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Viaje a China: Huangshan (Montaña Amarilla)

Como ya adelantaba en la entrada sobre Shanghai, justo en medio de los días que pasamos allí aprovechamos para ir a una zona montañosa situada al sur de la provincia de Anhui. Huangshan es una cordillera declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO que destaca por sus bosques, grandes bloques de granito, amaneceres y atardeceres, y las místicas nubes que aparecen frecuentemente.

El método de transporte que utilizamos para llegar fue el tren nocturno, al que ya empezábamos a coger cariño después de tantos kilómetros recorridos. Desde Shanghai llevó unas ocho horas aproximarnos en tren a la ciudad más cercana, pero luego hubo que ir en taxi-furgoneta hasta la entrada al parque durante otra hora más.

Tren nocturno chino

Nuestro compartimento con chinos madrugadores

La idea era llegar al hotel que habíamos reservado, el Paiyunlou, desde una de las entradas al macizo más cercanas a él en la zona Este y que estaban a mayor altura, por lo que no tendríamos que ascender demasiado con todo lo que llevábamos en la mochila. Por desconocimiento, equivocaciones varias y dejarnos llevar por la marabunta de chinos, hicimos justo lo contrario a lo que queríamos: subir por la ruta con más pendiente y más alejada del hotel. Pero de ésto no nos dimos cuenta hasta unas horas después al ver que no parábamos de subir y subir sin llegar a ninguna parte reconocible en nuestro modesto mapa.

Hay que dejar claro sobre esta montaña antes de que veáis más fotos, que de salvaje y lugar sin explotar, tiene más bien poco. Podría considerarse un gran parque de atracciones en medio de un entorno natural. Para acceder a las zonas más altas existen escalones de piedra, teleféricos y porteadores. Una vez arriba hay hoteles con bastante confort y servicios. También se puede comprar cualquier cosa aunque a precios más altos porque todo lo que se sube, se hace mediante porteadores. A pesar de lo turístico que es el lugar, no tiene desperdicio y merece la pena la visita.

Escaleras de subida

Escaleras de subida al comienzo

Montañas

Vistas desde el camino

Fusión en Huangshan

¡Fuuuuuusión!

Como escogimos un viernes para empezar la ascensión, no encontramos demasiada gente y pudimos disfrutar al máximo de todos y cada uno de los miradores que había. Varios de los picos estaban cerrados y no se podía ascender a su cumbre así que nos perdimos alguna que otra cosa. Había escaleras en todas partes, para ir a cualquier sitio y no me imagino cómo podría ser la ascensión sin ellas, pero prácticamente imposible.

Grieta en la montaña

Incluso en esta grieta había una escalera

Escaleras

Si ponéis atención puede verse una escalera que sube hasta la cumbre

Poco a poco y escalón a escalón, llegamos a la zona central del macizo donde ya había mucha más gente, también había bares, restaurantes y vendedores. Durante la subida no nos parecía que fuese a haber tanto movimiento por lo pendiente de la ascensión, pero los chinos en teleférico no tienen miedo a eso.

Árbol en Huangshan

El conocido Pino de la Bienvenida que se dice tiene unos 1.500 años

Haber llegado hasta aquí no significa que ya estaba todo hecho pues había que cruzar toda la parte alta de la montaña con subidas y bajadas constantes. Durante el recorrido vimos cosas curiosas como barras para separar el camino en dos carriles o porteadores derrengados tras cargar gente.

Porteadores descansando

Dos porteadores descansando

También nos detuvieron muchos chinos que querían sacarse fotos con nosotros. Tenía su gracia al principio, pero luego se volvió un poco cansino, sobre todo con cierta gente que veías cómo nos sacaban fotos disimuladamente a escondidas.

El sol se iba poniendo poco a poco y el paisaje mejoraba por momentos, pero yo estaba preocupado por que no se nos hiciera de noche antes de llegar al hotel, que supuestamente estaba cerca.

