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Kongsvinger Maraton

Este fin de semana corrí la media maratón de Kongsvinger. Fue algo bastante imprevisto que decidí dos días antes de la carrera. Me apetecía correr una media y justo el sábado había una relativamente cerca.

Kongsvinger es una comuna que limita con Suecia y cuya capital lleva el mismo nombre. El viaje en autobús hasta la ciudad es de algo menos de dos horas así que vi factible ir y volver en el mismo día ya que la carrera empezaba a las 13:00. El mayor problema era ir desde la estación de autobuses hasta el lugar de comienzo de la carrera, que estaba a unos cuatro kilómetros al norte. Contacté con la oficina de turismo y con la organización de la carrera para preguntar por medios de transporte público disponibles. Desde la oficina de turismo se me dijo que no había nada, que tendría que ir en taxi o andar. Solo por montarse en un taxi en Noruega ya te cobran casi 30 euros, así que una caminata antes de la carrera no me vendría nada mal para estirar las piernas.

El día antes me contestaron de la organización. Alguien iba a pasarse por la estación a buscarme y llevarme a la línea de salida. Me recomendaban coger el autobús de las 09:50 y a las 11:40 cuando llegase, alguien estaría allí esperando. Yo había contado con madrugar bastante más porque tendría que caminar, pero hice lo que me dijeron.

No contaban con que mi autobús se estropease y llegase con una hora de retraso, un poco más tarde de las 12:40 y con casi 15 escasos minutos para llegar al lugar, inscribirme, recoger el dorsal, cambiarme, ponerme el chip en la zapatilla y echar a correr.

Mientras me inscribía, me cambiaba de ropa delante de las amables señoras que repartían dorsales y les pedí si por favor, me podían poner el número en la camiseta. Metí la ropa en la mochila hecha una bola y les tiré la mochila para que me la guardasen. Salí pitando hacia donde suponía que estaba la meta porque allí no quedaba nadie, tan solo la gente que había estado animando a los que acababan de pasar. Llegué corriendo y pregunté en qué dirección había que ir, me indicaron apresuradamente con el dedo metiéndome prisa. ¡Sí! ¡Ya sabía que llegaba tarde!

Momento que yo me perdí (foto del periódico local Glåmdalen)

Mientras corría, ponía en marcha el reloj. Y tardó bastante en encontrar los satélites para recibir señal GPS, principal motivo por el que la distancia que marca no es la de una media maratón sino algo menos. No sabía cuánto tiempo antes habían salido los demás. No quería ir solo porque tampoco sabía si el trazado iba a estar bien señalizado y siempre viene mejor seguir la estela de corredores. Los espectadores que todavía quedaban por la zona me miraron bastante extrañados al verme pasar.

Saber que había salido el último me dio un extra de motivación increíble. Me había propuesto ver a cuánta gente podía adelantar y restando el tiempo que marcase mi reloj al que luego me diesen como resultado oficial, sabría el tiempo que les dejé de ventaja 🙂

El trazado discurría por pista salvo unos cuantos tramos al comienzo en los que había que cruzar una marisma por encima de unos tablones. Ahí me picaron todos los mosquitos de Noruega pero no me di cuenta hasta después de acabar la carrera. Me lo pasé muy bien durante la misma. Jugué con muchos de los corredores a los que adelantaba. Notaba como muchos intentaban seguir mi ritmo durante un rato mientras resoplaban como búfalos, a algunos incluso les esperaba para luego apretar y dejarles tirados. Otros a los que pasaba limpiamente, me miraban de reojo con cara de malos amigos mientras lo hacía. Me di cuenta realmente de lo competitivos que son los noruegos y lo mal que llevan que les adelanten.

