Archivo de la etiqueta: niebla

Dovrefjell: Åmotdalshytta – Snøheim

Como punto final de esta excursión, decidimos volver por una ruta distinta a la de la ida, sin tener que encumbrar de nuevo el Snøhetta. Tampoco hubiese servido de mucho subir hasta allí porque no habrí­amos visto absolutamente nada. El dí­a se levantó con una niebla espesa y bastante cerrada que te impedí­a ver más allá de cien metros. Mientras pudiésemos ver las marcas rojas de la DNT, era más que suficiente.

Esta es la vista que se nos ofrecí­a

Tuvimos que dedicarnos a tomar fotos de planos cortos

El camino no discurrí­a por puntos por los que ya hubiésemos estado antes y de haber tenido visibilidad, seguro que habrí­amos tenido unas vistas bastante buenas, pero menos daba una piedra. Así­ con todo pudimos ver algunas zonas con pequeños lagos, rí­os de deshielo y grandes neveros.

La visibilidad era malí­sima en algunos puntos

Gran parte de la ruta es un continuo sube y baja que se hací­a algo pesado por no saber cuándo terminaba, pero al llegar a una zona donde parecí­a que todo comenzaba a ser cuesta abajo, ya nos hicimos a la idea que iba a ser coser y cantar.

Por ahí­ arriba debe estar la subida al Snøhetta

Un pequeño lago en el que el nevero tení­a una forma peculiar

El agua de los lagos era calmada y cristalina

Las zonas de nieve hací­an que todo fuese de color blanco

Pequeño puente por encima del rí­o

Algunos pasos por encima del rí­o como el anterior tení­an un cierto grado de peligrosidad, porque parecí­a que la nieve podí­a venirse abajo, pero eran grandes bloques muy difí­ciles de deshacer.

A ésto me refiero con lo de que era arriesgado

Un trecho en llano más tarde, llegábamos a la cabaña que todaví­a estaba en construcción (Snøheim) desde donde empezamos un par de dí­as antes. Tuvimos que esperar un buen rato hasta que llegó el autobús bajo una fina lluvia que lo empapaba todo, pero hicimos tiempo comiendo debidamente lo último que nos quedaba, para no llevar peso innecesario.

La estancia en Dovrefjell me resultó distinta a lo que estoy acostumbrado, pues siguen sin llamarme la atención esos grandes espacios abiertos de vegetación amarronada y valles repletos de agua hasta el punto de convertirse en marismas. La sensación de humedad era un poco desagradable. Algo que me gustó fue la libertad que te da una tienda de campaña para pasar la noche a pesar de tener que cargar con ella. En esta ocasión llevamos una para cuatro personas, así­ que siendo dos estábamos sobrados de espacio.

Me quedo con ganas de conocer más parques de Noruega, dicen que Rondane está también muy bien, pero no sé… la alta montaña escandinava no me convence 🙂

Descargar track

Ascensión al Monte Kenya IV (Refugio MCK – Refugio austríaco – Punta Lenana)

Y a las 2 de la mañana sonó el despertador. Esa noche no dormí apenas nada, únicamente una hora al principio. Luego me despertó un fuerte dolor de cabeza y entré en una especie de letargo en el que con los ojos abiertos cambiaba de posición cada cierto tiempo pero era incapaz de dormir. Hablando con el resto más tarde me dijeron que les pasó lo mismo a casi todos.

Llegaba el momento de la verdad. Los que estaban dispuestos a salir informaban que el cielo estaba despejado, había una luna espléndida y se veían bastantes estrellas. Yo, todavía dentro del saco, le pregunté al chico holandés qué iba a hacer. No veía el plan claro así que ni se lo planteaba, seguiría durmiendo hasta las 8 y bajaría con uno de los porteadores. Es cierto que después de no haber dormido nada y el cansancio acumulado del día anterior, me sentía bastante aliviado con su decisión, pero la cabra tira para el monte, todos sabéis eso. Mientras preparaban sus cosas, los otros tres componentes del grupo me preguntaron qué iba a hacer yo. Y se hizo la luz, me propusieron acortar su expedición un día para volver el lunes a Nairobi. Me decían que ya habían tenido bastante Monte Kenya tras el palizón de la jornada anterior y lo que se preveía para ese día. Agradecidísimo salí del saco, me puse la ropa que todavía no había secado, organicé la mochila, me cargué de barritas de cereales y la última tableta de Kvikk Lunsj, el snack de las rutas noruegas por excelencia, dispuesto a salir pitando hacia la cumbre. No desayunamos debidamente, lo cual fue un grave error, pero estuve comiendo barritas durante un buen trecho.


