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Viaje a China: Huangshan (Montaña Amarilla)

Como ya adelantaba en la entrada sobre Shanghai, justo en medio de los días que pasamos allí aprovechamos para ir a una zona montañosa situada al sur de la provincia de Anhui. Huangshan es una cordillera declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO que destaca por sus bosques, grandes bloques de granito, amaneceres y atardeceres, y las místicas nubes que aparecen frecuentemente.

El método de transporte que utilizamos para llegar fue el tren nocturno, al que ya empezábamos a coger cariño después de tantos kilómetros recorridos. Desde Shanghai llevó unas ocho horas aproximarnos en tren a la ciudad más cercana, pero luego hubo que ir en taxi-furgoneta hasta la entrada al parque durante otra hora más.

Tren nocturno chino

Nuestro compartimento con chinos madrugadores

La idea era llegar al hotel que habíamos reservado, el Paiyunlou, desde una de las entradas al macizo más cercanas a él en la zona Este y que estaban a mayor altura, por lo que no tendríamos que ascender demasiado con todo lo que llevábamos en la mochila. Por desconocimiento, equivocaciones varias y dejarnos llevar por la marabunta de chinos, hicimos justo lo contrario a lo que queríamos: subir por la ruta con más pendiente y más alejada del hotel. Pero de ésto no nos dimos cuenta hasta unas horas después al ver que no parábamos de subir y subir sin llegar a ninguna parte reconocible en nuestro modesto mapa.

Hay que dejar claro sobre esta montaña antes de que veáis más fotos, que de salvaje y lugar sin explotar, tiene más bien poco. Podría considerarse un gran parque de atracciones en medio de un entorno natural. Para acceder a las zonas más altas existen escalones de piedra, teleféricos y porteadores. Una vez arriba hay hoteles con bastante confort y servicios. También se puede comprar cualquier cosa aunque a precios más altos porque todo lo que se sube, se hace mediante porteadores. A pesar de lo turístico que es el lugar, no tiene desperdicio y merece la pena la visita.

Escaleras de subida

Escaleras de subida al comienzo

Montañas

Vistas desde el camino

Fusión en Huangshan

¡Fuuuuuusión!

Como escogimos un viernes para empezar la ascensión, no encontramos demasiada gente y pudimos disfrutar al máximo de todos y cada uno de los miradores que había. Varios de los picos estaban cerrados y no se podía ascender a su cumbre así que nos perdimos alguna que otra cosa. Había escaleras en todas partes, para ir a cualquier sitio y no me imagino cómo podría ser la ascensión sin ellas, pero prácticamente imposible.

Grieta en la montaña

Incluso en esta grieta había una escalera

Escaleras

Si ponéis atención puede verse una escalera que sube hasta la cumbre

Poco a poco y escalón a escalón, llegamos a la zona central del macizo donde ya había mucha más gente, también había bares, restaurantes y vendedores. Durante la subida no nos parecía que fuese a haber tanto movimiento por lo pendiente de la ascensión, pero los chinos en teleférico no tienen miedo a eso.

Árbol en Huangshan

El conocido Pino de la Bienvenida que se dice tiene unos 1.500 años

Haber llegado hasta aquí no significa que ya estaba todo hecho pues había que cruzar toda la parte alta de la montaña con subidas y bajadas constantes. Durante el recorrido vimos cosas curiosas como barras para separar el camino en dos carriles o porteadores derrengados tras cargar gente.

Porteadores descansando

Dos porteadores descansando

También nos detuvieron muchos chinos que querían sacarse fotos con nosotros. Tenía su gracia al principio, pero luego se volvió un poco cansino, sobre todo con cierta gente que veías cómo nos sacaban fotos disimuladamente a escondidas.

El sol se iba poniendo poco a poco y el paisaje mejoraba por momentos, pero yo estaba preocupado por que no se nos hiciera de noche antes de llegar al hotel, que supuestamente estaba cerca.

Pagoda puesta sol

Pagoda durante el atardecer

Puesta de sol

Puesta de sol entre las montañas

Puesta de sol

Ese del sombrero soy yo

Tras deleitarnos nerviosamente con las vistas que nos ofrecía Huangshan durante el atardecer, llegamos al hotel prácticamente de noche y respiramos aliviados mientras comíamos una de las últimas cenas que servían. Había que madrugar muchísimo para ver la salida del sol que todas las guías decían que era maravillosa, así que fuimos pronto a dormir.

