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Velebit Ultra Trail 2013

Durante mis pequeñas vacaciones en Croacia, participé en una carrera de montaña dentro de los límites del Parque Natural Paklenica que forma parte del macizo Velebit. Se trata de una zona montañosa muy cercana a la ciudad de Zadar desde la que se tiene unas vistas increíbles del mar y las cercanas islas. La salida de todas las modalidades se hacía desde Starigrad, un pequeño pueblo de los muchos que hay cercanos a la costa y que viven del turismo mediante diversos campings, hoteles y resorts.

Mi idea inicial era participar en la carrera de 50 kilómetros, pero por una lesión de periostitis que me ha tenido parado durante toda la primavera, decidí que era más recomendable participar en la de 12, puesto que a pesar de estar recuperado, no había entrenado lo suficiente.

Tengo que decir que la organización de la carrera era bastante mala. Casi toda la información que había en su pobre sitio web estaba mezclada con la de ediciones anteriores y apenas había nada para las distancias inferiores, únicamente para la de 100 y 50 kilómetros. A pesar de no saber muy bien dónde íbamos, una carrera de 12 kilómetros, aunque fuese por el monte, no debería tener una gran preparación, pero se agradecería tener un perfil o una ruta marcada que fuese aproximadamente exacta.

Llegamos a Starigrad la víspera de la carrera dispuestos a escuchar lo que nos decían en el informe de carrera, que fue más bien poco, o mucho según se mire. Allí descubrimos que la carrera iba a ser sin marcas durante la ruta y en autosuficiencia, sin ningún tipo de avituallamiento. Vamos, una carrera de orientación de las de toda la vida. Solo nos dieron los nombres de los puntos donde iba a haber un perforador para marcar las tarjetas que nos proporcionaron. Además, era obligatorio llevar un kit de primeros auxilios con vendas, gasas y demás cosas de ese tipo. Y yo no tenía ni una triste mochila. La opción sería llevar esas cosas en una bolsa de plástico y cargarlo en el bolsillo del pantalón.

La salida era a las 7 de la mañana, con lo que hay que imaginarse el madrugón que tuvimos que darnos para desayunar con tiempo suficiente. El reparto del kit fue muy extraño, yo llevaba vendas en una bolsa como para momificar a Tutankamón, pero no creo que eso hubiese ayudado mucho en caso de problemas. Solo una persona comprobó que llevase una bolsa con algo para entrar a la zona de salida, dentro podía haber llevado piedras porque nadie miró su contenido. Otro fallo de la organización.

Participantes Velebit Trail

Corredores listos para la salida

Ya que tenía que cargar con las vendas, me animé a llevar el móvil para sacar alguna foto por el camino. Me iba a tomar la carrera con mucha tranquilidad. La salida era conjunta para las distancias de 12 y 27 kilómetros, por lo que nos juntamos un buen grupo de gente con unas ganas terribles de que diesen la salida. Hice un ovillo con la bolsa y la metí en el bolsillo trasero procurando que no se moviese demasiado por el trote. Con el pistoletazo de salida empezamos la marcha dándome cuenta que los únicos locos que no llevaban mochila éramos Ángel (que corría la de 27 y tenía mucho más mérito) y yo mismo.

Los primeros kilómetros discurren por una carretera con una ligera pendiente que permite ir tomando una posición cómoda antes de llegar a la zona divertida ya en pleno monte. A la derecha se encuentra el río que separa las dos laderas, nosotros subiremos por la que está más al este, con lo que la mayoría del recorrido se hará a la sombra, fue muy de agradecer teniendo en cuenta que siendo la hora que era, ya superábamos los 25ºC.

Río en Velebit

 La estampa del río en algunos puntos era muy bonita

Al cabo de unos cuatro kilómetros, se acababa la parte cómoda, había que cruzar el río, abandonar el camino principal y empezar el ascenso hacia Jurline, donde estaba el primer punto de control. Era en esa zona donde se empezaba a vislumbrar el mar y el paisaje tan bonito del Parque Natural. También es donde varios corredores a los que adelanté, me preguntaban de dónde era y si no llevaba mochila ni agua.

Paklenica desde Velebit

Las vistas del Mar Adriático

Yo seguía a mi ritmo bastante cómodamente, sacando alguna que otra foto. Iba confiado porque había metido el track de la carrera aproximada en el GPS, pero no puse los puntos de control porque los desconocía. Así que me salté el primero sin darme cuenta. Saqué una última foto porque a partir de ese momento ya me olvidé de que llevaba cámara.

