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Viaje a Rusia parte II (San Petersburgo)

Es duro tener que terminar los borradores que tienes empezados desde hace más de un año. Las cosas ya no están tan frescas y muchos detalles se pierden, pero la esencia sigue ahí. Ya hubo un post con una primera parte de este viaje que cubre los días que estuvimos en Moscú, en los que prácticamente estuvimos con Jon de niñera todo el rato. Esta segunda parte cubre los días que pasamos en San Petersburgo y el viaje en tren que hicimos hasta allá. Billetes que no creo que hubiesemos podido conseguir sin la inestimable ayuda de nuestro anfitrión.

Como ya he dicho tanto la ida como la vuelta la hicimos en tren. Un viajecito de unas 8 horas en un coche-cama sin ningún tipo de intimidad, catres de 70×180 centímetros, gente con incontinencia urinaria nocturna y un calor infernal inexplicable teniendo en cuenta que fuera hacía bastante frío.

La cara que se me quedó cuando me dijeron que el viaje iba a ser de 8 horas

Pero sobrevivimos, tampoco fue para tanto. Llegamos bien prontito al hostel dispuestos a empaparnos de Historia rusa y para ello contratamos a una guía que nos paseó en coche por la ciudad contándonos todas las aventuras de los zares y jet-set de la época comunista.

El otoño ya llegó

Saltando delante de la Iglesia de la Sangre Derramada

Desde la furgoneta de nuestra guía

Decir que la visita guiada estuvo muy bien, aunque en varias ocasiones nuestra guía intentó llevarnos a lugares visitables y estaban cerrados, cosa que debería haber sabido con antelación. Pero vamos, que sin quejas, lo que nos contó fue lo bastante interesante como para no aburrirnos y aprender un poco de la historia de la ciudad. Al final de la ruta, nos dejó en el Hermitage, donde pasamos un buen rato visitando el museo.

En la entrada del Hermitage

Haciendo el tonto en la entrada, one more time

Una de las obras que más gracia nos hizo fue la que viene a continuación, a la que no estaba permitido sacar fotos…

Cher Guevara

Dimos bastantes paseos por la ciudad, alguno de ellos muy largo e incluso nos atrevimos a ir hasta Pushkin, una población a 30km al sur de San Petersburgo donde se encuentra el Palacio de Catalina con su sala de ámbar. Cogiendo el autobús, claro.

Una de las salas del palacio

Hay que comentar que el palacio era increíble, pero fue bombardeado durante la Segunda Guerra Mundial y reducido a escombros, así que la práctica totalidad de lo que hay está reconstruido desde cero. Viendo las fotos del antes y el después hay que reconocer que hicieron un gran trabajo. No hay fotos de la sala de ámbar porque estaba prohíbido hacerlas y esta vez no nos arriesgamos a que nos pillasen. Pero para eso está Internet y los buscadores, ¿no?

Como decía al principio sobre la esencia del viaje, que eso no se olvida, lo que queda en el recuerdo fue pasar unos días geniales con gente genial en sitios geniales, aunque alguno fuese un lastre por quedarse cojo 🙂

Oslo Maraton 2011 (El retorno)

Ejem… hola de nuevo… ¿todo bien? 🙂

Aprovecho para añadir un vídeo que Ramírez ha puesto en los comentarios de otra entrada quejándose de que no podía hacerlo en los posts de la maratón del año pasado.

El vídeo me ha encantado y me han entrado unas ganas de salir a correr… Lástima que todavía estemos con hielo y nieve en las calles. Por lo demás, todo lo que se cuenta me trae muchos recuerdos y sensaciones del entrenamiento y la carrera. Supongo que los que van a correr habitualmente tienen la misma sensación.

Tengo otro enlace recomendado por mi padre que me ha gustado y me ha parecido bastante gracioso, por si a alguien le da por correr una maratón y necesita buenos consejos.

