteorológica – Refugio MCK)

Los comienzos de la ruta transcurren por una pista asfaltada, que se agradece a la subida por lo cómodo pero se maldice durante la bajada al ser el último tramo justo antes de llegar al coche. De todos modos no tarda mucho en desaparecer y convertirse en un camino estrecho que discurre por un bosque. El bosque es un tanto peculiar como puede verse en las fotos siguiente ya que los árboles son brezos pero de un tamaño descomunal y tienen una especie de líquenes colgando de sus ramas. Si le añadimos la neblina que había en ese momento, parecía que fuese a salir un gorila gigante o un orco de El Señor de los Anillos de entre las ramas para darnos un susto de muerte.

Primeros momentos de la ascensión por el bosque

Como estaba amenazando lluvia, usé una bolsa de basura para cubrir la mochila a falta de una funda en condiciones. La dichosa bolsa aguantó muy bien toda la excursión y tuvo un final bastante triste, sirvió para tirar la basura acumulada. Durante todo el recorrido por el bosque fui bastante precavido, con paso corto y respiración muy calmada. Mejor dicho, fui precavido durante toda la ruta. No sabía cómo me iba a afectar la falta de oxígeno a esta altitud y no quería dar problemas al resto.

El invento de funda que llevaba para la mochila

Poco a poco seguimos subiendo. Empezaba a notar una sensación extraña que no sabría describir muy bien. Era algo así como estar soñando, uno de esos sueños en los que te sientes pesado y avanzas muy lentamente. Poco a poco apareció un ligero dolor de cabeza. Ligero, pero constante y molesto. Todas las sensaciones empezaron a desaparecer cuando la lluvia llegó. Una lluvia fina que nos acompañó prácticamente hasta el final del día y que mojaba más nuestra moral que la ropa. Los guías y porteadores, gente lista y preparada, sacaron sus paraguas y siguieron como si nada.

Y empezó a llover a mares…

El grupo continuaba lentamente pero siempre hacia delante y los síntomas de mal de altura empezaban a ser bastante fuertes en alguna gente del grupo. Yo de momento iba bien, con paso corto y bebiendo agua cada poco tiempo parecía que el dolor de cabeza desaparecía a ratos. Entonces ya vimos que alguien del grupo no iba a poder seguir subiendo, los síntomas no mejoraban e incluso iban a peor. Al típico dolor de cabeza se sumaban las nauseas y los mareos, así que su única opción era bajar. Otras tres personas quisieron bajar con él para acompañarle. El problema es que estas cuatro personas eran las de mi grupo, el que iba a estar tres días y con los que iba a volver a Nairobi. Me convencieron para que me quedase y siguiese hacia la cumbre, eso sí, tendría que bajar al día siguiente con el chico holandés que iba a hacer cumbre y volver a la estación meteorológica en el mismo día si quería volver a la ciudad con ellos.

Por lo tanto nos separamos. Solo quedamos cinco, con uno de los guías y tres porteadores. Supongo que ver que ni siquiera habíamos llegado a los 4000 metros de altura y ya empezábamos a perder gente no vino demasiado bien para la moral. Pero seguimos.

Lo que quedaba del grupo después de separarse

La lluvia no paraba. Era como si alguien se hubiese olvidado de cerrar el grifo y aquello no tenía fin.

Hubo un momento entorno a los 3800 msnm que me paré y respiré hondo. Los pulmones se llenaban muy fácilmente pero ahí no había chicha, algo faltaba porque quería más y más. La falta de oxígeno en el aire se notaba en cada respiración y a cada paso que dabas. El corazón bombeaba a toda potencia a pesar de que la velocidad que llevábamos era muy lenta. El cansancio era extremo, pero simplemente seguías andando y andando, intentando abstraerte de todos esos inconvenientes y sobre todo, de la maldita lluvia.

El tiempo no iba precisamente a mejor

Harto de cargar con la mochila y de la lluvia constante

Lo malo de todo esto es que tampoco se veía un cambio en la subida, que era todo el rato exactamente igual. No había ningún tipo de llanura o espacio para el descanso. Todo era subir y subir sin saber dónde ibas a llegar. Algunos de los componentes del grupo ya empezaban a preguntar cuánto quedaba, como los niños pequeños a sus padres desde la parte trasera del coche. Y entonces las nubes del fondo se despejaron un poquito y pudimos ver la silueta de una de las cumbres del Monte Kenya. El refugio estaba justo en la base de esa montaña.

Momento en el que empezamos a ver la silueta del monte

Aunque pudiésemos ver nuestro destino, todavía quedaba una hora larga de caminata por el valle. Un valle bastante curioso por la vegetación y los pequeños damanes que estaban por todas partes. Hasta hace muy poco estos animalejos eran considerados como los parientes vivos más cercanos a los elefantes aunque no es del todo correcto. Amenizaron bastante el último tramo hasta llegar al refugio porque correteaban por todo el lugar y se paraban a observarnos atentamente.

El lugar estaba repleto de damanes

Derrengados. Esa es la palabra que mejor define cómo llegamos al refugio. Y calados hasta los huesos. Ni nos planteábamos lo que hacer al día siguiente. Si el primer día ya habíamos acabado así y estábamos a escasos 4300 msnm, ¿qué pasaría al siguiente? Preparamos una cena de campeones que sentó tremendamente bien. Los noodles calentitos después de la mojadura sabían mejor que un solomillo con patatas fritas.