Velebit

Foto tomada desde algo más adelante de Jurline

Alcancé a otro corredor del que más tarde me enteré que era el primero y bastante mosqueado le pregunté dónde estaba el primer punto de control. Cuando me señaló la dirección desde la que yo venía, casi me caigo de culo. Di media vuelta y me crucé con todos los corredores que había pasado anteriormente hasta llegar a Jurline. Corrí como alma que lleva el diablo para encontrar el perforador y volver sobre mis pasos. Adelanté de nuevo a toda la gente con la que me crucé y llegué al siguiente punto de control (Mala Mocila) con el corazón saliéndome por la boca, todo esto cuesta arriba.

A partir de ese momento todo era bajar por camino muy estrecho una canal arbolada que te reventaba los cuádriceps, empecé a echar de menos tener que subir todo el tiempo. Con la velocidad de la bajada, no vi un pequeño desvío y de nuevo me perdí bajando más de lo necesario. Mucho más de lo necesario. Todo ese trecho que descendí lo tuve que subir otra vez y estando desfondado como estaba, deseaba llegar a la meta cuanto antes. Bebí agua del río que discurría al lado del camino para tomar un gel y seguí hacia arriba como pude. Al llegar a meta tomaron nota de mi dorsal y del tiempo que había hecho, muy próximo a las 2 horas y me dispuse a descansar durante un rato mientras charlaba con algunos croatas que iban llegando. Allí me enteré que había llegado el tercero de entre los hombres a pesar de haberme perdido en repetidas ocasiones. Me dio la impresión que los croatas habían ido a dar un paseo por el monte en lugar de a una carrera, pero cada uno tiene su manera de participar.

Como el recorrido finalizaba en mitad del Parque, había que recorrer a pie el camino hasta la entrada por un sendero durante unos cuantos kilómetros extra.

Fue una carrera muy divertida en la que la mala organización fue compensada por el buen ambiente entre los participantes y el increíble entorno que nos rodeaba. Otro lugar que anoto en mi lista de sitios a los que volver.

Clasificaciones de la carrera

Estadísticas de la carrera

Viaje a China: Huangshan (Montaña Amarilla)

Como ya adelantaba en la entrada sobre Shanghai, justo en medio de los días que pasamos allí aprovechamos para ir a una zona montañosa situada al sur de la provincia de Anhui. Huangshan es una cordillera declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO que destaca por sus bosques, grandes bloques de granito, amaneceres y atardeceres, y las místicas nubes que aparecen frecuentemente.

El método de transporte que utilizamos para llegar fue el tren nocturno, al que ya empezábamos a coger cariño después de tantos kilómetros recorridos. Desde Shanghai llevó unas ocho horas aproximarnos en tren a la ciudad más cercana, pero luego hubo que ir en taxi-furgoneta hasta la entrada al parque durante otra hora más.

Tren nocturno chino

Nuestro compartimento con chinos madrugadores

La idea era llegar al hotel que habíamos reservado, el Paiyunlou, desde una de las entradas al macizo más cercanas a él en la zona Este y que estaban a mayor altura, por lo que no tendríamos que ascender demasiado con todo lo que llevábamos en la mochila. Por desconocimiento, equivocaciones varias y dejarnos llevar por la marabunta de chinos, hicimos justo lo contrario a lo que queríamos: subir por la ruta con más pendiente y más alejada del hotel. Pero de ésto no nos dimos cuenta hasta unas horas después al ver que no parábamos de subir y subir sin llegar a ninguna parte reconocible en nuestro modesto mapa.

Hay que dejar claro sobre esta montaña antes de que veáis más fotos, que de salvaje y lugar sin explotar, tiene más bien poco. Podría considerarse un gran parque de atracciones en medio de un entorno natural. Para acceder a las zonas más altas existen escalones de piedra, teleféricos y porteadores. Una vez arriba hay hoteles con bastante confort y servicios. También se puede comprar cualquier cosa aunque a precios más altos porque todo lo que se sube, se hace mediante porteadores. A pesar de lo turístico que es el lugar, no tiene desperdicio y merece la pena la visita.

Escaleras de subida

Escaleras de subida al comienzo

Montañas

Vistas desde el camino

Fusión en Huangshan

¡Fuuuuuusión!