Empezando a caminar a las 2 de la madrugada

Con todo este ajetreo, nos pusimos en marcha alrededor de las 2:15 con más moral que fuerzas. Encendí el frontal durante un rato pero lo único que hacía era molestar, la luz de la luna era suficiente. No sé si por el hecho de estar recién levantados y haber pasado mala noche me notaba mucho más cansado que el día anterior. Sentía que el corazón iba aceleradísimo. Me habría gustado saber el número de pulsaciones por minuto exactas en ese momento, pero rondarían las 180 aunque íbamos tremendamente despacio. La primera parte de la ascensión transcurre por una pedrera que me recordaba bastante a la del Curavacas pero con una pendiente aun mayor. Veía como las fuerzas se me iban escapando muy poco a poco, sólo me preguntaba si no se me acabarían antes de llegar a la cima.

Unas nubes bastante feas aparecieron por detrás del Batian, la cumbre más alta y empezaron a cubrir todo en un visto y no visto. Yo notaba que algo iba mal, me estaba agotando después de unas dos horas de ascensión y quedaba todavía un buen trecho, quizás pensar en ello hacía que me agotase todavía más y más. El cielo ya estaba totalmente cubierto y muy oscuro. Apenas había claridad de la luna y, entre eso, la neblina que se estaba formando y que era de noche se tienen los motivos por los que no hay fotos de este tramo, apenas se veía nada.

Llegamos a la zona de nieve, en mi caso bastante exhausto, y caminar por allí teniendo que dar patada en la nieve para abrir huella fue la gota que colmó el vaso. La única chica que quedaba del grupo también empezó a tener serios problemas. Se paraba cada 100 metros para tomar aire y a mí me rompía bastante el ritmo.

El guía nos animaba, decía que había un refugio a una media hora andando al ritmo que íbamos y nos daba algo de esperanza saber que había un sitio caliente donde poder descansar un rato porque yo no me sentía con ánimos ni fuerzas de dar la vuelta. Hicimos una parada para descansar, beber y comer algo, recobrar fuerzas y abrigarnos porque cada vez hacía más frío. Fue ponernos en marcha y empezar a soplar el viento, un viento tremendamente frío y fuerte que la ropa no conseguía parar y se colaba hasta los huesos.

La marcha ya era totalmente penosa, la única opción era seguir avanzando porque con semejante tiempo no cabía la posibilidad de dar la vuelta. Los síntomas de mal de altura empezaron a volverse más y más fuertes. Ahora tenía un fuerte dolor de cabeza, ganas de vomitar y sentía, siendo sincero, que en cualquier momento me iba a ir por la pata abajo. Nunca antes había estado tan mal en montaña, tan al límite. De hecho una de las veces que paramos para retomar el aliento, apoyé la cabeza en el bastón y me debí quedar dormido durante unos 30 segundos. Cuando levanté la cabeza, las tres personas que iban delante mío ya estaban a cincuenta metros de mí. Seguí caminando.

Alguien le preguntó al guía cuánto quedaba hasta el refugio y contestó: “Cinco minutos”. Aquello nos ayudó a hacer el último esfuerzo para poder llegar al refugio austríaco.

Llegaríamos en torno a las 5:30, ateridos de frío y todavía de noche. Un grupo de tres amigos nos hizo un hueco en su habitación mientras desayunaban y nos prestaron sus sacos para taparnos y entrar en calor. Nos ofrecieron té y algo de comer pero yo lo rechacé porque notaba que si metía algo al estómago, automáticamente iba a devolver. La chica y uno de los chicos dijeron que para ellos se acabó el Monte Kenya por el momento, viven en Nairobi y pueden volver en cualquier otro momento. Jorge, el otro chico, se recuperó rapidísimo y ya con la idea de subir a la cumbre junto a nuestro guía, John. Éste nos dijo que la subida a la cumbre serí­an unos cincuenta minutos y luego veinte o treinta de bajada. Algo factible pero que me parecí­a una bestialidad en ese momento.

Tiritando de frí­o aun, fui capaz de beber  y comer algo. Me sentó muy bien pero seguí­a con el frí­o metido en el cuerpo. De nuevo me preguntaban qué iba a hacer, si me quedaba o subí­a con ellos. Hecho una bola dentro del saco que me prestaron les pedí­ diez minutos para descansar y ver cómo me encontraba. Pasado ese tiempo les dije con mucho pesar que no iba a poder ser, que lo habí­a pasado muy mal e iba a tardar en recuperarme.

