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Motivos por los que subir una montaña

Muchas veces, cuando cuento que me gusta subir a montañas, hacer trekking o el cabra, la gente suele mirarme raro y decir: “¿Y qué consigues con eso? Si sólo es subir a una montaña andando y luego volver a bajar. Ni siquiera te cansas.”

No hay un único motivo para explicar por qué lo hago, tampoco hay varios motivos que pudiese enumerar. Realmente no creo que alguien al que le guste el alpinismo sea capaz de explicar claramente por qué. Si sabe hacerlo, es que no es un verdadero montañero.

Lo primero de todo explicaré los motivos físicos y para la salud. Por todos es sabido, que andar es la actividad física más beneficiosa y la más moldeable respecto al tipo de persona. Cualquiera puede hacerlo, al ritmo que más le convenga, por la pendiente más adecuada y con la cantidad al gusto de piedras en el camino. Además es la más barata, sólo necesitas un par de zapatillas y ganas de dar una vuelta. Con todo esto puede parecer que estoy dando la razón a los que dicen que sólo es andar, que eso no cansa. Pues nada más lejos de la realidad. Haciendo montaña de alto nivel, las pulsaciones se disparan a niveles parecidos a cuando corres, con la diferencia que a menos que seas un deportista con un entrenamiento fuerte, no podrás correr durante varias horas seguidas manteniendo ese número de pulsaciones. En cambio, andando, puedes forzar al cuerpo durante muchas más horas. Yo he llegado a estar durante doce de montaña, sin parar nada más que a comer durante media hora. La gente que busca eliminar grasas, tiene aquí el deporte perfecto, porque manteniendo hidratado y bien alimentado el cuerpo, puedes quemar grasa durante mucho más tiempo que corriendo.

Pero no vale sólo con saber que es bueno, mucha gente sabe que comer saludablemente o ir al gimnasio también es bueno, y en cambio no lo hacen. Te tiene que gustar todo lo que conlleva una ruta de montaña, desde las vistas, el bocadillo en las alturas o el ponerte a prueba a tí mismo. En mi caso creo que fue esto último lo que más hizo que me gustase, aunque también el resto. Recuerdo aquel momento de hace no muchos años, subiendo la Canal de San Carlos para ir al Sagrado Corazón. Todavía no había llegado ni a la mitad del ascenso, pero el recorrido hasta el comienzo de la canal había sido lo suficientemente cansado como para haber agotado las fuerzas. Me entró la pájara casi sin darme cuenta. Era incapaz de dar tres pasos seguidos. Caía un sol de justicia que agravaba mis esfuerzos por seguir. Me senté en una piedra derrengado y mientras comía un trozo de pan me hacía a la idea de dar la vuelta y volver para casa. En ese preciso momento creo que fue cuando empezó a gustarme la montaña tanto como ahora y me di cuenta realmente que aquello no era algo que pudiese hacer cualquiera. Me levanté, bebí agua y comí chocolate. Me dije a mi mismo que esa montaña no iba a poder conmigo, sobre todo cuando ya la había subido siendo un crío de doce años. Y subí, vaya si subí.

Tener la suficiente fuerza mental como para no dar la vuelta y dejarlo para otro día, es esencial. Más que para no dar la vuelta, para seguir adelante aunque creas que estés al límite.

Y aunque me fastidia que digan que sólo es andar, que no tiene sentido subir hasta allá arriba si no hay nada que hacer, sé que lo hacen porque no tienen la menor idea sobre lo que están opinando.