Como escogimos un viernes para empezar la ascensión, no encontramos demasiada gente y pudimos disfrutar al máximo de todos y cada uno de los miradores que había. Varios de los picos estaban cerrados y no se podía ascender a su cumbre así que nos perdimos alguna que otra cosa. Había escaleras en todas partes, para ir a cualquier sitio y no me imagino cómo podría ser la ascensión sin ellas, pero prácticamente imposible.

Grieta en la montaña

Incluso en esta grieta había una escalera

Escaleras

Si ponéis atención puede verse una escalera que sube hasta la cumbre

Poco a poco y escalón a escalón, llegamos a la zona central del macizo donde ya había mucha más gente, también había bares, restaurantes y vendedores. Durante la subida no nos parecía que fuese a haber tanto movimiento por lo pendiente de la ascensión, pero los chinos en teleférico no tienen miedo a eso.

Árbol en Huangshan

El conocido Pino de la Bienvenida que se dice tiene unos 1.500 años

Haber llegado hasta aquí no significa que ya estaba todo hecho pues había que cruzar toda la parte alta de la montaña con subidas y bajadas constantes. Durante el recorrido vimos cosas curiosas como barras para separar el camino en dos carriles o porteadores derrengados tras cargar gente.

Porteadores descansando

Dos porteadores descansando

También nos detuvieron muchos chinos que querían sacarse fotos con nosotros. Tenía su gracia al principio, pero luego se volvió un poco cansino, sobre todo con cierta gente que veías cómo nos sacaban fotos disimuladamente a escondidas.

El sol se iba poniendo poco a poco y el paisaje mejoraba por momentos, pero yo estaba preocupado por que no se nos hiciera de noche antes de llegar al hotel, que supuestamente estaba cerca.

Pagoda puesta sol

Pagoda durante el atardecer

Puesta de sol

Puesta de sol entre las montañas

Puesta de sol

Ese del sombrero soy yo

Tras deleitarnos nerviosamente con las vistas que nos ofrecía Huangshan durante el atardecer, llegamos al hotel prácticamente de noche y respiramos aliviados mientras comíamos una de las últimas cenas que servían. Había que madrugar muchísimo para ver la salida del sol que todas las guías decían que era maravillosa, así que fuimos pronto a dormir.

El despertador sonó a las 4 y media de la mañana, no habíamos descansado debidamente después de todo el palizón del día anterior, pero había que descubrir lo que Huangshan tenía que ofrecernos. Aunque todavía era de noche, se notaba cierta neblina que igual no dejaba ver la salida del sol, pero ya que estábamos despiertos, no podíamos dejar escapar la ocasión. Con los frontales en la frente, seguimos a un grupo de chinos que parecía que sabía dónde iba y no nos defraudaron. En la ladera de una pequeña colina y con el primer clareo del día, nos sentamos para ver el sol levantarse por encima del horizonte montañoso. Desafortunadamente había ciertas nubes bajas que impedían que el sol despuntase por la línea que formaban los picos y no era tan espectacular.

Amanecer

La salida del sol no fue tan maravillosa como la pintaban por culpa de las nubes bajas

Turistas chinos

No fuimos los únicos que madrugaron esa mañana

A pesar de ser tan temprano, los turistas chinos parecían salir de entre las piedras y de la manera más ruidosa posible. No seguimos durmiendo y fuimos a dar un paseo por los alrededores del hotel así que fuimos viendo la evolución de tanto chino circulando según el teleférico descargaba más y más gente en las montañas. Llegaban en familia, grupos pequeños y viajes organizados, a gusto del consumidor. Muchos llevaban sus guías que explicaban a saber qué a golpe de megáfono, resonando por todas las montañas con un murmullo cansino.

Chinos madrugadores

Grupo de turistas atendiendo las explicaciones del guía

Dimos el paseo de rigor por la zona para que no quedase nada sin descubrir y disfrutamos de las vistas que había desde una zona tan privilegiada. Desde luego las autoridades chinas han acondicionado el lugar perfectamente y sin que desentone demasiado con el entorno como puede verse en la mayoría de las fotos, donde a pesar de que todo esté reformado, guarda un estilo muy peculiar e integrado con el resto.

Pasarela

Una de las múltiples pasarelas construidas

Tras unas horas de caminata, volvimos al hotel para recoger las cosas, desayunar y emprender la ruta de retorno por el mismo camino que usamos al venir. Iríamos con calma puesto que teníamos todo el día para ello. Nuestro tren nocturno de vuelta a Shanghai no salía hasta esa noche y podíamos perder el tiempo cuanto quisiésemos.