El despertador sonó a las 4 y media de la mañana, no habíamos descansado debidamente después de todo el palizón del día anterior, pero había que descubrir lo que Huangshan tenía que ofrecernos. Aunque todavía era de noche, se notaba cierta neblina que igual no dejaba ver la salida del sol, pero ya que estábamos despiertos, no podíamos dejar escapar la ocasión. Con los frontales en la frente, seguimos a un grupo de chinos que parecía que sabía dónde iba y no nos defraudaron. En la ladera de una pequeña colina y con el primer clareo del día, nos sentamos para ver el sol levantarse por encima del horizonte montañoso. Desafortunadamente había ciertas nubes bajas que impedían que el sol despuntase por la línea que formaban los picos y no era tan espectacular.

Amanecer

La salida del sol no fue tan maravillosa como la pintaban por culpa de las nubes bajas

Turistas chinos

No fuimos los únicos que madrugaron esa mañana

A pesar de ser tan temprano, los turistas chinos parecían salir de entre las piedras y de la manera más ruidosa posible. No seguimos durmiendo y fuimos a dar un paseo por los alrededores del hotel así que fuimos viendo la evolución de tanto chino circulando según el teleférico descargaba más y más gente en las montañas. Llegaban en familia, grupos pequeños y viajes organizados, a gusto del consumidor. Muchos llevaban sus guías que explicaban a saber qué a golpe de megáfono, resonando por todas las montañas con un murmullo cansino.

Chinos madrugadores

Grupo de turistas atendiendo las explicaciones del guía

Dimos el paseo de rigor por la zona para que no quedase nada sin descubrir y disfrutamos de las vistas que había desde una zona tan privilegiada. Desde luego las autoridades chinas han acondicionado el lugar perfectamente y sin que desentone demasiado con el entorno como puede verse en la mayoría de las fotos, donde a pesar de que todo esté reformado, guarda un estilo muy peculiar e integrado con el resto.

Pasarela

Una de las múltiples pasarelas construidas

Tras unas horas de caminata, volvimos al hotel para recoger las cosas, desayunar y emprender la ruta de retorno por el mismo camino que usamos al venir. Iríamos con calma puesto que teníamos todo el día para ello. Nuestro tren nocturno de vuelta a Shanghai no salía hasta esa noche y podíamos perder el tiempo cuanto quisiésemos.

Lo que nos encontramos durante el camino es indescriptible. Era como si todos los chinos de la provincia hubiesen decidido visitar Huangshan en ese mismo día. Ahora entendíamos las barreras que dividían el camino en carriles en ciertos puntos y las señales para mostrar la dirección en algunos cruces. Todo estaba repleto de chinos hasta rebosar. ¡Si hasta había guardias dirigiendo a las masas por los caminos! Teníamos que avanzar en una interminable línea de gente que iba extremadamente lenta.

Gentío por las paredes

Aquí puede verse la cantidad de gente

Cola en camino

La maravillosa línea de chinos que no avanzaba

En algunos puntos de parada, como miradores y similares, había tal colapso de gente que lo único que querías era salir corriendo para escapar cuanto antes.

Como tanta gente nos estresaba, aceleramos cuanto pudimos la marcha para llegar al teleférico y emprender la huida. No podía considerarse deshonroso bajar en él después de haber subido el día anterior cargando con las mochilas.

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Momento relajante durante la huida

Ya abajo, pasamos la tarde haciendo tiempo, sin tanta gente a nuestro alrededor, que aún así la había, pero no tan masificada.

Y esta fue nuestra pequeña aventura de fin de semana en Huangshan, lugar místico que siempre será recordado por los megáfonos de sus guías.

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El origen del avatar

Hace no mucho aumenté la calidad del avatar que suelo utilizar como imagen por defecto para redes sociales y otros sitios en los que piden imagen de perfil. Para ello tuve que rebuscar en el baúl de las fotos viejas y conseguir el original de alta calidad que estaba perdido en un disco duro. El resultado fue el siguiente:

Mi nuevo y flamante avatar de alta calidad

El proceso de generar la imagen de nuevo me hizo recordar el momento exacto en el que tomé la foto en la Collada del Agua, muy cerca del refugio de Cabrones. Lo hice colocando la cámara en automático encima de una piedra bastante entornada y por eso la imagen está ligeramente torcida. Los colores y sombras son los que allí había, era una puesta de sol digna de ver aunque llegásemos un poco tarde.

