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Viaje a China: Pingyao y Datong

La primera noche que pasamos en China, lo hicimos en el vagón de un tren nocturno, compartiendo literas con un montón de chinos en dirección a una remota provincia al sur de Mongolia llamada Shanxi. Mi última y única experiencia en un tren-cama había sido durante el viaje de Moscú a San Petersburgo y no fue nada placentera. Esta vez me sorprendió lo civilizados que son los chinos a la hora de dormir. No haber dormido apenas en el vuelo de ida y algún que otro síntoma de jet lag ayudaron a que esa noche durmiese del tirón y me levantase fresco como una lechuga.

El bautismo de fuego turístico en este país sería en Pingyao, una ciudad en la que el casco histórico está muy bien conservado y por ello tiene el título de Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Al salir de la estación nos pusimos a buscar las consignas para dejar las mochilas. Esfuerzo inútil ya que no había. En su lugar había una serie de pequeños locales que lo mismo te vendían comida, recuerdos o te guardaban el equipaje. Escogimos uno al azar y el dueño nos indicó para entrar dentro de la casa y dejar las maletas guardadas. En su habitación, encima de su cama. Con toda esta seguridad no pudimos evitar irnos un poco preocupados, pero no pasó nada 🙂

 

Calles de Pingyao desde la Torre del Mercado

Pasamos el día de paseo por la ciudad, recorriendo su muralla y disfrutando de sus viandas locales. Los chinos nos acosaban a todas partes para vendernos cosas y ahí fue donde empezamos a descubrir que los lugares turísticos en China suelen estar hasta arriba de chinos turistas.

Templo reconvertido a museo

La ciudad tiene muchísimos museos, casi todos ellos dentro de antiguos templos budistas reconvertidos, pero hay que estar mucho más empapado de la cultura china de lo que nosotros estábamos porque sino al final te acabas aburriendo de ver siempre cosas que te parecen exactamente iguales.

Una de las puertas de entrada de la muralla

Nos tomamos la jornada con calma y paseamos hasta que anocheció, momento en el que volvimos a la estación de tren para recoger nuestras maletas y volver a compartir la noche con los chinos. Siguiente destino: Datong.

Esta ciudad en cambio no tiene nada que merezca la pena en sí, pero sí sus alrededores. Como llegamos muy pronto (las 4 de la mañana es pronto) nos fuimos a la recepción de un hotel cerca de la estación para descansar un rato hasta que fuese una hora más decente y pudiésemos encontrar un guía que nos llevase a las grutas de Yungang y al templo colgante de Hengshan.

No hizo falta salir a buscar al guía, a eso de las 5 de la mañana apareció Mister Wang que con un más que decente inglés nos ofreció sus servicios, convenció a la recepcionista del hotel para que nos guardase las mochilas y nos llevó a su barrio a desayunar. Con la tripa llena nos pusimos en marcha hacia el sur durante unas dos horas. Yo no pude evitar quedarme frito en el asiento del copiloto confiando en la pericia al volante de nuestro nuevo amigo. Un par de veces que abrí los ojos vi medio en sueños cómo adelantaba camiones mientras tocaba el cláxon por carreteras de montaña estrechísimas. Llegamos sanos y salvos al lugar y fuimos los primeros.

Templo con salida de agua de una presa

Vista completa del templo en la pared

El templo estaba completamente vacío

Vista lejana de la construcción

La mayor ventaja de haber madrugado tanto y llegar a primera hora fue que pudimos disfrutar del templo sin absolutamente nadie molestando. Paseamos por todo él sin un solo alma que molestase para las fotos o simplemente asomarse a las distintas estancias con estatuas de budas y otras deidades.

Visto todo, pusimos rumbo a las grutas de Yungang. Nos esperaba otro rato largo en coche, deshacer lo ya hecho y luego un poco más, por lo que fue inevitable echarse otro sueñecito más. Creo que era una especie de defensa mental para evitar ver cómo conducía Mr. Wang. Al pasar cerca de Datong, lo hicimos cerca de una estación de generación eléctrica a base de carbón y aquello parecía un mundo futurista postapocalíptico. Según nos contaba el guía, esa estación proporcionaba energía a prácticamente toda la región de Shanxi y además a Beijing, con lo que os podéis hacer una idea de su tamaño. Se había elegido ese lugar porque así Beijing no tenía que preocuparse por la contaminación que producía, ya lo hace la gente de Datong.