Lo que nos encontramos durante el camino es indescriptible. Era como si todos los chinos de la provincia hubiesen decidido visitar Huangshan en ese mismo día. Ahora entendíamos las barreras que dividían el camino en carriles en ciertos puntos y las señales para mostrar la dirección en algunos cruces. Todo estaba repleto de chinos hasta rebosar. ¡Si hasta había guardias dirigiendo a las masas por los caminos! Teníamos que avanzar en una interminable línea de gente que iba extremadamente lenta.

Gentío por las paredes

Aquí puede verse la cantidad de gente

Cola en camino

La maravillosa línea de chinos que no avanzaba

En algunos puntos de parada, como miradores y similares, había tal colapso de gente que lo único que querías era salir corriendo para escapar cuanto antes.

Como tanta gente nos estresaba, aceleramos cuanto pudimos la marcha para llegar al teleférico y emprender la huida. No podía considerarse deshonroso bajar en él después de haber subido el día anterior cargando con las mochilas.

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Momento relajante durante la huida

Ya abajo, pasamos la tarde haciendo tiempo, sin tanta gente a nuestro alrededor, que aún así la había, pero no tan masificada.

Y esta fue nuestra pequeña aventura de fin de semana en Huangshan, lugar místico que siempre será recordado por los megáfonos de sus guías.

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Lezamako Mugetatik

Otra de las carreras en las que participé durante mis pequeñas vacaciones en Santander es la Lezamako Mugetatik en Lezama, un pequeño pueblo de las cercanías de Bilbao en el que se disputa una carrera de montaña que asciende dos de los montes de sus proximidades, el Gaztelumendi (311 msnm) y el Ganguren (474 msnm). No son montes excesivamente altos ni técnicos, pero la crestería cercana a las cumbres y el fuerte desnivel en ambas ascensiones hace que la carrera en su conjunto tenga unos 1200 metros de desnivel positivo en los 28 kilómetros de recorrido. Hasta la fecha era la carrera con más desnivel acumulado en la que iba a participar.

La salida era a las 10 de la mañana, así que el madrugón para llegar allí a tiempo iba a ser considerable. Antes de los corredores, un nutrido grupo de gente salió a las 8:30 para hacer el mismo recorrido pero en la modalidad de marcha. Justo antes de la salida dudaba si llevar gafas de sol, estaba haciendo un tiempo estupendo pero sabía que gran parte del circuito sería por bosque y por lo tanto más sombrío. Solo tuve que echar un vistazo alrededor para ver que muy pocos corredores las llevaban, así que como dice el refrán: “allá donde fueres, haz lo que vieres”. Fue todo un acierto.

No voy a describir toda la carrera porque ya lo hizo perfectamente la organización de la misma en su web, sino que voy a contar los tramos que más me gustaron.

Hasta la primera cima hay muy pocas bajadas o llanos, pero se disfruta del camino y de las vistas, que permiten ver todo el valle y los aviones que desciencen hasta el cercano aeropuerto de Bilbao en Sondika. Tan solo se deja de correr en la última parte de ascensión a la primera cresta del cordal del Gaztelumendi, donde hay que caminar lo más ligero posible por un camino muy estrecho. Tras encumbrar, se mantiene más o menos la altura hasta que de nuevo se vuelve a descender hacia Lezama por un camino arbolado cruzado en algunos tramos por un pequeño riachuelo que te obliga en repetidas ocasiones a saltarlo para no mojarte. Si a eso le sumas las ramas bajas, hay que mantenerse concentrado al máximo para no caer o llevarte un golpe en la cabeza.

Otra de las partes que me gustó fue la subida al segundo monte, el Ganguren, mucho más exigente que la primera y en la que empezamos a adelantar a los participantes de la modalidad de marcha como buenamente pudimos. Me notaba sobrado de energías y no sabía lo que habría en la última parte de descenso. Precisamente gracias a haberme reservado, durante la bajada más fuerte no tuve problemas en apretar cuando el resto ya tenían los músculos cansados. El tramo descendente que más me gustó fue el que prácticamente se hacía en línea recta por un terreno bastante blando donde los árboles habían sido cortados recientemente. La velocidad que se toma e ir esquivando restos de árboles aumentaba los niveles de adrenalina al máximo, y aunque yo no me diese cuenta, también las pulsaciones. Eso hizo que ya la última parte de sube-baja, me machacase del todo y me resignase a no poder aumentar el ritmo. Ya había dado todo lo que podía dar y ahora se trataba de mantener una velocidad cómoda sin forzar. Hice piña con otro corredor, recorrimos la parte final y llegamos a meta juntos, íbamos animándonos mutuamente.