 

La foto original sin recortar

El mar de nubes, el pequeño pico de la montaña que sobresale por entre ellas, el afilado perfil de la cordillera más cercana y el sol ya tapado pero iluminando la zona es una de las imágenes más impresionantes de Picos que tengo guardadas en mi memoria.

Vista que se mostraba desde la collada

Ascensión al Monte Kenya III (Estación Meteorológica – Refugio MCK)

Los comienzos de la ruta transcurren por una pista asfaltada, que se agradece a la subida por lo cómodo pero se maldice durante la bajada al ser el último tramo justo antes de llegar al coche. De todos modos no tarda mucho en desaparecer y convertirse en un camino estrecho que discurre por un bosque. El bosque es un tanto peculiar como puede verse en las fotos siguiente ya que los árboles son brezos pero de un tamaño descomunal y tienen una especie de líquenes colgando de sus ramas. Si le añadimos la neblina que había en ese momento, parecía que fuese a salir un gorila gigante o un orco de El Señor de los Anillos de entre las ramas para darnos un susto de muerte.

Primeros momentos de la ascensión por el bosque

Como estaba amenazando lluvia, usé una bolsa de basura para cubrir la mochila a falta de una funda en condiciones. La dichosa bolsa aguantó muy bien toda la excursión y tuvo un final bastante triste, sirvió para tirar la basura acumulada. Durante todo el recorrido por el bosque fui bastante precavido, con paso corto y respiración muy calmada. Mejor dicho, fui precavido durante toda la ruta. No sabía cómo me iba a afectar la falta de oxígeno a esta altitud y no quería dar problemas al resto.

El invento de funda que llevaba para la mochila

Poco a poco seguimos subiendo. Empezaba a notar una sensación extraña que no sabría describir muy bien. Era algo así como estar soñando, uno de esos sueños en los que te sientes pesado y avanzas muy lentamente. Poco a poco apareció un ligero dolor de cabeza. Ligero, pero constante y molesto. Todas las sensaciones empezaron a desaparecer cuando la lluvia llegó. Una lluvia fina que nos acompañó prácticamente hasta el final del día y que mojaba más nuestra moral que la ropa. Los guías y porteadores, gente lista y preparada, sacaron sus paraguas y siguieron como si nada.

Y empezó a llover a mares…

El grupo continuaba lentamente pero siempre hacia delante y los síntomas de mal de altura empezaban a ser bastante fuertes en alguna gente del grupo. Yo de momento iba bien, con paso corto y bebiendo agua cada poco tiempo parecía que el dolor de cabeza desaparecía a ratos. Entonces ya vimos que alguien del grupo no iba a poder seguir subiendo, los síntomas no mejoraban e incluso iban a peor. Al típico dolor de cabeza se sumaban las nauseas y los mareos, así que su única opción era bajar. Otras tres personas quisieron bajar con él para acompañarle. El problema es que estas cuatro personas eran las de mi grupo, el que iba a estar tres días y con los que iba a volver a Nairobi. Me convencieron para que me quedase y siguiese hacia la cumbre, eso sí, tendría que bajar al día siguiente con el chico holandés que iba a hacer cumbre y volver a la estación meteorológica en el mismo día si quería volver a la ciudad con ellos.

Por lo tanto nos separamos. Solo quedamos cinco, con uno de los guías y tres porteadores. Supongo que ver que ni siquiera habíamos llegado a los 4000 metros de altura y ya empezábamos a perder gente no vino demasiado bien para la moral. Pero seguimos.

Lo que quedaba del grupo después de separarse

La lluvia no paraba. Era como si alguien se hubiese olvidado de cerrar el grifo y aquello no tenía fin.

Hubo un momento entorno a los 3800 msnm que me paré y respiré hondo. Los pulmones se llenaban muy fácilmente pero ahí no había chicha, algo faltaba porque quería más y más. La falta de oxígeno en el aire se notaba en cada respiración y a cada paso que dabas. El corazón bombeaba a toda potencia a pesar de que la velocidad que llevábamos era muy lenta. El cansancio era extremo, pero simplemente seguías andando y andando, intentando abstraerte de todos esos inconvenientes y sobre todo, de la maldita lluvia.