En esta ocasión no pudimos evitar la marabunta de chinos turistas que poblaba el lugar, pero el recinto era lo suficientemente grande como para no sentirse agobiado. De todos modos en la zona de las cuevas se apelotonaba la gente para poder entrar a ver los gigantescos budas tallados en la piedra.

Entrada al recinto

Pagoda en templo rodeado de agua

Parte inicial de las grutas

Había grutas de todos los tamaños y formas

Este era el Buda tallado más grande del complejo

Estuvimos alrededor de 2 horas caminando por el lugar tranquilamente y evitando que el sol nos achicharrase bajo la sombra de los pocos árboles que allí había. Si algo destaca en toda la zona de Shanxi es que podría ser parte oficial de la estepa mongola. Prácticamente todo es desértico y no hay apenas vegetación ni agua. Es un paisaje un poco deprimente pero tiene su encanto.

Por la tarde estuvimos en Datong, conociendo la ciudad y disfrutando de sus manjares. Lo de los manjares es un decir porque como llegamos bastante tarde, casi todos los sitios para comer estaban cerrados y tuvimos que meternos en el lugar más cutre del mundo para comer unos míseros noodles, pero nos trataron muy bien.

La ciudad de Datong me queda en el recuerdo como un esfuerzo rabioso de intentar igualar a Pingyao en cuanto a arquitectura tradicional china. Como no tenían ni casco antiguo ni muralla porque fueron destruidos durante la Revolución Cultural, han decidido reconstruirlo todo de nuevo.

Esta plaza es totalmente nueva, pero impresiona

Pagoda del templo que ocupa la parte central del caso antiguo

La muralla de Datong, todavía a medio construir

A pesar de ser todo un poco artificial, es una buena manera de saber cómo podía estar todo en su época dorada, pero la vista de los andamios en muchos de los edificios, afeaba la visión de todo. Después de todo el día caminando sin parar, estábamos deseando ir a nuestro querido tren, para descansar como es debido.

Ruta: Jito Escarandi – Casetón de Ándara – Castillo del Grajal – Collado del Mojón – Silla Caballo – Traviesas del Grajal

Aquí viene otra toma de contacto más con Picos después de la vuelta a casa. Como no podía ser, con problemas para llegar a nuestro objetivo inicial, pero encumbrando. En principio quisimos subir la Morra de Lechugales, pero al llegar a la zona, todo estaba cubierto de niebla. Llegamos a una cumbre y cuando estábamos cantando victoria, vimos la cruz de la cima en la que ponía “Silla Caballo“. Nos habíamos confundido de cumbre 🙂

Pero paso a contar la ruta paso a paso.

Salimos del Jito de Escarandi por la pista hacia el Casetón de Ándara, como tantas otras veces.

Jito de Escarandi

El Macizo Central visto desde el Jito de Escarandi

Casetón de Ándara

El refugio Casetón de Ándara

A partir de ahí, venía la parte nueva, subir por el Castillo del Grajal hasta el Collado del Mojón. Yo ya había estado en el collado hace mucho tiempo, cuando subí por la Canal de las Arredondas, pero no recordaba casi nada del lugar. A pesar de no conocer la zona, el camino es más o menos lógico y se avanza siguiendo hitos perfectamente.

Rebecos

Unos rebecos nos vigilaban desde la loma

Silla Caballo

Avanzando hacia el Silla Caballo cerca del Collado Mojón

Luego tocaba rodear el Hoyo Evangelista pasando por debajo de los Grajales. Por esa zona ya vimos que desde la cumbre no íbamos a ver nada por la cantidad de niebla acumulada. Nos adentramos en ella sin miedo y sin apenas ver. Tan a ciegas íbamos que ni siquiera nos fijamos en el desvío a la Morra de Lechugales que deberíamos haber tomado. Seguimos de frente por una arista llena de niebla en la que el bofetón si caías por algún lado era fatal.

Arista a Silla Caballo

Haciendo el tonto en la arista antes de llegar a la cumbre

Arista a Silla Caballo entre la niebla

En un momento en el que se levantó la niebla, pudimos ver la arista

El último trozo de subida hasta la cumbre es bastante fuerte, pero ya no quedaba nada y con el último aliento llegamos hasta la cruz que corona la cima. Lástima que allí descubriésemos que no era la Morra sino el Silla Caballo. Así que nos quitamos el disgusto a base de bocadillos con fundamento 🙂

Morra de Lechugales

Nuestro objetivo inicial, la Morra de Lechugales

En la niebla

Había una cantidad increíble de niebla acumulada en la cumbre

Con las mismas y pensando seriamente intentar subir a la Morra, optamos por bajar por la vertiente contraria a la que subimos, pero no sabíamos muy bien por donde llegar al Collado Valdominguero, sobre todo con la niebla que había.