Pagoda puesta sol

Pagoda durante el atardecer

Puesta de sol

Puesta de sol entre las montañas

Puesta de sol

Ese del sombrero soy yo

Tras deleitarnos nerviosamente con las vistas que nos ofrecía Huangshan durante el atardecer, llegamos al hotel prácticamente de noche y respiramos aliviados mientras comíamos una de las últimas cenas que servían. Había que madrugar muchísimo para ver la salida del sol que todas las guías decían que era maravillosa, así que fuimos pronto a dormir.

El despertador sonó a las 4 y media de la mañana, no habíamos descansado debidamente después de todo el palizón del día anterior, pero había que descubrir lo que Huangshan tenía que ofrecernos. Aunque todavía era de noche, se notaba cierta neblina que igual no dejaba ver la salida del sol, pero ya que estábamos despiertos, no podíamos dejar escapar la ocasión. Con los frontales en la frente, seguimos a un grupo de chinos que parecía que sabía dónde iba y no nos defraudaron. En la ladera de una pequeña colina y con el primer clareo del día, nos sentamos para ver el sol levantarse por encima del horizonte montañoso. Desafortunadamente había ciertas nubes bajas que impedían que el sol despuntase por la línea que formaban los picos y no era tan espectacular.

Amanecer

La salida del sol no fue tan maravillosa como la pintaban por culpa de las nubes bajas

Turistas chinos

No fuimos los únicos que madrugaron esa mañana

A pesar de ser tan temprano, los turistas chinos parecían salir de entre las piedras y de la manera más ruidosa posible. No seguimos durmiendo y fuimos a dar un paseo por los alrededores del hotel así que fuimos viendo la evolución de tanto chino circulando según el teleférico descargaba más y más gente en las montañas. Llegaban en familia, grupos pequeños y viajes organizados, a gusto del consumidor. Muchos llevaban sus guías que explicaban a saber qué a golpe de megáfono, resonando por todas las montañas con un murmullo cansino.

Chinos madrugadores

Grupo de turistas atendiendo las explicaciones del guía

Dimos el paseo de rigor por la zona para que no quedase nada sin descubrir y disfrutamos de las vistas que había desde una zona tan privilegiada. Desde luego las autoridades chinas han acondicionado el lugar perfectamente y sin que desentone demasiado con el entorno como puede verse en la mayoría de las fotos, donde a pesar de que todo esté reformado, guarda un estilo muy peculiar e integrado con el resto.

Pasarela

Una de las múltiples pasarelas construidas

Tras unas horas de caminata, volvimos al hotel para recoger las cosas, desayunar y emprender la ruta de retorno por el mismo camino que usamos al venir. Iríamos con calma puesto que teníamos todo el día para ello. Nuestro tren nocturno de vuelta a Shanghai no salía hasta esa noche y podíamos perder el tiempo cuanto quisiésemos.

Lo que nos encontramos durante el camino es indescriptible. Era como si todos los chinos de la provincia hubiesen decidido visitar Huangshan en ese mismo día. Ahora entendíamos las barreras que dividían el camino en carriles en ciertos puntos y las señales para mostrar la dirección en algunos cruces. Todo estaba repleto de chinos hasta rebosar. ¡Si hasta había guardias dirigiendo a las masas por los caminos! Teníamos que avanzar en una interminable línea de gente que iba extremadamente lenta.

Gentío por las paredes

Aquí puede verse la cantidad de gente

Cola en camino

La maravillosa línea de chinos que no avanzaba

En algunos puntos de parada, como miradores y similares, había tal colapso de gente que lo único que querías era salir corriendo para escapar cuanto antes.

Como tanta gente nos estresaba, aceleramos cuanto pudimos la marcha para llegar al teleférico y emprender la huida. No podía considerarse deshonroso bajar en él después de haber subido el día anterior cargando con las mochilas.

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Momento relajante durante la huida

Ya abajo, pasamos la tarde haciendo tiempo, sin tanta gente a nuestro alrededor, que aún así la había, pero no tan masificada.

Y esta fue nuestra pequeña aventura de fin de semana en Huangshan, lugar místico que siempre será recordado por los megáfonos de sus guías.