El tiempo no iba precisamente a mejor

Harto de cargar con la mochila y de la lluvia constante

Lo malo de todo esto es que tampoco se veía un cambio en la subida, que era todo el rato exactamente igual. No había ningún tipo de llanura o espacio para el descanso. Todo era subir y subir sin saber dónde ibas a llegar. Algunos de los componentes del grupo ya empezaban a preguntar cuánto quedaba, como los niños pequeños a sus padres desde la parte trasera del coche. Y entonces las nubes del fondo se despejaron un poquito y pudimos ver la silueta de una de las cumbres del Monte Kenya. El refugio estaba justo en la base de esa montaña.

Momento en el que empezamos a ver la silueta del monte

Aunque pudiésemos ver nuestro destino, todavía quedaba una hora larga de caminata por el valle. Un valle bastante curioso por la vegetación y los pequeños damanes que estaban por todas partes. Hasta hace muy poco estos animalejos eran considerados como los parientes vivos más cercanos a los elefantes aunque no es del todo correcto. Amenizaron bastante el último tramo hasta llegar al refugio porque correteaban por todo el lugar y se paraban a observarnos atentamente.

El lugar estaba repleto de damanes

Derrengados. Esa es la palabra que mejor define cómo llegamos al refugio. Y calados hasta los huesos. Ni nos planteábamos lo que hacer al día siguiente. Si el primer día ya habíamos acabado así y estábamos a escasos 4300 msnm, ¿qué pasaría al siguiente? Preparamos una cena de campeones que sentó tremendamente bien. Los noodles calentitos después de la mojadura sabían mejor que un solomillo con patatas fritas.

El refugio del Mountain Club of Kenya donde íbamos a dormir

Durante toda la tarde estuvimos de relax, comentando el día y sufriendo bastante dolor de cabeza. Los afortunados que no tienen alergia al ibuprofeno  o las aspirinas empezaron a doparse para paliar el pinchazo constante en la sien. Mi única manera de que parase era bebiendo agua cada poco tiempo. Y cuando menos lo esperaba, volvía.

Justo antes de dormir, discutimos el plan del día siguiente. Nos despertaríamos a las 2 de la mañana para poder llegar a la cima en el momento del amanecer. De todos modos, si a las 2 llovía, abortaríamos la misión, continuaríamos durmiendo y a las 8 ó 9, de vuelta para abajo. Mi única alternativa era hacer lo mismo que el holandés si quería volver con el resto de gente que me esperaba en la base. Si él decidía no intentar encumbrar, tendría que conformarme con haber llegado hasta donde estaba y emprender el camino de regreso. Cuando apagamos la luz para dormir, el compañero estaba bastante seguro que al día siguiente iría directo a casa después de todas las penurias de esa jornada.

Nota: Las horas en el track están mal, se me olvidó cambiar el huso horario y marca dos horas menos de la realidad. El fallo se repite en todos los tracks de esta serie.

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Ascensión al Monte Kenya I (Objetivo y condiciones)

Quiero dejar clara una cosa en primer lugar. Aunque en esta serie de artículos hable del Monte Kenya como objetivo, realmente me refiero a su tercer pico más alto, Punta Lenana (4985 msnm), el más alto al que se puede acceder sin material de escalada.

Voy a hacer un breve resumen para ponernos en situación y culturizarnos un poco sobre el entorno antes de pasar a contar mis aventuras y experiencia. El Monte Kenya es la montaña más alta del país y la segunda de África con sus 5199 msnm. Se encuentra al noreste de Nairobi y junto a su entorno forma un parque natural que está declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. El acceso al parque está restringido y es necesario pagar para entrar, con distinta tarifa para residentes y extranjeros. El monte es un antiguo volcán extinto que después estuvo tapado por una cobertura de hielo y durante el tiempo que se descongelaba formó la actual geología de la montaña. Su primera ascensión se completó en 1899 por Halford Mackinder. Punta Lenana es su tercera cumbre más alta y la de más altitud de las que son accesibles a pie.