Empezaron a reorganizar sus mochilas y ponerse más capas de ropa mientras yo les miraba con muchí­sima envidia. Jamás olvidaré ese momento en el que salí­ del saco y dije en voz alta: “Estoy zumbao”. Me puse toda la ropa que tení­a, me até las botas, bebí­ agua y me comí­ el Kvikk Lunsj que me quedaba.

Nos pusimos a caminar los tres entre la niebla y afortunadamente el viento habí­a desaparecido. Ahora me encontraba mucho mejor después de haber descansado debidamente. No sé qué habrí­a pasado si no hubiese estado ese refugio durante el camino. Lo que quedaba hasta la cima estaba bien pisado y salvo un par de pasos en los que habí­a que trepar, no era muy difí­cil.

Poco antes de llegar a la arista del pico vimos un claro en el cielo, parecí­a que estaba despejando. A lo mejor llegábamos a la cumbre y podí­amos ver algo. Así­ fue. La fortuna sonrió a los valientes.

Momento en que llegamos a la arista y vimos que al otro lado estaba despejando

Cuanto más cerca estábamos de la cumbre, más rápido avanzábamos y en mi caso empecé a sentir una sensación de euforia muy grande. ¡Lo í­bamos a conseguir después de todo lo que habí­amos sufrido!

Disfrutando de las vistas y del amanecer

Se nota que todo esto eran antiguos glaciares

Más vistas desde la cumbre

Gente disfrutando de las vistas después del esfuerzo

No éramos los primeros que llegaban a Punta Lenana ese dí­a ni los últimos, pero todos tuvimos la pequeña recompensa de que despejase bastante y pudiésemos maravillarnos de las vistas. La prueba de la cima va a continuación, nótese la cara de frí­o que llevaba.

Y aquí­ está, la prueba de la victoria

Las cumbres más altas del Monte Kenya, Batian y Nelion

Los últimos supervivientes de la expedición con nuestro guí­a John

Llegaba el momento de empezar a bajar aunque no quisiésemos. Y lo hicimos bien rápido. Llegamos al refugio donde nos esperaban nuestros amigos en aproximadamente veinte minutos, como predijo John.

Punta Lenana desde el refugio austrí­aco

El refugio austrí­aco, el que fuera nuestra salvación

Ahora sí­ que pudimos tener alguna que otra vista de por dónde subimos, aunque poco tiempo tuvimos porque bajamos muy rápido. Habí­a ganas de volver al refugio y descansar el resto del dí­a.

Primera zona de nieve en la que casi nos quedamos durante la subida

La bajada es mucho más fácil ¿eh?

La zona de pedrera que ahora bajé saltando

Una vista atrás donde se distinguen bien las dos zonas

El pequeño valle donde estaba nuestro refugio

Lo que queda de jornada lo pasamos metidos en el refugio descansando, aunque dimos algún que otro paseo por los alrededores. Lo que más nos ayudó a recuperarnos, fueron los noodles calentitos de siempre. Vaya cosa más sencilla y menudo manjar si se comen en el momento adecuado.

Hora de comer avena y noodles de los ricos para recuperar fuerzas

Nota: Las horas en el track están mal, se me olvidó cambiar el huso horario y marca dos horas menos de la realidad. El fallo se repite en todos los tracks de esta serie.

Descargar

Viaje a las Islas Lofoten

Uno de los últimos rincones de Noruega que me quedaba por ver era éste. Un pequeño paraíso en forma de archipiélago muy cercano a la costa en la parte norte del país. Sus principales características son la tranquilidad, las pequeñas islas, las grandes elevaciones de roca, el sol de medianoche, los bacalaos secados al sol, los pueblecitos pesqueros, las playas de arena blanca y fina. Vamos, un pequeño paraíso.

Estuvimos en el archipiélago unos cuatro días, donde alquilamos un coche y nos movimos como quisimos. El punto de partida fue el aeropuerto de Evenes, compartido por las ciudades de Harstad y Narvik.

Puerto de Svolvær, la capital de las Lofoten

Restaurante en el centro de Svolvær

Aunque el nombre pueda parecer familiar, no se refiere al pescado en sí­, sino que ese nombre se le da a una manera de cocinar el bacalao. Sí­, es raro.

Una de las escalas del crucero Hurtigruten

Este crucero es uno de los muchos que recorren la costa noruega haciendo escala en varios puertos por el camino. Se trata del Hurtigruten y es muy famoso en verano. Aunque hicimos una noche en Kabelvåg, el primer dí­a solo visitamos la capital y poco más, hací­a bastante mal tiempo y no habí­a muchas ganas de pasar frí­o.