Macizo Central

Vista del Macizo Central y las Vegas de Áliva

Con las mismas, bajamos por la primera canal que encontramos en la que vimos que era posible enlazar con las Traviesas del Grajal. Con alguna que otra destrepada y muchas piedras dentro de las botas, acabamos en el camino correcto y en dirección al Pozo de Ándara.

Bajando canal

La bajada por una canal sin nombre que iba a dar a las Traviesas del Grajal de Arriba

Canal de bajada

Otra vista más de la canal, esta vez hacia abajo

Valdominguero y collado

Un viejo conocido, el Valdominguero, con su collado a la izquierda

Cerca del Pozo, encontramos una mina que debía tener una profundidad increíble y puede que alguna salida al otro lado, porque se notaba corriente de aire. Si algún día voy con ánimo y un casco, puede que entre más a ver qué se cuece.

Mina

Investigando en una de las antiguas minas de blenda

Paso ahora a contar un poco de historia sobre la explotación minera en Ándara que he sacado de la web del refugio en dicha vega.

Al parecer, las vetas de mineral se descubrieron a mediados del siglo XIX y fueron explotadas hasta 1940 aproximadamente. Hubo que poner muchísimo capital para construir los accesos a una zona tan apartada y abrupta, así como para las precarias instalaciones.

Me imagino que los obreros que trabajaban en las minas fueron bastante más baratos, sobre todo por los lugares en los que vivían entre los meses de junio y octubre. El resto de meses del año eran demasiado fríos como para subsistir en Picos.

Casa de mineros

Aquí vivían los mineros que trabajaban en la extracción del metal

Una de las desgracias que ocurrieron durante el período de trabajos, fue una voladura desafortunada, que hizo que el agua del Pozo de Ándara se filtrase entre la piedra caliza y el lago desapareciese casi por completo.

Pero si hay que buscar un lado positivo, es que la red de caminos en el Macizo Oriental, es la mas extensa de todo el Parque, gracias precisamente a los mineros que allí trabajaron.

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Ruta: Glaciar Bødalsbreen

Desafío Cantabria vs Noruega miniEl día siguiente al intento de subida a Galdhøpiggen, tocaba paseo por glaciar, concretamente por una de las lenguas del gigantesco glaciar Jostedalsbreen, llamada Bødalsbreen. Contratamos el paseo con una empresa que tiene varias actividades en la zona, así­ que no tuvimos que preocuparnos por nada.

Armario con equipo

Armario con el equipo de escalada que í­bamos a usar

Probando crampones

Probando crampones… ¡1, 2, 3!

Para llegar al glaciar, hubo que andar un buen rato cargando con el equipo, que tampoco era mucho: casco, arnés, crampones y piolet. Lástima del pobre hombre al que el guí­a cargó con la cuerda que luego utilizamos para ir todos unidos.

Glaciar

Aproximándonos al glaciar, se puede ver gente que ya está en él

Subiendo glaciar

Subiendo un paso un pelí­n complicado

Al principio el grupo iba un poco desorganizado. Mientras nos acostumbrábamos a caminar con crampones y a llevar un ritmo continuo para no estar dando tirones de la cuerda, avanzamos hasta unas formaciones de hielo bastante chulas.

Formaciones de hielo

Formaciones de hielo azul

Más formaciones de hielo

Más formaciones en la unión con la roca

Se notó bastante que el guí­a iba haciendo eses y metiéndonos por zonas complicadas a propósito, para hacer más interesante la ruta y no tener que subir demasiado. Pero vamos, que no hubo queja alguna por parte de ninguno de nosotros. Al fin y al cabo, se trataba de dar un paseo por el glaciar y no de atravesarlo de punta a punta.

Descansando en el glaciar

Durante la parada para comer

Paramos a comer en una repisa donde nos aseguramos en el hielo con un tornillo. Sacamos unas cuantas fotos de rigor, y de nuevo para abajo.

Bajando

Bajando al punto de partida, la verdad es que daba penita

Bordeando grieta

Tuvimos que rodear una grieta para no tener que cruzarla

Final recorrido

Al final del recorrido, sacando una de las últimas fotos

Nunca habí­a estado en un glaciar de este modo y tengo ganas de repetir, a ver si puede ser dentro de poco.

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