El principal de los objetivos de esta ascensión era subir a casi 5000 metros y sentir los efectos de la altitud en mis propias carnes. Hasta el momento mi record de altura estaba en algo menos de 3000 cuando hace unos años estuve en el Pirineo con una excursión organizada por Jovenmanía. Esta vez era posible que hubiese problemas porque no había tiempo de aclimatar y hay que recordar que vivo al nivel del mar. Hacer cumbre tampoco era algo prioritario ya que solo con poder disfrutar de los paisajes y la vida animal, el paseo merecería la pena.

El momento elegido para ir no es precisamente el mejor, porque justo empieza la estación de lluvias, en la que los chaparrones esporádicos te pueden pillar en momentos complicados, pero tampoco debía ser muy grave, al fin y al cabo en esa zona de África no hace demasiado frío estando a mucha altura y un poco de agua es soportable.

La idea de la ruta era marchar hacia el monte el viernes después de comer, hacer noche en la base del encargado de conseguirnos los guías y los porteadores, despertar pronto el sábado para ir hasta la estación meteorológica con todoterreno y empezar a caminar allí. A continuación subir al refugio del Mountain Club of Kenya y pasar la noche para al día siguiente (domingo) salir a las 2 ó 3 de la mañana y llegar a la cima justo al momento de amanecer. Después se bajaría de nuevo al refugio y a descansar o hacer una ruta por los lagos y glaciares. El lunes vuelta a la estación meteorológica para coger el coche y camino de regreso a Nairobi.

Esa era la idea, pero de lo que se planeó a lo que sucedió…

Viaje a las Islas Lofoten

Uno de los últimos rincones de Noruega que me quedaba por ver era éste. Un pequeño paraíso en forma de archipiélago muy cercano a la costa en la parte norte del país. Sus principales características son la tranquilidad, las pequeñas islas, las grandes elevaciones de roca, el sol de medianoche, los bacalaos secados al sol, los pueblecitos pesqueros, las playas de arena blanca y fina. Vamos, un pequeño paraíso.

Estuvimos en el archipiélago unos cuatro días, donde alquilamos un coche y nos movimos como quisimos. El punto de partida fue el aeropuerto de Evenes, compartido por las ciudades de Harstad y Narvik.

Puerto de Svolvær, la capital de las Lofoten

Restaurante en el centro de Svolvær

Aunque el nombre pueda parecer familiar, no se refiere al pescado en sí­, sino que ese nombre se le da a una manera de cocinar el bacalao. Sí­, es raro.

Una de las escalas del crucero Hurtigruten

Este crucero es uno de los muchos que recorren la costa noruega haciendo escala en varios puertos por el camino. Se trata del Hurtigruten y es muy famoso en verano. Aunque hicimos una noche en Kabelvåg, el primer dí­a solo visitamos la capital y poco más, hací­a bastante mal tiempo y no habí­a muchas ganas de pasar frí­o.

Puerto de Henningsvær, un pequeño pueblecito de pescadores

Si no pudimos dar muchos paseos al aire libre por el tiempo tan malo, aprovechamos para visitar pueblos de los alrededores y deambular con el coche por carreteras desconocidas. Así­ fue más o menos como acabamos en Henningsvær. A la vuelta vimos una playa de arena blanca en una cala muy bonita, lástima que hiciese tanto frí­o…

Esta es la playa en cuestión

Pero claro, como no podí­a ser de otra manera, y a pesar del mal tiempo… el bañito cayó.

Saliendo del agua deprisa y corriendo

Fuí­ incapaz de estar en el agua quieto y sumergido completamente más de un segundo. No pude parar de correr ni al entrar ni al salir. Al llegar a la arena me dolí­an las piernas un horror del frí­o y se me quitaron las ganas de más baños. Eso sí­, me arrepentí­ de no haberme bañado el año pasado cuando estuve en Svalbard. Hubiese estado bien poder contar que me bañé en el Ártico. Si por casualidad vuelvo allá­ como es mi intención, lo haré.

Otro de los sitios que visitamos en esos dí­as fue el museo vikingo de las Lofoten. No tiene ni punto de comparación con el que hay en Oslo. De acuerdo que el de Oslo tiene los restos de barcos vikingos mejor conservados del mundo, pero en Lofotr hay reconstrucciones de viviendas y barcos vikingos con los que puedes hacerte una idea mejor de cómo vivían.