Ya veo que como yo no escribo en el blog, los demás me forzáis a que lo haga enviándome cosas nuevas. Pero esto no puede quedar así, por lo que pondré una canción que lleva camino de convertirse en el himno de los entrenamientos para la maratón de este año. Porque, sí, ya me he apuntado…

Vuelta a casa

Vuelvo a poner un post automático, porque ahora mismo estaré en el viaje de vuelta a casa, el viaje definitivo de esta beca (Oslo-Amsterdam-Madrid-Santander), aunque seguramente no sea el último. Creo que como a todos, esta beca nos ha marcado para siempre y el resto de nuestra vida no será más que una continuación de ella.

De nuevo vuelvo a Santander, no sé por cuánto tiempo. Ha sido un año muy largo, o muy corto, según quiera mirarse. Han pasado tantas cosas. Tan distintas. Unas buenas y otras malas. Puede que exactamente igual que cuando estás en tu sitio, pero estando fuera de casa es distinto, todo se percibe y te afecta de manera diferente.

Al final el recuerdo de todo, bueno y malo, es positivo sin dudarlo por un momento. Marea un poco pensar en todo ello al mismo tiempo. Tantos viajes, aventuras, descubrimientos, visitas, gente, sentimientos. Tanta vida.

Así que a todos aquellos con los que tuve la suerte de cruzarme en el camino: ha sido un verdadero placer conoceros. Un fuerte abrazo y gracias.

El último samurai

No sé si habéis visto la película “El último samurai” protagonizada por Tom Cruise, en la que un ex-capitán del ejército de EE.UU., acaba entrenando a soldados japoneses, una de las maneras de modernizar el país en esa época de cambio. En ella, Cruise, siendo un soldado moderno, termina aprendiendo técnicas, estilo de vida y código de honor de los samurais que se resisten a que el país cambie radicalmente, olvidando a sus antepasados. Le llaman “el guerrero en el cual se han unido lo viejo y lo nuevo“.

Yo tengo muchas veces esa impresión, aunque desafortunadamente cada vez olvido más cosas de “lo viejo”. Haber crecido como chico de ciudad, pero también como chico de pueblo, me ayudó a adquirir cualidades que no tenían nada que ver unas con otras, habilidades modernas y antiguas. Soy capaz de programar un sitio web, de utilizar herramientas que mucha gente no sabe ni que existen, pero también puedo explicar los pasos a seguir para plantar cebollas o hacer un injerto en un árbol. Mucha gente dirá que para qué me sirve todo eso, hoy en día todo lo que se obtiene de la tierra puedes comprarlo en el supermercado. Pues para no olvidar. Cada una de esas cosas son mis recuerdos, mi camino hasta llegar a ser lo que soy ahora, mi forma de saber en qué momento mi vida tomó un rumbo que me llevó hasta aquí.

Aunque no creo que olvidemos las cosas tan fácilmente, simplemente las relegamos a un rincón de nuestro cerebro, pero si se estimula, pueden volver a salir.

Hace un par de años, me tocó ir en coche hasta Asturias para visitar a un cliente de la empresa donde trabajaba por aquél entonces. A la vuelta, quise tomar un camino distinto, el camino que tantas veces había recorrido en el asiento trasero del coche cuando era pequeño: la carretera nacional desde Unquera hasta Santander. Era curioso cómo después de unos quince años de pasar por última vez, a cada kilómetro, volvían a mi mente recuerdos e historias en las que ya no pensaba, pero que seguían ahí, dormitando.

Muchas veces queremos olvidar cosas, por dolorosas o por desagradables, pero nunca se consigue, sólo las admitimos. De vez en cuando no viene mal volver la vista atrás y acordarse de todas ellas, buenas y malas.

Como el primer recuerdo que tengo. Tendría muy pocos años, puedeCerezo que tres o cuatro, había empezado a andar hace no hace mucho, era época de recoger cerezas y mi abuelo estaba subido a una escalera apoyada en un árbol. Yo aguantaba la escalera pensando que realmente hacía algo, ingenuo de mí. De vez en cuando correteaba por el prado, volvía donde estaban los demás recogiendo cerezas y comía un puñado del cesto. Volvía a correr incansable, riendo y comiendo cerezas. No puedo evitar sonreir de la que escribo ésto, aunque también recuerde la cagalera del día siguiente.