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El origen del avatar

Hace no mucho aumenté la calidad del avatar que suelo utilizar como imagen por defecto para redes sociales y otros sitios en los que piden imagen de perfil. Para ello tuve que rebuscar en el baúl de las fotos viejas y conseguir el original de alta calidad que estaba perdido en un disco duro. El resultado fue el siguiente:

Mi nuevo y flamante avatar de alta calidad

El proceso de generar la imagen de nuevo me hizo recordar el momento exacto en el que tomé la foto en la Collada del Agua, muy cerca del refugio de Cabrones. Lo hice colocando la cámara en automático encima de una piedra bastante entornada y por eso la imagen está ligeramente torcida. Los colores y sombras son los que allí había, era una puesta de sol digna de ver aunque llegásemos un poco tarde.

 

La foto original sin recortar

El mar de nubes, el pequeño pico de la montaña que sobresale por entre ellas, el afilado perfil de la cordillera más cercana y el sol ya tapado pero iluminando la zona es una de las imágenes más impresionantes de Picos que tengo guardadas en mi memoria.

Vista que se mostraba desde la collada

Ascensión al Monte Kenya IV (Refugio MCK – Refugio austríaco – Punta Lenana)

Y a las 2 de la mañana sonó el despertador. Esa noche no dormí apenas nada, únicamente una hora al principio. Luego me despertó un fuerte dolor de cabeza y entré en una especie de letargo en el que con los ojos abiertos cambiaba de posición cada cierto tiempo pero era incapaz de dormir. Hablando con el resto más tarde me dijeron que les pasó lo mismo a casi todos.

Llegaba el momento de la verdad. Los que estaban dispuestos a salir informaban que el cielo estaba despejado, había una luna espléndida y se veían bastantes estrellas. Yo, todavía dentro del saco, le pregunté al chico holandés qué iba a hacer. No veía el plan claro así que ni se lo planteaba, seguiría durmiendo hasta las 8 y bajaría con uno de los porteadores. Es cierto que después de no haber dormido nada y el cansancio acumulado del día anterior, me sentía bastante aliviado con su decisión, pero la cabra tira para el monte, todos sabéis eso. Mientras preparaban sus cosas, los otros tres componentes del grupo me preguntaron qué iba a hacer yo. Y se hizo la luz, me propusieron acortar su expedición un día para volver el lunes a Nairobi. Me decían que ya habían tenido bastante Monte Kenya tras el palizón de la jornada anterior y lo que se preveía para ese día. Agradecidísimo salí del saco, me puse la ropa que todavía no había secado, organicé la mochila, me cargué de barritas de cereales y la última tableta de Kvikk Lunsj, el snack de las rutas noruegas por excelencia, dispuesto a salir pitando hacia la cumbre. No desayunamos debidamente, lo cual fue un grave error, pero estuve comiendo barritas durante un buen trecho.


Empezando a caminar a las 2 de la madrugada

Con todo este ajetreo, nos pusimos en marcha alrededor de las 2:15 con más moral que fuerzas. Encendí el frontal durante un rato pero lo único que hacía era molestar, la luz de la luna era suficiente. No sé si por el hecho de estar recién levantados y haber pasado mala noche me notaba mucho más cansado que el día anterior. Sentía que el corazón iba aceleradísimo. Me habría gustado saber el número de pulsaciones por minuto exactas en ese momento, pero rondarían las 180 aunque íbamos tremendamente despacio. La primera parte de la ascensión transcurre por una pedrera que me recordaba bastante a la del Curavacas pero con una pendiente aun mayor. Veía como las fuerzas se me iban escapando muy poco a poco, sólo me preguntaba si no se me acabarían antes de llegar a la cima.

Unas nubes bastante feas aparecieron por detrás del Batian, la cumbre más alta y empezaron a cubrir todo en un visto y no visto. Yo notaba que algo iba mal, me estaba agotando después de unas dos horas de ascensión y quedaba todavía un buen trecho, quizás pensar en ello hacía que me agotase todavía más y más. El cielo ya estaba totalmente cubierto y muy oscuro. Apenas había claridad de la luna y, entre eso, la neblina que se estaba formando y que era de noche se tienen los motivos por los que no hay fotos de este tramo, apenas se veía nada.