Una reconstrucción de barco vikingo en el fiordo

Tirando unas flechitas, vaya estilazo

Remando en el barco vikingo, lástima que estuviese amarrado

Mientras nos í­bamos moviendo hacia la isla más alejada de tierra firme, el tiempo fue mejorando poco a poco y todo parecí­a tener más color.

Uno de los múltiples lugares en los que se cuelga el bacalao al sol

Estos bacalaos son muy tí­picos de esta zona de Noruega. Se venden como snack ya que están secos, pero a mí­ no me hicieron nada de gracia. Aparte de que ver cómo se secaban al sol mientras montones de moscas revoloteaban a su alrededor no contribuyó a que me gustasen.

Por fin llegamos al lugar más bonito de todas las islas, un pequeño archipiélago rodeado de montañas. Allá­ pasamos dos noches en la isla de Hamnøya.

Haciendo posturitas como siempre

Esta es la isla de Hamnøya y la casa blanca grande de la derecha es en la que dormimos

Aquí­ estuvimos de relax aunque pudimos hacer de todo: ver un partido del Mundial de la selección española, ir de ruta y tratar de ver el sol de medianoche.

Cuando digo que era el paraí­so, es que realmente lo era

En cuanto al sol de medianoche, intentamos verlo en dos ocasiones. Siempre que í­bamos hacia el norte, donde podí­a verse más fácilmente, habí­a niebla que no dejaba ver absolutamente nada. Al segundo intento también nos encontramos niebla por el camino.

Yendo hacia el norte para ver el sol de medianoche

Y como siempre, se consiguió el objetivo. Después de pasar mucho frí­o y desvariar en cantidades industriales como viene siendo habitual, pudimos ver cómo el sol no llegaba a ponerse en el horizonte.

La foto de la victoria

Puede que éste sea el tercer mejor sitio de Noruega que he visitado, pero cada lugar es tan distinto dependiendo de la gente con la que viajas… que es difí­cil decidirse. Sobre todo cuando hay tantas historias, anécdotas, buena gente, cervezas, rayas y ovejas.

Ruta: Subida a Knutshø

Desafío Cantabria vs Noruega miniEl día siguiente a hacer la ruta por Besseggen, amaneció tan tremendamente claro, que no pudimos evitar plantearnos hacer otra ruta por el lugar.

Cabin en Bessheim

Nuestro coche y nuestra cabin en Bessheim

De nuevo en dirección a Oslo, y a unos 3 kilómetros de la cabin donde dormimos, vimos un aparcamiento en el que había muchos coches aparcados e indicaciones de una ruta en las cercanías. Se trataba del pico Knutshø, situado en uno de los laterales del lago Gjende.

Comienzo de la ruta

La cara este del Knutshø

El cartel informativo de la ruta decí­a que era algo complicada y habí­a que tener experiencia en montaña para hacerla sin riesgo. Asustaba un poco pero no fue para tanto. Solo hubo un paso complicado al principio en el que se trepó durante un trecho, pero sin más.

Primera subida

Primera zona de trepada, genial para echar atrás a aquellos que duden

Luego la subida es constante, sin muchos descansos llanos. De hecho engaña bastante porque parece que llegas a la cima en varias ocasiones, pero no era así­. Siempre habí­a un montí­culo más alto cuando subí­as al anterior.

Durante todo el camino aprovechamos el dí­a tan genial, sacando fotos, parando siempre que nos apetecí­a y disfrutando de las vistas.

Lago Gjende

Dos modelos del copón posando con una vista todo chula 😀

David en la montaña

Un monigote en medio de la montaña

Una vez en la cima de verdad, seguimos al resto de gente que parecí­a que bajaba por la otra ladera de la montaña hasta dar a una marisma muy bonita, pero que estaba bastante lejos de donde dejamos el coche.

Desembocadura de rí­o

Desembocadura de rí­o en un valle-marisma

Incluso me animé a meter los pies en el rí­o, que estaba frí­o a rabiar. No podí­a dejar los pies dentro del agua más de dos segundos sin que me empezasen a doler.

Refrescando los pies

El agua del río estaba tremendamente frí­a.

Y esta es la última ruta que pondré de las que he hecho en Noruega. Espero que tenga la oportunidad de hacer muchas más en breve 🙂

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