Llegando a meta con otro corredor

Sin duda no estaba recuperado del todo de la anterior carrera en Santoña una semana atrás, pero desde un principio ya me tomé la prueba como algo con lo que pasar una mañana de domingo imaginándome que iba a ser todo más duro de lo que me esperaba. Y no decepcionó. De hecho, si tengo la ocasión de repetir, tal vez lo haga.

Disfrutando el premio para los participantes

A los que terminaban la prueba, se les daba una camiseta técnica y una bolsa con tomates de la zona que me hicieron muchísima ilusión porque estaban buenísimos. Después de la carrera había una parrillada para los participantes, pero nosotros ya teníamos reserva en una sidrería del pueblo.

Sidrería de Lezama

Estadísticas de la carrera

Dovrefjell: Åmotdalshytta – Snøheim

Como punto final de esta excursión, decidimos volver por una ruta distinta a la de la ida, sin tener que encumbrar de nuevo el Snøhetta. Tampoco hubiese servido de mucho subir hasta allí porque no habrí­amos visto absolutamente nada. El dí­a se levantó con una niebla espesa y bastante cerrada que te impedí­a ver más allá de cien metros. Mientras pudiésemos ver las marcas rojas de la DNT, era más que suficiente.

Esta es la vista que se nos ofrecí­a

Tuvimos que dedicarnos a tomar fotos de planos cortos

El camino no discurrí­a por puntos por los que ya hubiésemos estado antes y de haber tenido visibilidad, seguro que habrí­amos tenido unas vistas bastante buenas, pero menos daba una piedra. Así­ con todo pudimos ver algunas zonas con pequeños lagos, rí­os de deshielo y grandes neveros.

La visibilidad era malí­sima en algunos puntos

Gran parte de la ruta es un continuo sube y baja que se hací­a algo pesado por no saber cuándo terminaba, pero al llegar a una zona donde parecí­a que todo comenzaba a ser cuesta abajo, ya nos hicimos a la idea que iba a ser coser y cantar.

Por ahí­ arriba debe estar la subida al Snøhetta

Un pequeño lago en el que el nevero tení­a una forma peculiar

El agua de los lagos era calmada y cristalina

Las zonas de nieve hací­an que todo fuese de color blanco

Pequeño puente por encima del rí­o

Algunos pasos por encima del rí­o como el anterior tení­an un cierto grado de peligrosidad, porque parecí­a que la nieve podí­a venirse abajo, pero eran grandes bloques muy difí­ciles de deshacer.

A ésto me refiero con lo de que era arriesgado

Un trecho en llano más tarde, llegábamos a la cabaña que todaví­a estaba en construcción (Snøheim) desde donde empezamos un par de dí­as antes. Tuvimos que esperar un buen rato hasta que llegó el autobús bajo una fina lluvia que lo empapaba todo, pero hicimos tiempo comiendo debidamente lo último que nos quedaba, para no llevar peso innecesario.

La estancia en Dovrefjell me resultó distinta a lo que estoy acostumbrado, pues siguen sin llamarme la atención esos grandes espacios abiertos de vegetación amarronada y valles repletos de agua hasta el punto de convertirse en marismas. La sensación de humedad era un poco desagradable. Algo que me gustó fue la libertad que te da una tienda de campaña para pasar la noche a pesar de tener que cargar con ella. En esta ocasión llevamos una para cuatro personas, así­ que siendo dos estábamos sobrados de espacio.

Me quedo con ganas de conocer más parques de Noruega, dicen que Rondane está también muy bien, pero no sé… la alta montaña escandinava no me convence 🙂

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Nordmarka Skogsmaraton

El 16 de junio corrí la Nordmarka Skogsmaraton, una carrera que discurre por los bosques de los alrededores de Oslo por los que tantas veces he esquiado, caminado o ido en bici. Esta vez tocaba correr.

Era mi primera maratón de montaña o no urbana. Mejor llamarlo de la segunda manera porque no era muy complicada técnicamente salvo un tramo de dos o tres kilómetros en el último tercio de la carrera.

