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Carta abierta a la Administración que corresponda

Se acercan las elecciones. Quedan menos de un par de semanas para que todos podamos ejercer el derecho a elegir a nuestros gobernantes. Esta vez tocan elecciones municipales y autonómicas en varias regiones de España.

Este año, por primera vez en mi vida desde que puedo votar, no lo voy a hacer. No porque no quiera, sino por la incompetencia de unos líderes que crean leyes absurdas y fuera de la realidad, de una burocracia lenta y una Administración del siglo pasado.

Con la última reforma de la infame Ley Electoral, se incluyó que los ciudadanos no-residentes no pudiesen votar en las municipales y a punto se estuvo de que tampoco se pudiese en las autonómicas. Pero lo peor es que también se incluyó una nueva reforma en la que la Oficina del Censo Electoral te envía una carta que tienes que devolver con una fotocopia del pasaporte o DNI para confirmar que quieres que te sigan enviando las papeletas a tu dirección en el extranjero. Dicha documentación se tiene que enviar dentro de un plazo. Pero en mi caso, la carta me llegó después de que se agotase dicho plazo. Así quedé eliminado automáticamente de las elecciones del 22 de mayo.

Como no quise darme por vencido llamé tanto al Consulado de España en Noruega y a la Oficina del Censo Electoral. En ambos casos, unos funcionarios muy atentos y dispuestos (no, no es broma, fueron realmente amables) me indicaron que no había nada que hacer, que los plazos establecidos por la ley son demasiado cortos. De hecho, desde la Oficina me comentaron que todavía tenían papeletas sin enviar que estaban retenidas porque no cumplían ciertos requisitos. Con lo que esa documentación jamás llegaría a tiempo de que sus destinatarios pudiesen votar.

Con esto se demuestra lo que interesa a los políticos en el poder que hasta el último español pueda ejercer sus derechos. Se demuestra el significado que tiene para ellos la palabra democracia.

Así que una vez más, y sobre todo ahora que yo no puedo, no les votes. Y si puede ser, vota con cabeza.

De Rositas y Margaritas‚ Capí­tulo VI (Aquí­ huele a muerto. Pues yo no he sido)

Desde que llegué a Noruega vengo notando algo un poco desagradable, que sin lugar a dudas es molesto y sobre todo, me provoca una intriga increíble en cuanto a la razón científica de los motivos que lo produce. Me refiero a la expulsión de gases a traición, es decir, los pedos silenciosos.

El primer lugar donde lo noté fueron los bares, espacios cerrados herméticamente para evitar que entre el frío de fuera, música con volumen alto y con un montón de gente apiñada y luchando por un hueco donde asentarse para tomar su cerveza. Vamos, el lugar perfecto para cometer la fechoría. Hay dos tipos de efecto cuando alguien suelta un gas a traición; el primero es cuando se forma un círculo y la gente se tapa la nariz descaradamente, entre ellos el autor de la obra, con lo que su evacuación no se descubre. La segunda reacción es la de aguantar estoicamente en la posición, pero la gente se observa levantando ligeramente la aleta de la nariz con cara de asco.

Aquí ya estaba implantada la ley anti-tabaco así que me preguntaba si es que el humo del tabaco en España cubre ese olor hediondo, pero tengo mis serias dudas.

Tirarse pedos es algo muy natural y humano, pero la cantidad de ellos que pueden notarse por noche me hace dudar que los noruegos no tengan un grave problema de soltura de esfínter.

Así que con mi habitual curiosidad por estudiar cosas totalmente inútiles me dispuse a intentar averiguar qué es lo que hace que Noruega tenga un aire tan fétido en determinados lugares llenos de personas. Tras mucho pensar y pensar, me acerqué a una posible solución, la alimentación. Que principalmente los desalojos se produzcan en los bares podría ser un buen indicativo de que la cerveza es uno de los detonantes de la bomba. Pero no es una regla universal. Recuerdo que durante la ceremonia de inauguración del mundial de esquí nórdico, tú estabas tranquilito en tu lugar y la gente que pasaba, se cagaba. Por lo que tuve que agudizar un poco más mi ingenio y entonces llegué al pan. En Noruega se come pan con mucha fibra, cereales y frutos secos. Es una bomba calorífica, y lo consumen a todas horas. No hay comida del día en la que no tengan un par de buenas rebanadas de pan untado en diversas salsas y cremas.

No he encontrado ningún otro motivo de peso que pueda producir estos desafortunados momentos, por lo que me quedaré con el pan como culpable. Tal vez la prueba definitiva fuese comerlo en cantidades industriales para ver si provoca los mismo efectos en mi propio organismo, pero quién sabe, tal vez solo sea algo genético o de la cultura del país…