Llegamos a la zona de nieve, en mi caso bastante exhausto, y caminar por allí teniendo que dar patada en la nieve para abrir huella fue la gota que colmó el vaso. La única chica que quedaba del grupo también empezó a tener serios problemas. Se paraba cada 100 metros para tomar aire y a mí me rompía bastante el ritmo.

El guía nos animaba, decía que había un refugio a una media hora andando al ritmo que íbamos y nos daba algo de esperanza saber que había un sitio caliente donde poder descansar un rato porque yo no me sentía con ánimos ni fuerzas de dar la vuelta. Hicimos una parada para descansar, beber y comer algo, recobrar fuerzas y abrigarnos porque cada vez hacía más frío. Fue ponernos en marcha y empezar a soplar el viento, un viento tremendamente frío y fuerte que la ropa no conseguía parar y se colaba hasta los huesos.

La marcha ya era totalmente penosa, la única opción era seguir avanzando porque con semejante tiempo no cabía la posibilidad de dar la vuelta. Los síntomas de mal de altura empezaron a volverse más y más fuertes. Ahora tenía un fuerte dolor de cabeza, ganas de vomitar y sentía, siendo sincero, que en cualquier momento me iba a ir por la pata abajo. Nunca antes había estado tan mal en montaña, tan al límite. De hecho una de las veces que paramos para retomar el aliento, apoyé la cabeza en el bastón y me debí quedar dormido durante unos 30 segundos. Cuando levanté la cabeza, las tres personas que iban delante mío ya estaban a cincuenta metros de mí. Seguí caminando.

Alguien le preguntó al guía cuánto quedaba hasta el refugio y contestó: “Cinco minutos”. Aquello nos ayudó a hacer el último esfuerzo para poder llegar al refugio austríaco.

Llegaríamos en torno a las 5:30, ateridos de frío y todavía de noche. Un grupo de tres amigos nos hizo un hueco en su habitación mientras desayunaban y nos prestaron sus sacos para taparnos y entrar en calor. Nos ofrecieron té y algo de comer pero yo lo rechacé porque notaba que si metía algo al estómago, automáticamente iba a devolver. La chica y uno de los chicos dijeron que para ellos se acabó el Monte Kenya por el momento, viven en Nairobi y pueden volver en cualquier otro momento. Jorge, el otro chico, se recuperó rapidísimo y ya con la idea de subir a la cumbre junto a nuestro guía, John. Éste nos dijo que la subida a la cumbre serí­an unos cincuenta minutos y luego veinte o treinta de bajada. Algo factible pero que me parecí­a una bestialidad en ese momento.

Tiritando de frí­o aun, fui capaz de beber  y comer algo. Me sentó muy bien pero seguí­a con el frí­o metido en el cuerpo. De nuevo me preguntaban qué iba a hacer, si me quedaba o subí­a con ellos. Hecho una bola dentro del saco que me prestaron les pedí­ diez minutos para descansar y ver cómo me encontraba. Pasado ese tiempo les dije con mucho pesar que no iba a poder ser, que lo habí­a pasado muy mal e iba a tardar en recuperarme.

Empezaron a reorganizar sus mochilas y ponerse más capas de ropa mientras yo les miraba con muchí­sima envidia. Jamás olvidaré ese momento en el que salí­ del saco y dije en voz alta: “Estoy zumbao”. Me puse toda la ropa que tení­a, me até las botas, bebí­ agua y me comí­ el Kvikk Lunsj que me quedaba.

Nos pusimos a caminar los tres entre la niebla y afortunadamente el viento habí­a desaparecido. Ahora me encontraba mucho mejor después de haber descansado debidamente. No sé qué habrí­a pasado si no hubiese estado ese refugio durante el camino. Lo que quedaba hasta la cima estaba bien pisado y salvo un par de pasos en los que habí­a que trepar, no era muy difí­cil.

Poco antes de llegar a la arista del pico vimos un claro en el cielo, parecí­a que estaba despejando. A lo mejor llegábamos a la cumbre y podí­amos ver algo. Así­ fue. La fortuna sonrió a los valientes.