ènicamente caminé en un par de cuestas con pendiente pronunciada para no agotarme en exceso. Llegué a la línea de meta cuando mi reloj marcaba 1h40m54s y como tiempo oficial me anotaron 1h43m59s. Les di tres minutos de ventaja. En cuanto a la clasificación general, de los 148 participantes acabé en el puesto 53, aunque quitando ese tiempo de ventaja podría estar muy cerca del top40. No puedo quejarme porque adelanté a prácticamente 2/3 de los corredores. Toda una proeza.

Como la vez anterior dejo una crónica de la carrera en noruego y la página de estadísticas de la carrera.

El premio por terminar la carrera era un vaso de diseño escandinavo con una inscripción de la Kongsvinger Maraton. Concretamente, un vaso para beber whisky. Estos noruegos…

La vuelta la hice dando un paseo hasta el centro con baño en el río incluido. Esta vez el autobús a Oslo no tuvo ningún problema.

Camino de vuelta al centro

 Ruinas de antiguo puente

Vista del centro desde la otra margen del río

De Rositas y Margaritas‚ Capí­tulo VI (Aquí­ huele a muerto. Pues yo no he sido)

Desde que llegué a Noruega vengo notando algo un poco desagradable, que sin lugar a dudas es molesto y sobre todo, me provoca una intriga increíble en cuanto a la razón científica de los motivos que lo produce. Me refiero a la expulsión de gases a traición, es decir, los pedos silenciosos.

El primer lugar donde lo noté fueron los bares, espacios cerrados herméticamente para evitar que entre el frío de fuera, música con volumen alto y con un montón de gente apiñada y luchando por un hueco donde asentarse para tomar su cerveza. Vamos, el lugar perfecto para cometer la fechoría. Hay dos tipos de efecto cuando alguien suelta un gas a traición; el primero es cuando se forma un círculo y la gente se tapa la nariz descaradamente, entre ellos el autor de la obra, con lo que su evacuación no se descubre. La segunda reacción es la de aguantar estoicamente en la posición, pero la gente se observa levantando ligeramente la aleta de la nariz con cara de asco.

Aquí ya estaba implantada la ley anti-tabaco así que me preguntaba si es que el humo del tabaco en España cubre ese olor hediondo, pero tengo mis serias dudas.

Tirarse pedos es algo muy natural y humano, pero la cantidad de ellos que pueden notarse por noche me hace dudar que los noruegos no tengan un grave problema de soltura de esfínter.

Así que con mi habitual curiosidad por estudiar cosas totalmente inútiles me dispuse a intentar averiguar qué es lo que hace que Noruega tenga un aire tan fétido en determinados lugares llenos de personas. Tras mucho pensar y pensar, me acerqué a una posible solución, la alimentación. Que principalmente los desalojos se produzcan en los bares podría ser un buen indicativo de que la cerveza es uno de los detonantes de la bomba. Pero no es una regla universal. Recuerdo que durante la ceremonia de inauguración del mundial de esquí nórdico, tú estabas tranquilito en tu lugar y la gente que pasaba, se cagaba. Por lo que tuve que agudizar un poco más mi ingenio y entonces llegué al pan. En Noruega se come pan con mucha fibra, cereales y frutos secos. Es una bomba calorífica, y lo consumen a todas horas. No hay comida del día en la que no tengan un par de buenas rebanadas de pan untado en diversas salsas y cremas.

No he encontrado ningún otro motivo de peso que pueda producir estos desafortunados momentos, por lo que me quedaré con el pan como culpable. Tal vez la prueba definitiva fuese comerlo en cantidades industriales para ver si provoca los mismo efectos en mi propio organismo, pero quién sabe, tal vez solo sea algo genético o de la cultura del país…

De Rositas y Margaritas‚ Capí­tulo V (Vivo en el paí­s más feliz del mundo)

Noruega suele salir en las noticias cada año por encabezar diversas listas que lo clasifican como el mejor país para vivir del mundo. Se suelen cuantificar características como el bienestar, la prosperidad económica, la educación y la esperanza de vida. Viviendo aquí me he dado cuenta que es cierto todo eso. Viendo la realidad de esos baremos utilizados para calificar un país como el mejor para vivir, se ve que están muy por encima de muchos otros países. Hay que decir que los sucesivos gobiernos y su manera de invertir el capital del petróleo han sido clave en todo esto.