Había estado muy pendiente del parte meteorológico porque estaban previstas fuertes lluvias durante esos días y tenía la esperanza de que cambiase en el último momento. Iluso… Con una pequeña mochila llena de ropa para cambiarme si llegaba muy empapado después de la carrera y armado con mi fiel paraguas, fui a la zona de salida mientras caía un chaparrón de los que mejor llevar piragua en lugar de paraguas. Me refugié en los vestuarios de la Norges Idrettshøyskole que habí­an abierto para nosotros y allí­ hice tiempo hasta que llegó la hora del pistoletazo.

Dudé si llevar la chaqueta de agua porque en el momento de la salida hasta hací­a sol y no me gusta cargar con cosas innecesarias mientras corro. Un ataque de prudencia hizo que me decidiese a llevarla y fue muy acertado.

Mi objetivo era terminar, así­ que mi estrategia de carrera fue muy conservadora. Me enfrentaba a 42 kilómetros con algo más de 700 metros de desnivel positivo que se concentraban básicamente en los primeros 30, normal que estuviese un poco asustado. Mantuve un ritmo bastante lento para evitar que la subida constante me cargase los músculos en exceso, procuraba no pasar de las 160 ppm.

Tan lento fuí­, que al llegar al punto más alto de la carrera en Hakkloa, iba rodeado de abuelos y gente con algo de sobrepeso. Pero llevando recorridos 30 kilómetros durante aproximadamente 3 horas y a un ritmo tan cómodo, estaba fresco y con confianza, así­ que apreté a mi velocidad normal de carrera. A esa distancia es cuando la gente empieza a bajar el ritmo o se empiezan a parar porque llegan al muro. Yo les pasaba incrementando la velocidad más y más. He descubierto que las bajadas se me dan muy bien sea como sea el terreno.

En cuanto a la lluvia, menos mal que cargué con la chaqueta porque tuve que ponérmela no mucho más tarde, con una lluvia fina y constante que de vez en cuando y sin previo aviso se convertí­a en una cortina de agua que te empapaba. Me decí­a a mí­ mismo que mientras no parase de correr, no me iba a quedar frí­o.

Toda la carrera discurre por un camino bastante ancho excepto por el tramo que comentaba al comienzo del post. En ese tramo yo ya estaba en todo mi apogeo kamagra España cialis original kamikaze de la parte final de carrera y a pesar del barro, la lluvia, las raíces de los árboles, los grandes pedruscos resbaladizos y la estrechez del camino, adelantaba a todo el mundo como alma que lleva el diablo. Creo que el resto de corredores fliparon bastante conmigo porque al llevar la chaqueta puesta, no tení­a el dorsal visible y lo mismo se pensaban que era un troll del bosque que vení­a para fastidiarles la moral.

Los últimos kilómetros fueron de bajada brutal porque habí­a que descender todo lo que se habí­a subido durante el resto de la carrera. Para los 5 kilómetros finales llevé un ritmo de casi 13 km/h.

El avituallamiento durante la carrera estuvo genial, con agua, bebidas isotónicas, plátanos, uvas pasas y cola en los puestos finales. Llegué a la meta muy bien, me regalaron una taza muy bonita con el logo de la carrera y me dediqué a estirar. Apenas tuve agujetas en los días siguientes ni molestias de ningún tipo.

Como no hay fotos mí­as, pongo una crónica de la carrera en noruego donde hay unas cuantas fotos de participantes y que se vea el nivel de mojadura que llevábamos. Fue todo un acierto llevar toalla para secarme y ropa de recambio 🙂

Estadísticas de la carrera

Dovrefjell: Snøheim – Snøhetta – Åmotdalshytta

Aprovechando la visita de Fermín a tierras noruegas por segunda vez, nos pusimos en marcha hacia uno de los parques naturales del país llamado Dovrefjell. La idea era subir a su montaña más alta (Snøhetta, 2286 msnm.) y perdernos un poco por la zona sin rumbo definido. Tomarí­amos como base para plantar la tienda los alrededores de una cabaña de la DNT llamada Åmotdalshytta. Siempre viene bien estar cerca de algún refugio decente por si el tiempo se pone más feo de la cuenta, estamos en Noruega y aunque es verano, siempre puede haber tormentas inesperadas.