Momento en que llegamos a la arista y vimos que al otro lado estaba despejando

Cuanto más cerca estábamos de la cumbre, más rápido avanzábamos y en mi caso empecé a sentir una sensación de euforia muy grande. ¡Lo í­bamos a conseguir después de todo lo que habí­amos sufrido!

Disfrutando de las vistas y del amanecer

Se nota que todo esto eran antiguos glaciares

Más vistas desde la cumbre

Gente disfrutando de las vistas después del esfuerzo

No éramos los primeros que llegaban a Punta Lenana ese dí­a ni los últimos, pero todos tuvimos la pequeña recompensa de que despejase bastante y pudiésemos maravillarnos de las vistas. La prueba de la cima va a continuación, nótese la cara de frí­o que llevaba.

Y aquí­ está, la prueba de la victoria

Las cumbres más altas del Monte Kenya, Batian y Nelion

Los últimos supervivientes de la expedición con nuestro guí­a John

Llegaba el momento de empezar a bajar aunque no quisiésemos. Y lo hicimos bien rápido. Llegamos al refugio donde nos esperaban nuestros amigos en aproximadamente veinte minutos, como predijo John.

Punta Lenana desde el refugio austrí­aco

El refugio austrí­aco, el que fuera nuestra salvación

Ahora sí­ que pudimos tener alguna que otra vista de por dónde subimos, aunque poco tiempo tuvimos porque bajamos muy rápido. Habí­a ganas de volver al refugio y descansar el resto del dí­a.

Primera zona de nieve en la que casi nos quedamos durante la subida

La bajada es mucho más fácil ¿eh?

La zona de pedrera que ahora bajé saltando

Una vista atrás donde se distinguen bien las dos zonas

El pequeño valle donde estaba nuestro refugio

Lo que queda de jornada lo pasamos metidos en el refugio descansando, aunque dimos algún que otro paseo por los alrededores. Lo que más nos ayudó a recuperarnos, fueron los noodles calentitos de siempre. Vaya cosa más sencilla y menudo manjar si se comen en el momento adecuado.

Hora de comer avena y noodles de los ricos para recuperar fuerzas

Nota: Las horas en el track están mal, se me olvidó cambiar el huso horario y marca dos horas menos de la realidad. El fallo se repite en todos los tracks de esta serie.

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Ascensión al Monte Kenya III (Estación Meteorológica – Refugio MCK)

Los comienzos de la ruta transcurren por una pista asfaltada, que se agradece a la subida por lo cómodo pero se maldice durante la bajada al ser el último tramo justo antes de llegar al coche. De todos modos no tarda mucho en desaparecer y convertirse en un camino estrecho que discurre por un bosque. El bosque es un tanto peculiar como puede verse en las fotos siguiente ya que los árboles son brezos pero de un tamaño descomunal y tienen una especie de líquenes colgando de sus ramas. Si le añadimos la neblina que había en ese momento, parecía que fuese a salir un gorila gigante o un orco de El Señor de los Anillos de entre las ramas para darnos un susto de muerte.

Primeros momentos de la ascensión por el bosque

Como estaba amenazando lluvia, usé una bolsa de basura para cubrir la mochila a falta de una funda en condiciones. La dichosa bolsa aguantó muy bien toda la excursión y tuvo un final bastante triste, sirvió para tirar la basura acumulada. Durante todo el recorrido por el bosque fui bastante precavido, con paso corto y respiración muy calmada. Mejor dicho, fui precavido durante toda la ruta. No sabía cómo me iba a afectar la falta de oxígeno a esta altitud y no quería dar problemas al resto.

El invento de funda que llevaba para la mochila

Poco a poco seguimos subiendo. Empezaba a notar una sensación extraña que no sabría describir muy bien. Era algo así como estar soñando, uno de esos sueños en los que te sientes pesado y avanzas muy lentamente. Poco a poco apareció un ligero dolor de cabeza. Ligero, pero constante y molesto. Todas las sensaciones empezaron a desaparecer cuando la lluvia llegó. Una lluvia fina que nos acompañó prácticamente hasta el final del día y que mojaba más nuestra moral que la ropa. Los guías y porteadores, gente lista y preparada, sacaron sus paraguas y siguieron como si nada.