Y os preguntaréis: “Pero bueno Fernando, ¿hemos venido a meternos con los noruegos o a qué? ¿cuándo empieza lo interesante?”. Pues ahora.

Esas estadísticas valoran términos tan amplios, tan genéricos y abstractos que luego cuando estás aquí, ves que no son suficientes ni son fácilmente cuantificables.

No discutiré que hay prosperidad económica, porque siendo el tercer exportador mundial de petróleo en un planeta movido por el oro negro, inevitablemente trae un montón de pasta. También bienestar porque cuando hay dinero, las cosas funcionan mejor, desgraciadamente.

Pero si todo fuese tan bonito como lo pintan, ¿qué necesidad tienen los habitantes del país de la felicidad de escapar cada vez que tienen ocasión? En otoño e invierno el éxodo es descomunal, pero el frío y la luz no son excusa para ello, porque en verano la cantidad de gente que se va de Noruega es parecida.

Para ser una gente que ha vivido toda su vida en condiciones como las que hay en Noruega, no pierden ocasión de quejarse por el frío o que llueva tanto en verano. Es curioso que para estas cosas sí que se quejen pero para otras que pueden ser solucionables, no.

Compran cosas fuera porque son mas baratas, incluso se dan paseos en coche hasta Suecia para volver cargados hasta los topes. Saben que con eso evitan pagar muchos impuestos pero aun así se enorgullecen de la cantidad de protecciones sociales que tienen, eso sí, siempre que las paguen otros.

La sanidad es muy deficiente. Los médicos no profundizan en la enfermedad y confían en que se curará solo. Muchas veces deriva en problemas más graves por un diágnostico incorrecto. No estoy de acuerdo en empastillar a la gente, pero tampoco en que el cuerpo humano por sí solo deba hacerlo todo.

En cuanto a la educación, merecería un artículo por separado, pero lo resumiré en que el maravilloso préstamo que ofrece el gobierno para estudiar, te convierte en un esclavo del estado hasta que lo devuelvas. Es prácticamente inviable devolver el préstamo con un sueldo que no sea del país.

Así que los que hacen esos estudios sobre el mejor país para vivir, que se vayan a vivir una temporadita a los países que incluyen en la lista.

De Rositas y Margaritas – Capítulo III (Viajar es un placer)

Viajar con los noruegos es una cosa bastante curiosa. Yo creo que es uno de los países en los que la gente más viaja al extranjero, por la sencilla razón de que sale más barato ir de vacaciones fuera que quedarse en casa haciendo vida normal. Ojo que yo también sigo esa premisa, no reprocho nada a los noruegos por ello. El único problema es que para ellos las vacaciones empiezan en el momento de despegue del avión y ya en él comienzan a consumir importantes cantidades de alcohol y a armar una gresca increíble comparada con la que pueda montar un grupo de españoles borrachos, sumado a que suelen tener bastantes críos y viajar con ellos. Si además el vuelo es de Ryanair, ríete tú de los viajes en autobús de las películas de Paco Martínez Soria.

Pero no hay que ir fuera de Noruega o que estén borrachos para ver que algo raro pasa entre ellos y los medios de transporte. Un simple viaje en autobús o metro es una odisea. Normas tan básicas y de sentido común como decir perdón para pedir paso y poder salir, o esperar a que la gente salga del medio de transporte antes de intentar entrar, son sustituidas sistemáticamente por empujones sin sentido como si el simple hecho de entrar o salir fuese cuestión de vida o muerte.

Sí, también hay carteles con el mensaje “dejen salir antes de entrar“.

De verdad que a veces me hacen pensar que el resto de gente no les importa y pasan de interactuar o comunicarse con ellos.