Salimos desde Oslo en dirección a Hjerkinn un jueves por la tarde, llevándonos el viaje en total unas cinco horas. Lo bueno del verano es que siempre hay luz así­ que no tení­amos problemas en encontrar un sitio para plantar la tienda por muy tarde que fuese. Lo malo es que los mosquitos tampoco tienen horario y nos acribillaron mientras montábamos la tienda. Fue toda una aventura entrar en ella procurando que los mosquitos no se colasen dentro.

Después de una noche de sueño plácido nos levantamos para coger el autobús que llega hasta el refugio, todaví­a sin inaugurar, de Snøheim. No es posible transitar la zona porque es un antiguo lugar de pruebas del ejército noruego y lo están limpiando de restos de metralla y material explosivo. Divertido cuanto menos…

Vista de Snøhetta desde Snøheim

Hay diversas rutas que van hasta la cima principal de la montaña y nosotros optamos por la menos directa. Implicaba dar un pequeño rodeo, pero el desnivel no iba a ser tan pronunciado como por las otras y, ¡qué demonios!, no teníamos ninguna prisa. En la foto anterior se puede ver que subimos por todo el perfil de la loma de la derecha, poquito a poco.

Tuvimos que bordear un lago y atravesarlo por encima de un gran nevero que todaví­a lo cubrí­a por la desembocadura de uno de los muchos afluentes, pero no hubo más obstáculos hasta la cumbre. Solo un tramo bastante largo de rocas muy grandes que tení­as que ir saltando y se hací­a muy pesado.

La parte final antes de llegar a cima está cubierta de nieve, pero la temperatura era lo suficientemente buena como para que estuviese blanda y fuese fácil pisar sin resbalar.

Ultimos metros de la ascensión a Snøhetta

Durante los últimos momentos de ascensión ya se veí­a el monolito que suele estar en las cimas de muchas montañas (en España sirven como vértices geodésicos) pero no era nada más que una ilusión óptica.

Por más que andábamos no llegábamos nunca al dichoso monolito

Se hací­a extraño avanzar constantemente y no llegar nunca al destino, hasta que ya estando muy cerca, nos dimos cuenta del motivo.

Los dos monolitos de Snøheim

El de tamaño normal ahí­ estaba, empequeñecido al lado de su hermano mayor. Después de las fotos de rigor, resguardarnos del viento que hací­a y comer un poco, empezamos a bajar por la ladera norte de la montaáa, que estaba mucho más llena de nieve.

Foto de cima en Snøhetta

La cara Norte estaba mucho mas cargada de nieve y empinada que la Este

Unas polainas hubiesen venido muy bien para hacer esa bajada, porque la nieve se metí­a por todas partes y las botas se terminaron mojando, aunque mientras los pies estuviesen calientes no habí­a problema.

Después de la parte de nieve, tocaba otra vez roca

Y justo después pradera y arroyos

El valle donde se encuentra el refugio de Åmotdalshytta es bastante amplio, con un par de lagos que se nutren de los innumerables torrentes del deshielo de las cumbres cercanas y que en ocasiones más parece un pantano o un arrozal que alta montaña. Con un tiempo más que aceptable y unos caminos bien definidos, llegar a la cabaña fue coser y cantar.

Nuestra fuente particular con un cartel bien aclaratorio de lo que es agua

Distintos edificios que forman parte de Åmotdalshytta

Montamos la tienda a una distancia prudencial del refugio porque así­ lo indicaban distintos carteles aunque hubiese estado muy bien poder plantarla cerca de una de las casas y por lo tanto más protegida del viento. Pero en esta ocasión hubo tiempo para dejarla perfecta y ni el mayor huracán la habrí­a arrastrado. Bueno, exagero, pero es la impresión que daba.

La tienda con Snøhetta al fondo, y su cumbre nublada

Después de todo el dí­a caminando deberí­amos haber descansado, pero al siguiente tení­amos intención de hacer otra ruta y quisimos explorar un poco más. Un poco más abajo del track hay más información.

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Para explorar un poco el tramo final de la ruta del dí­a siguiente, nos aventuramos a intentar cruzar el rí­o en repetidas ocasiones. Habí­a señales indicando que el camino iba por allí­, pero al estar tan crecido era imposible hacerlo porque todas las piedras estaban cubiertas de agua. Quizás desde el otro lado fuese más fácil encontrar la ruta así­ que decidimos dejarlo todo en la mano del destino.

El tema al dí­a siguiente iba a estar movidito

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