Y empezó a llover a mares…

El grupo continuaba lentamente pero siempre hacia delante y los síntomas de mal de altura empezaban a ser bastante fuertes en alguna gente del grupo. Yo de momento iba bien, con paso corto y bebiendo agua cada poco tiempo parecía que el dolor de cabeza desaparecía a ratos. Entonces ya vimos que alguien del grupo no iba a poder seguir subiendo, los síntomas no mejoraban e incluso iban a peor. Al típico dolor de cabeza se sumaban las nauseas y los mareos, así que su única opción era bajar. Otras tres personas quisieron bajar con él para acompañarle. El problema es que estas cuatro personas eran las de mi grupo, el que iba a estar tres días y con los que iba a volver a Nairobi. Me convencieron para que me quedase y siguiese hacia la cumbre, eso sí, tendría que bajar al día siguiente con el chico holandés que iba a hacer cumbre y volver a la estación meteorológica en el mismo día si quería volver a la ciudad con ellos.

Por lo tanto nos separamos. Solo quedamos cinco, con uno de los guías y tres porteadores. Supongo que ver que ni siquiera habíamos llegado a los 4000 metros de altura y ya empezábamos a perder gente no vino demasiado bien para la moral. Pero seguimos.

Lo que quedaba del grupo después de separarse

La lluvia no paraba. Era como si alguien se hubiese olvidado de cerrar el grifo y aquello no tenía fin.

Hubo un momento entorno a los 3800 msnm que me paré y respiré hondo. Los pulmones se llenaban muy fácilmente pero ahí no había chicha, algo faltaba porque quería más y más. La falta de oxígeno en el aire se notaba en cada respiración y a cada paso que dabas. El corazón bombeaba a toda potencia a pesar de que la velocidad que llevábamos era muy lenta. El cansancio era extremo, pero simplemente seguías andando y andando, intentando abstraerte de todos esos inconvenientes y sobre todo, de la maldita lluvia.

El tiempo no iba precisamente a mejor

Harto de cargar con la mochila y de la lluvia constante

Lo malo de todo esto es que tampoco se veía un cambio en la subida, que era todo el rato exactamente igual. No había ningún tipo de llanura o espacio para el descanso. Todo era subir y subir sin saber dónde ibas a llegar. Algunos de los componentes del grupo ya empezaban a preguntar cuánto quedaba, como los niños pequeños a sus padres desde la parte trasera del coche. Y entonces las nubes del fondo se despejaron un poquito y pudimos ver la silueta de una de las cumbres del Monte Kenya. El refugio estaba justo en la base de esa montaña.

Momento en el que empezamos a ver la silueta del monte

Aunque pudiésemos ver nuestro destino, todavía quedaba una hora larga de caminata por el valle. Un valle bastante curioso por la vegetación y los pequeños damanes que estaban por todas partes. Hasta hace muy poco estos animalejos eran considerados como los parientes vivos más cercanos a los elefantes aunque no es del todo correcto. Amenizaron bastante el último tramo hasta llegar al refugio porque correteaban por todo el lugar y se paraban a observarnos atentamente.

El lugar estaba repleto de damanes

Derrengados. Esa es la palabra que mejor define cómo llegamos al refugio. Y calados hasta los huesos. Ni nos planteábamos lo que hacer al día siguiente. Si el primer día ya habíamos acabado así y estábamos a escasos 4300 msnm, ¿qué pasaría al siguiente? Preparamos una cena de campeones que sentó tremendamente bien. Los noodles calentitos después de la mojadura sabían mejor que un solomillo con patatas fritas.

El refugio del Mountain Club of Kenya donde íbamos a dormir

Durante toda la tarde estuvimos de relax, comentando el día y sufriendo bastante dolor de cabeza. Los afortunados que no tienen alergia al ibuprofeno  o las aspirinas empezaron a doparse para paliar el pinchazo constante en la sien. Mi única manera de que parase era bebiendo agua cada poco tiempo. Y cuando menos lo esperaba, volvía.