Puerto de Henningsvær, un pequeño pueblecito de pescadores

Si no pudimos dar muchos paseos al aire libre por el tiempo tan malo, aprovechamos para visitar pueblos de los alrededores y deambular con el coche por carreteras desconocidas. Así­ fue más o menos como acabamos en Henningsvær. A la vuelta vimos una playa de arena blanca en una cala muy bonita, lástima que hiciese tanto frí­o…

Esta es la playa en cuestión

Pero claro, como no podí­a ser de otra manera, y a pesar del mal tiempo… el bañito cayó.

Saliendo del agua deprisa y corriendo

Fuí­ incapaz de estar en el agua quieto y sumergido completamente más de un segundo. No pude parar de correr ni al entrar ni al salir. Al llegar a la arena me dolí­an las piernas un horror del frí­o y se me quitaron las ganas de más baños. Eso sí­, me arrepentí­ de no haberme bañado el año pasado cuando estuve en Svalbard. Hubiese estado bien poder contar que me bañé en el Ártico. Si por casualidad vuelvo allá­ como es mi intención, lo haré.

Otro de los sitios que visitamos en esos dí­as fue el museo vikingo de las Lofoten. No tiene ni punto de comparación con el que hay en Oslo. De acuerdo que el de Oslo tiene los restos de barcos vikingos mejor conservados del mundo, pero en Lofotr hay reconstrucciones de viviendas y barcos vikingos con los que puedes hacerte una idea mejor de cómo vivían.

Una reconstrucción de barco vikingo en el fiordo

Tirando unas flechitas, vaya estilazo

Remando en el barco vikingo, lástima que estuviese amarrado

Mientras nos í­bamos moviendo hacia la isla más alejada de tierra firme, el tiempo fue mejorando poco a poco y todo parecí­a tener más color.

Uno de los múltiples lugares en los que se cuelga el bacalao al sol

Estos bacalaos son muy tí­picos de esta zona de Noruega. Se venden como snack ya que están secos, pero a mí­ no me hicieron nada de gracia. Aparte de que ver cómo se secaban al sol mientras montones de moscas revoloteaban a su alrededor no contribuyó a que me gustasen.

Por fin llegamos al lugar más bonito de todas las islas, un pequeño archipiélago rodeado de montañas. Allá­ pasamos dos noches en la isla de Hamnøya.

Haciendo posturitas como siempre

Esta es la isla de Hamnøya y la casa blanca grande de la derecha es en la que dormimos

Aquí­ estuvimos de relax aunque pudimos hacer de todo: ver un partido del Mundial de la selección española, ir de ruta y tratar de ver el sol de medianoche.

Cuando digo que era el paraí­so, es que realmente lo era

En cuanto al sol de medianoche, intentamos verlo en dos ocasiones. Siempre que í­bamos hacia el norte, donde podí­a verse más fácilmente, habí­a niebla que no dejaba ver absolutamente nada. Al segundo intento también nos encontramos niebla por el camino.

Yendo hacia el norte para ver el sol de medianoche

Y como siempre, se consiguió el objetivo. Después de pasar mucho frí­o y desvariar en cantidades industriales como viene siendo habitual, pudimos ver cómo el sol no llegaba a ponerse en el horizonte.

La foto de la victoria

Puede que éste sea el tercer mejor sitio de Noruega que he visitado, pero cada lugar es tan distinto dependiendo de la gente con la que viajas… que es difí­cil decidirse. Sobre todo cuando hay tantas historias, anécdotas, buena gente, cervezas, rayas y ovejas.

Esquí alpino en Norefjell

Otra de las pistas famosas de Noruega es Norefjell, de las más cercanas a Oslo que hay y que se aprovechó como pista olímpica en el 52 para los juegos de invierno. El día que fuimos a esquiar lo decidimos a última hora y más me valdría no haber ido.

Parte de las pistas del resort

Yo ya iba arrastrando un catarro bastante fuerte que amenazaba anginas inminentes, así que fuí un poco con miedo porque no daban precisamente buen tiempo. Y así fue. Nos comimos un temporal bastante grande que evitó que subiésemos más allá de la mitad de las pistas, aunque una vez nos animamos y lo hicimos hasta arriba. Fue un error bastante grande porque había una ventisca y un frío increible. Además yo iba con gafas de sol en lugar de llevar unas de ventisca que protegen mucho más la cara y los ojos. Entre la niebla y la nieve, no se podía distinguir nada. Hacía muchísimo tiempo que no experimentaba la sensación de no saber dónde empieza el cielo y dónde la tierra, cuando todo es blanco a tu alrededor.

Atardecer en las pistas de Norefjell

Pero aprovechamos el día lo que pudimos, lo cual tampoco estuvo tan mal, pero la próxima vez me aseguraré de que hay un pronóstico de tiempo bueno.