El refugio del Mountain Club of Kenya donde íbamos a dormir

Durante toda la tarde estuvimos de relax, comentando el día y sufriendo bastante dolor de cabeza. Los afortunados que no tienen alergia al ibuprofeno  o las aspirinas empezaron a doparse para paliar el pinchazo constante en la sien. Mi única manera de que parase era bebiendo agua cada poco tiempo. Y cuando menos lo esperaba, volvía.

Justo antes de dormir, discutimos el plan del día siguiente. Nos despertaríamos a las 2 de la mañana para poder llegar a la cima en el momento del amanecer. De todos modos, si a las 2 llovía, abortaríamos la misión, continuaríamos durmiendo y a las 8 ó 9, de vuelta para abajo. Mi única alternativa era hacer lo mismo que el holandés si quería volver con el resto de gente que me esperaba en la base. Si él decidía no intentar encumbrar, tendría que conformarme con haber llegado hasta donde estaba y emprender el camino de regreso. Cuando apagamos la luz para dormir, el compañero estaba bastante seguro que al día siguiente iría directo a casa después de todas las penurias de esa jornada.

Nota: Las horas en el track están mal, se me olvidó cambiar el huso horario y marca dos horas menos de la realidad. El fallo se repite en todos los tracks de esta serie.

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Ruta esquí: Stig – Linderudkollen – Lilloseter – Ammerud

En esta ocasión, después de haber ido un par de días antes por la misma zona, decidimos ir a Lillomarka, una zona al noreste de Oslo que está mucho menos masificada. Ya estuve hace tiempo por allí, pero me echa un poco para atrás porque en lugar de ir en metro hay que coger un par de autobuses. Supongo que empiece a aventurarme más por ahí aunque la desventaja es la cantidad de desniveles que hay. Hay muchas bajadas largas y ligeras, pero también subidas del mismo tipo, con lo que a veces se hace muy pesado y hay una sensación constante de que solo se está subiendo.

Nos aventuramos por distintas zonas, algunas con más dificultad que otras. Como cuando fuimos por un camino sin guías y muy estrecho entre árboles. El tiempo fue de lo mejorcito como puede verse en las fotos.

Es una pena que no llevase mi cámara y las fotos que hice sean de tan mala calidad porque las hice con el móvil, pero menos da una piedra.


La cabaña de Lilloseter

Vistas desde Lilloseter

El invierno que viene espero poder ir más por los alrededores y atreverme a ir un poco más hacia el interior del bosque.

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Ruta en bici: Uelands gate – Holmenkollen – Ullevålseter – Sognsvann

Et voilà! Este fue el estreno de mi bici nueva, una rutita por lugares desconocidos de los alrededores de Oslo, enlazando con un clásico como es el tridente FrognerseterenUllevålseterSognsvann. Estuvo muy bien el descubrir nuevas callejuelas de los barrios residenciales de Oslo, aunque implicase darnos una pequeña paliza extra.

A los pies del salto de Holmenkollen

En Frognerseteren, había una cantidad increíble de turistas y allí nos cayó el primer chaparrón del día. La verdad es que fue un día extraño, con lluvias esporádicas y sol intermitente.

Turistas desembarcando en Frognerseteren

Descansito en Ullevålseter

Toda la vuelta hasta casa era bajada a partir de ahí, así que lo disfrutamos como enanos. Lástima que la lluvia hiciese que llegásemos a casa un poco más marrones de lo normal 🙂

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Ruta esquí: Skansebakken – Finnerud – Kobberhaughytta – Ullevålseter – Sognsvann

Y ya está. Aunque fue hace casi un mes, el último día de esquí de fondo llegó. Con pena por acabarse la temporada, y sobre todo de la manera en que lo hizo, pero también con alegría porque el verano llegará y con él los paseos en bicicleta.

Mi idea con esta ruta era enlazar Sørkedalen con Sognsvann de la manera más directa posible, así­ que fuimos hasta Skansebakken, lugar en el que ya habí­a estado antes.Ya mosqueaba un poco el tema cuando en el autobús solo quedaban viejecillos con sus esquí­es, lo que demostraba que algo fallaba, tení­a pinta de ser una ruta facilonga cuando lo que habí­a visto sobre el mapa es que habí­a fuertes desniveles. Así­ que con mi renovada y siempre sorprendente habilidad para perderme en los lugares más simples, fuimos en dirección contraria a donde deberí­amos. Al cabo de un rato ya me dí­ cuenta que aquello no iba bien y volvimos a dar la vuelta hasta el punto de partida.

Allí­ preguntamos a un noruego sobre lo que querí­amos hacer y nos indicó cómo y dónde empezar. De hecho nos llevó en coche durante un rato como puede observarse en el perfil de velocidad del track.

Entonces ya empezó la verdadera ruta, con una cuesta de las buenas en la que también nos perdimos en varias ocasiones e incluso hubo que echar los esquí­es al hombro cuando el camino desembocó en una carretera despejada de nieve.

Poco a poco, y yo cada vez con más mala leche, fuimos llegando hacia zona conocida, Kobberhaughytta.

Mientras comí­amos los bocatas veí­amos a la gente pasar

Desde allí­ hasta Ullevålseter es lo de siempre y tuvimos la suerte de encontrarnos con unos amigos que habí­an hecho otra ruta distinta. El reencuentro fue muy divertido y vino genial para bajar la mala leche y el cansancio.

La foto del reencuentro

La verdad es que no me hizo mucha gracia que ésta fuese la ruta de final de temporada, pero mejor que nada… Ya volverá el invierno de nuevo.

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