Justo antes de dormir, discutimos el plan del día siguiente. Nos despertaríamos a las 2 de la mañana para poder llegar a la cima en el momento del amanecer. De todos modos, si a las 2 llovía, abortaríamos la misión, continuaríamos durmiendo y a las 8 ó 9, de vuelta para abajo. Mi única alternativa era hacer lo mismo que el holandés si quería volver con el resto de gente que me esperaba en la base. Si él decidía no intentar encumbrar, tendría que conformarme con haber llegado hasta donde estaba y emprender el camino de regreso. Cuando apagamos la luz para dormir, el compañero estaba bastante seguro que al día siguiente iría directo a casa después de todas las penurias de esa jornada.

Nota: Las horas en el track están mal, se me olvidó cambiar el huso horario y marca dos horas menos de la realidad. El fallo se repite en todos los tracks de esta serie.

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Ruta: Spiterstulen – Galdhøpiggen

Desafío Cantabria vs Noruega miniY aquí va, el intento de subir a la montaña más alta de Noruega. Sí, es un intento, no conseguimos llegar a la cima pero estuvimos muy cerca. Por mucho que estuviese prácticamente un año sin ir a la montaña, no iba a perder las buenas costumbres: rajarse a 200 metros de la cumbre 🙂

En parte no pudimos hacer cumbre porque empezamos a andar bastante tarde, de hecho éramos los últimos de toda la tropa que subía y a mitad de ruta ya nos cruzamos a bastantes que estaban bajando.

Subida desde Spiterstulen

Río cercano a Spiterstulen

El primer tramo del recorrido fue bastante tranquilito. Aunque la subida era constante y pronunciada, el tiempo nos respetó bastante bien. Solo llovió en algunos tramos, casi el mismo tiempo que el sol aparecía entre las nubes.

Picos al oeste de Spiterstulen

Picos al oeste de Spiterstulen, en el interior de Jotunheimen

Aprovechamos para contemplar el paisaje mientras no alcanzásemos las nubes y la niebla, momento en el que íbamos a ver nada más allá de los 10 metros.

Montañeros bajando

Gente bajando mientras nosotros nos empeñábamos en subir

Una vez sobrepasada la primera parte, más verde de lo normal por la proximidad del río y la cota más baja, la vegetación desaparece y únicamente quedan piedras, de todos los gustos, tamaños y colores. En parte se asemeja bastante al paisaje de Picos pero mucho más suavizado.

En la nieve

Tumbados en la nieve descansando

Otros tantos metros más arriba, empieza a aparecer nieve, que no se quita ni en verano y también se puede vislumbrar el glaciar Piggbreen, por donde hay otra ruta a la cumbre de Galdhøpiggen que lo atraviesa desde Juvasshytta.

Gente atravesando glaciar

Si se amplí­a la imagen, puede verse gente bajando encordada por el glaciar

Subiendo por la arista

Ascendiendo por la arista lateral del pico

Arcoiris en Jotunheimen

Pequeño arco-iris al fondo del glaciar

Al alcanzar los 2100 metros, el tiempo empeoró considerablemente, la temperatura bajó, la niebla no dejaba ver nada, una fuerte ventisca empezó a azotar, nevaba… Vamos, que todo estaba en nuestra contra. De todos modos continuamos avanzando porque no nos quedaba demasiado para la cumbre.

Subiendo a ciegas

Subiendo a ciegas con una ventisca increí­ble

Cima del Galdhøpiggen

Durante unos pocos segundos pudimos ver la última subida a la cumbre

Pero ya era tan tarde, la nieve estaba en tan malas condiciones y hací­a tan malo, que la mejor opción fue dar la vuelta y volver al coche. Con calma y sin prisa, bajamos disfrutando de nuevo del paisaje y del dí­a de montaña tan completo que habí­amos tenido.

Retirada de la cumbre

Momento de retirada con un viento muy fuerte y nevando

Puede que no se haya hecho cumbre, pero a punto estuvimos como indica el track aquí­ debajo. Casi podemos decir que estuvimos allá­.

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